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Escritor Argentino

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Danilo Albero, nació en Mendoza en 1947. Es licenciado en letras, narrador y librero. Como narrador ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (1994) y Al mejor cazador (2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (1997), Jorge Newbery el señor del coraje (2003) -de cuyo título, imposición de asesor de marketing de la editorial, siempre renegó- y Variaciones Turner (2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (1993) -recopilación de 36 artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga, que incluye 9 textos inéditos-. Ha traducido del portugués a autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo y Machado de Assis y del inglés a Lafcadio Hearn (a publicar en 2016).

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, organizado por la Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Ensayo, organizado por la Fundación El Libro (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea (2007).

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, Week End y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ambito Financiero, El Cronista, y La Jornada Cultural de México.

Entre 1993-2000 fue miembro electo de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro.
 

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Don Casmurro
Don Casmurro

Como en la cita de Heráclito nunca se leerá dos veces el mismo Don Casmurro. Cada relectura ofrece nuevas sospechas al lector, que entra en el juego de resquemores del narrador protagonista. El joven, la novia, el íntimo amigo; el esposo, la esposa y ¿su amante? Un hijo, ¿quién es el verdadero padre?

Esta incertidumbre ahoga a Don Casmurro, ¿es cierta la infidelidad de Capitú? ¿O son sólo la imaginación desbordada y los celos enfermizos que trastocan la realidad?

En esta novela magistral, Machado de Assis no solo propone un enigma; construye una galería de personajes y situaciones que retratan la sociedad carioca de su tiempo.

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Les Luthiers, Hemingway y Piglia. Segunda parte
Les Luthiers, Hemingway y Piglia. Segunda parte

En caso de que les haya interesado, la primera parte de Les Luthiers, Hemingway y Piglia, este es la segunda parte del análisis de El Gran Río de los dos Corazones.

 

 

Gran Rio de los dos corazones. II

 

La segunda parte del cuento empieza con un encabezamiento en letras cursivas, el breve chapter 17 del libro in our time. Esta parte del relato narra la jornada de pesca del día siguiente, el motivo del viaje de Nick a ese paraje, y empieza por la captura de langostas para usar de carnada, lo hace antes que el sol comience a calentar ya que así las encuentra aletargadas.

Las dos partes del texto, volviendo a la interpretación de Ricardo Piglia en “Tesis sobre el cuento” Piglia dice que el relato “…cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece una descripción trivial de una excursión de pesca…”, es lo que en la primera parte de esta nota llamé “efecto contrario a Voglio entrare per la finestra”, hacerle decir al texto lo que no figura o, peor, no se insinúa. Porque lo que la historia 2 cifra en “El gran río de los dos corazones”, es la construcción y tramado de la “teoría del iceberg” de Hemingway; veamos:

Coloca las presas en una botella, la tapa con una astilla de pino; luego prepara el desayuno: tres panqueques con puré de manzanas; come dos y guarda el tercero, junto con un par de sándwiches para el almuerzo. Bebe café con leche condensada, limpia el campamento y prepara los avíos de pesca y sale. Vadea el primer brazo del Gran Río de los dos Corazones, el de corriente más clara, e intenta sacar una langosta de la botella, esta escapa y salta a la corriente queda flotando y de repente “un rápido círculo rompe la quieta superficie del agua, una trucha la había atrapado”. A continuación captura otra, la atraviesa con el anzuelo desde el cuello hasta el abdomen: “apretó el anzuelo con las patas delanteras tratando de desengancharse”.

Tras un par de fracasos, incluida la pesca de una trucha pequeña, que devuelve a la corriente, Nick atrapa la primera presa, la guarda en la bolsa de harina atada con una cuerda que cuelga de su hombro y avanza por el río, arrastrando la bolsa con la trucha viva. Otros intentos fallidos hasta que logra la segunda trucha, la coloca en la bolsa junto con la otra y busca un tronco sobre la corriente, deja la bolsa en el agua con sus presas vivas y se sienta en la parte sombreada; come los sándwiches y el panqueque, mata y limpia las truchas, prende un cigarrillo y mira el curso del río donde ha estado pescando, la parte abierta y correntosa, una de las personalidades o "corazones" aludidos en el título. Observa cuidadosamente, el otro lado del río y la corriente cerrándose hacia la izquierda encubre un pantano sombreado de árboles, el otro "corazón". Entonces: “deseó haber traído algo para leer. Tenía ganas de leer. No tenía ganas de ir al pantano”. Nick siempre ha pescado en corrientes rápidas, cristalinas y de profundidad media, a la luz del sol y cerca de la ribera para poder retirar la pesca. Pero ahora surge el desafío del pantano, aguas profundas y oscuras le llegarán hasta las axilas, deberá moverse agazapado bajo las ramas, con riesgo de enredar la línea, “habrá truchas enormes”. Podrá atraparlas con el anzuelo, pero será difícil llevarlas a tierra, "En el pantano, pescar era una aventura trágica. Nick no quería hacerlo. Hoy, no quería ir más lejos corriente abajo”. El relato concluye con un premonitorio: "Faltaban muchos días antes de que se decidiera a ir a pescar al pantano".

Dos años después de la publicación de “El gran río de los dos corazones” en el libro In Our Time, en 1927, Hemingway publica otro libro de cuentos Men Without Women, el último relato se titula “Now I lay me” (“Ahora me acuesto” también traducido como “Mientras los demás duermen”); narra la historia del teniente Nick, en el frente italiano en la Primera Guerra Mundial, que padece insomnio; esa noche está con su asistente al que le cuenta que cuando termine la guerra quiere volver a Chicago y dedicase a escribir. En la duermevela, el teniente piensa en los ríos donde ha pescado y “algunas noches yo creaba los ríos y pienso que he pescado en ellos y se confunden con los que he pescado realmente, les doy nombre, y a veces tengo que tomar el tren o caminar muchos kilómetros para llegar a ellos”, es decir el viaje de Nick para llegar al gran río de los dos corazones, en la primera parte del cuento. Las analogías entre los dos relatos se repiten, así dice en “Now I lay me”: “hacía una pausa a mediodía para almorzar, a veces en un tronco sobre la corriente”; hay que sumar la descripción de una langosta sobre la corriente que es atrapada por una trucha y como ensarta una pequeña salamandra en el anzuelo que repite los movimiento de la langosta usada como carnada “apretó el anzuelo con las patas delanteras tratando de desengancharse”.

Lo que reamente aflora en el cuento “Gran río de los dos corazones”, lo que Piglia llama “historia 2”, es la clave de Hemingway para elaborar relatos basados en su “teoría del iceberg”; su técnica consiste en desplegar fragmentos de la misma historia, en distintos cuentos o novela a lo largo de años; por eso sus elipsis le salen perfectas.

Veintisiete años después de "Río de los dos corazones", Hemingway fue a la búsqueda de una pieza que no pudo sacar, pero no fue una trucha sino un marlín descomunal. Y no fue Nick sino el viejo Santiago en El viejo y el mar (1952), un pasaje elaborado de manera independiente y extraído de un largo manuscrito, que se editó y publicó de manera póstuma, Islas en el Golfo, la más polifónica y barroca de sus novelas, comparable en ambición con su ensayo Muerte en la tarde, donde explicita la "teoría del iceberg". Nada más anti teoría del iceberg que los relatos de su creador.

 





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Les Luthiers, Hemingway y Piglia
Les Luthiers, Hemingway y Piglia

En los años setenta del siglo pasado, el conjunto Les Luthiers presentó su pieza Voglio entrare per la finestra, aria de la ópera ficcional “Leonora o el amor con juglar”. La hilarante presentación de Marcos Mundstock aclaraba: “El juglar Ludovico trata de escalar el muro de su amada Leonora y cantarle su aria de amor. Ludovico trepa, teme y tiembla, lo cual se insinúa a través de la orquestación, la sucesión armónica, los contrastantes motivos rítmicos, la exuberante orquestación y porque Ludovico dice: ‘trepo, temo, tiemblo’ ”.

En los años que di taller literario citaba la presentación de Mundstock a propósito de reseñas literarias, o análisis, de novelas y cuentos donde se le hace decir al texto lo que no figura o, peor, no se insinúa. A este procedimiento lo llamaba “efecto contrario a Voglio entrare per la finestra”; en inglés se lo define misreading y Harold Bloom “clinamen o mala interpretación poética”.

En su texto “Tesis sobre el cuento”, Ricardo Piglia analiza, en once pequeños ensayos, diferentes técnicas narrativas y formula dos tesis y, a partir de ellas, desarticula distintas maneras de escribir cuentos. Su punto de partida es una anotación de Chejov en un cuaderno, relata refero: “Un hombre va al casino y hace saltar la banca, al llegar a su casa se pega un tiro”. De esta idea opuesta a lo convencional y previsible ─el que se suicida es el perdedor─, concluye en su primera tesis: “un cuento, siempre cuenta dos historias” ─la itálica y negrita son mías para remarcar la cacofónica aliteración “cuento…cuenta”, hay dos sinónimos: narra o relata─: 1- un relato visible y 2- un relato oculto.

La segunda tesis para desarmar los mecanismos de escribir un relato es: “la historia secreta es la clave para dar la forma y sus variantes”. Su desarrollo nos lleva de la forma clásica ─entre otros: Poe y Horacio Quiroga─ a los forjadores de la versión moderna del cuento y, desde allí, aborda textos de Hemingway, Kafka y Borges. Pero, al analizar “El gran río de los dos corazones”, aparece el “efecto contrario a Voglio entrare per la finestra”, Ricardo Piglia dice que el relato “…cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece una descripción trivial de una excursión de pesca…”. Porque en realidad lo que cifra son otras historias.

Es sabido que la experiencia de la Primera Guerra Mundial atraviesa la narrativa de Hemingway, a veces a través del protagonista ─alter ego del autor─ Nick Adams. Nick –sin apellido– aparece por primera vez, como personaje en un breve libro de relatos publicado en 1924, in our time ─todo con minúscula─, son 30 páginas con 18 narraciones breves y la edición fue de 170 ejemplares; un detalle interesante es que estos relatos no tienen título sino que aparecen como chapter ─con minúscula─ numerados de 1 a 18. En 1925, Hemingway publica “El gran río de los dos corazones” en la revista This Quarter y, ese mismo año en el libro de relatos In Our Time ─ahora con mayúscula─ donde incluye otros cuentos largos. El relato narra una solitaria excursión de pesca, donde Nick convive con algunos recuerdos y proyectos, y está dividido en dos fragmentos que abarcan una jornada cada uno.

 

Gran Rio de los dos corazones. I

 

La primera parte del cuento empieza con un encabezamiento ─mejor un epigrafe─ en letras cursivas, el breve chapter 16 del libro in our time. A lo largo del relato no hay alusión, u omisión, de la experiencia bélica del protagonista quien, tras bajar del tren, atraviesa un pueblo que alguna vez conoció y que desapareció por un gran incendio que tomó parte del bosque y la pradera que lo circundan; tras bordearlo, sube unas colinas y desciende a un valle donde pasan, separados por un pantano, los afluentes del Gran Río de los dos Corazones y resuelve acampar, bajo unos pinos, en la ribera de uno de los brazos, el más claro y transparente. Luego de cenar una lata de porotos con tocino mezclada con otra de espaguetis, Nick habla, por primera vez «tengo derecho a comer estas cosas, si es que estoy dispuesto a transportarlas».

A continuación, va hasta el río en busca de agua para hacer un café y recuerda dos maneras de prepararlo: la suya y la de un amigo; Hopkins, del cual evoca también su novia, la Venus Rubia, fragmentos de otras excursiones con un tercer amigo; Bill, y de la última salida de pesca de los tres en el Río Negro. Las técnicas en discusión eran si había que dejar hervir el café o no, en recuerdo a su amigo resuelve dejarlo hervir. Todo este relato lo desarrolla en el antepenúltimo párrafo; es un despliegue virtuoso de narraciones insinuadas en torno a la vida y actividades de Hopkins, cuya personalidad parece inspirada en Gatsby de Scott Fitzgerald.

El penúltimo párrafo cierra el relato y es casi un manifiesto estético: “Nick bebió el café, hecho según las instrucciones de Hopkins. El café estaba amargo. Nick se rió. Era un buen final para el cuento. Su mente estaba empezando a trabajar. Sabía que podía cortar su desarrollo porque estaba bastante cansado”.

La idea de cortar la escritura un relato cuando se sabe cómo continúa y retomarlo al día siguiente la manifestó Hemingway en algunas entrevistas y la desarrolló en París era una fiesta ─hermosa traducción que supera al título original: A Moveable Feast─: “Trabajaba hasta que tenía algo hecho y sabía cómo iba a continuar y siempre interrumpía en ese momento. Así estaba seguro qué iba a ocurrir al día siguiente”.

Hasta ahora nada de “los efectos de la guerra en Nick Adams”, por lo contrario, parafraseando a Marcos Mundstock: “Nick dice: «era un buen final para un cuento»”.

 

(Continuará)

 

 


 


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Usted y la bomba atómica segunda parte
Usted y la bomba atómica segunda parte

En caso de que les haya interesado, la primera parte de la traducción de Usted y la bomba atómica de George Orwell, les adjunto la segunda parte.

 

A partir de indicios, se puede inferir que los rusos todavía no poseen el secreto de la bomba atómica; por otro lado, el consenso de opinión es que en pocos años lo conseguirán. Así, nos enfrentamos a la perspectiva de que dos o tres monstruosos supraestados, tendrán un arma con la que millones de personas podrían ser barridas de la faz de la tierra en segundos; repartiéndose el mundo entre ellos. Se ha asumido, apresuradamente, que implicará guerras más grandes y sangrientas, y quizás el fin de la civilización industrial. Pero supongamos  ─y este sería el desarrollo probable de los acontecimientos─ que las grandes naciones sobrevivientes hagan un acuerdo tácito de no usar jamás la bomba atómica, por temor a represalias. En tal caso, estaríamos de regreso al punto de partida; la única diferencia sería que el poder se concentrará aún en menos manos, y que la perspectiva para los pueblos sometidos y las clases oprimidas será todavía más desesperanzadora.

Cuando James Burnham escribió La revolución de los mánangers, a muchos norteamericanos les pareció probable que los alemanes ganasen la guerra, por lo tanto era natural suponer que sería Alemania, no Rusia, quien dominase la masa euroasiática, mientras que Japón seguiría controlando el este de Asia. Fue un error de cálculo, pero no afecta el argumento principal. La imagen geográfica que Burnham ofreció del nuevo mundo ha resultado correcta. Cada vez es más y más evidente que la superficie de la tierra está siendo parcelada en tres grandes imperios, cada uno encerrado en sí mismo, incomunicado con el mundo exterior; cada uno regido bajo uno u otro disfraz, de una u otra oligarquía autoelecta. El regateo para ver cómo deben ser trazadas las fronteras aún continúa, y continuará por algunos años, y el tercer supraestado ─Asia del este dominada por China─, es todavía más potencial que real. Pero la deriva general es inequívoca, y la ha acelerado cada descubrimiento científico de los últimos años.

Alguna vez nos dijeron que el aeroplano había “abolido las fronteras”, lo cierto es que, cuando el aeroplano se tornó en un arma de cuidado, las fronteras se volvieron definitivamente infranqueables. Alguna vez existió la esperanza de que la radio promoviese el entendimiento y la cooperación internacional, en lugar de eso se ha transformado en un medio para aislar unas naciones de otras. La bomba atómica podría completar el proceso al quitarle a las clases oprimidas, y a la gente, toda su capacidad de revuelta, y, al mismo tiempo, colocando a sus poseedores en una base de equilibrio de fuerza militar. Incapaces de conquistarse los unos a los otros, lo más probable es que continúen repartiéndose el gobierno del mundo; y es difícil prever qué puede romper éste equilibrio; excepto lentos e impredecibles cambios demográficos.

Durante los últimos cuarenta o cincuenta años, el señor H.G. Wells, y otros, nos han advertido que el hombre corre el peligro de autodestruirse con sus propias armas, dejando a las hormigas y otras especies gregarias hacerse cargo. Cualquiera que haya visto las ruinas de las ciudades alemanas encontrará que esta posibilidad es para ser tenida en cuenta. Sin embargo, si vemos al mundo en su conjunto, la deriva durante décadas no ha sido hacia la anarquía sino hacia la restauración de la esclavitud. Puede ser que no estemos encaminados hacia un colapso general, sino hacia una era tan estable y siniestra como la de los imperios esclavistas de la antigüedad. La teoría de James Burnham ha sido muy discutida, pero pocos han considerado sus implicaciones ideológicas ─es decir, qué cosmovisión, qué tipo de creencias y qué estructura social prevalecerá en un estado que era, al mismo tiempo, inconquistable y en un permanente estado de “guerra fría” con sus vecinos.

Si la bomba atómica fuese algo tan barato y fácil de fabricar como una bicicleta o un reloj despertador, podría habernos sumergido de nuevo en la barbarie, pero, por otra parte, podría haber significado el fin de las soberanías nacionales y de los estados policiales altamente centralizados. Si como parece ser el caso, es un objeto raro y costoso, tan difícil de construir como un acorazado, es más probable que ponga fin a las guerras de grandes proporciones a costa de prolongar de manera indefinida una “paz que no es paz”.

 





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Un cuento de navidad, segunda parte
Un cuento de navidad, segunda parte

Para los que ya leyeron Un cuento de navidad. Acá va la segunda y última parte.

 

Una historia de navidad judeo-norteamericana de los años cincuenta (continuación)

 

“¿Qué son ‘reyes supuestamente’?”

“Quise decir que es sólo una historia”.

¿”En que países tenían sus reinos? ¿Por qué venían en camellos?”

“Traían regalos para el niño”.

“¿De dónde es Santa Claus?”

“¿Qué? En el polo norte, supongo. Vamos David, larguémonos”.

El tomó mi mano, pero no me moví. “¿Cuándo  lo crucificaron a Jesús?”, le dije “le pusieron clavos”

“¿Qué? ¿Cómo te enteraste?

“La película. La de la salida de baño[1]

“¿Cuál?”

Una tarde de la última Pascua, junto con mi hermana Linda, habíamos visto “La salida de baño” por televisión. Hay una escena maravillosa en la que Richard Burton, interpretando a Marcelo, un tribuno romano, llega, junto con un centurión, al palacio de Pilatos. La escena comienza con Pilatos lavándose las manos. Cuando Marcelo entra, Pilatos dice que tiene la última tarea para él antes de que el tribuno parta para su nuevo destino en Capri. “Una ejecución… tres criminales. Uno de ellos es un fanático. Puede haber problemas”.

Pilatos dice que “ha tenido una noche difícil” y, con aspecto aturdido y distante, pide una palangana para lavase las manos. Un esclavo le dice que se las acaba de lavar hace un minuto. “Es cierto”, dice Pilatos y sale como un zombi.

Luego, el centurión le hace a Marcelo la que quizás sea la pregunta más hilarante y socarrona de la historia del cine “¿Es tu primera crucifixión?”

“Sí”, balbucea Marcelo, mirando el rollo de pergamino que contiene las órdenes”.

“¿Qué?”, dice el centurión. “¿Nunca has crucificado a nadie?”

“La película donde le hace llevar a Jesús una gran cruz cuesta arriba”, le expliqué a mi padre, “así podían martillarles clavos en las manos y pies para colgarlo en la cruz”. Mi hermana, que era seis años mayor que yo me había dado una descripción gráfica de la crucifixión, con sangre saliendo a chorros  huesos astillados.

“Te refieres a ‘El manto sagrado’ “, dijo mi padre. Los dos permanecimos en silencio por algunos segundos, contemplando al niño de yeso rosado en los brazos de su madre, y con una muy mala muerte en el futuro.

“Linda dice que Jesús era judío, pero los judíos querían matarlo de todas maneras. ¿Qué era él, papá, judío o cristiano?”

“Era judío”, respondió. “Los cristianos no se habían inventado todavía”.

“¿Pero el pueblo judío no lo quería ver muerto?”

“Tenemos que irnos, David”, dijo mi padre tirando de mi brazo.

“Pero…”

“Ya te contaré, pero ahora sigamos paseando”.

“¿Matan a los camellos para hacer nuestros abrigos?”. No respondió esa pregunta.

Empezamos a caminar. “Esta es la historia de Jesús, en pocas palabras”, dijo. “Cuando creció, le empezó a decir a todo el mundo que él era hijo de Dios, y…”.

Miré hacia la iglesia y agregué. “¿Pero él no era el hijo de José y María? ¿No vino de su mamá?”.

“Sí, pero él decía seguía diciendo otra cosa. Seguía diciendo que su madre era virgen”.

“La virgen madre y el niño”[2], pensé. Pero ella no había mirado a su alrededor.

“Les dijo a todos que Dios lo había enviado a la tierra para ser su hijo y salvar el mundo. Supuestamente”.

“Luego, ¿qué pasó?”.

“Comenzó a deambular por todas partes en Israel, enseñando a la gente sobre religión y reuniendo un grupo de seguidores que comenzaron a testificar que estaba haciendo milagros…”.

“¿Qué son milagros?”.

“Trucos. Como los trucos de magia. Como caminar sobre el agua”.

“Pero no puedes hacer eso”, dije. Pero ya estaba pensando en que lo intentaría el próximo verano cuando fuéramos a la playa.

“Por eso son milagros. Pero tienes razón, todo eso fue un montón de tonterías. De cualquier manera, los otros judíos, los que estaban en el gobierno, empezaron a escuchar que él decía que era hijo de Dios, y se pusieron como locos”.

“¿Por qué?”.

“Se creyó más grande que sus pantalones”. Esto es lo que entendí, me lo habían gritado varias veces, e incluso recibido palmadas un par de veces por el mismo delito.

“Por eso, como continuó diciendo las mismas cosas, se quejaron ante los romanos, que gobernaban a los judíos y a todos los demás en aquella época, y el resto es historia. Pero nadie culpa a los romanos. Todo el mundo culpa a los judíos, por eso hemos tenido tantos problemas con los cristianos. Incluso actualmente.

“Nos odian porque tenemos coraje. Me lo dijo Linda.”

“No todos ellos. Algunos, pero no todos ellos”.

Durante un par de cuadras pensé en todos los cristianos que conocía ─mi profesor, algunos amigos de colegio, la señora encargada de la limpieza, el ascensorista─, preguntándome cuáles me odiarían por mi coraje. En avenida Lexington, doblamos hacia el centro. Enfrente de Bloomingdale’s pasamos frente a un Santa Claus del Ejército de Salvación.

“¿Santa Claus es Dios?, pregunté. “¿Es el padre de Jesús?”

“¿Qué? No. Basta de preguntas, David”. Ahora podíamos ver el negocio a una cuadra de distancia, y la cabeza de mi madre en la ventana.

“¿Es cristiano?”

“Sí es cristiano. Se basa en algún santo. El encargado de los regalos. Hablando de eso…”. Levantó la bolsa de papel y me sonrió. “No le digas a tu madre lo que hay aquí”.

“¿Es por eso que puede entrar en nuestro departamento, aún cuando no tenemos chimenea y las puertas están cerradas con doble llave? ¿Eso es un milagro? ¿Como caminar sobre el agua?”.

“No sé. Pregúntale a tu madre”.

“¿Por qué celebramos Navidad, ya que Santa Claus es cristiano y nosotros judíos y algunos de ellos nos odian?”.

“Porque somos norteamericanos”, respondió. Sus ojos estaban fijos en la tienda.

“Pero si nos odian…”.

“¡Basta de preguntas, David!”. Me miró y agarró mi mano más fuerte. “Es sólo una festividad, así podemos hacer regalos, ¿entiendes? Eso es todo. Asunto terminado.

“Pero en Janucá también se pueden dar regalos”.

“Ay”, suspiró. “Janucá es muy largo. Hacerlo todo el mismo día tiene más sentido. Algunos de nosotros tenemos que trabajar”.

“¿Qué es una virgen?”, pregunté mientras tropezaba detrás de él cruzando la calle 61.

“Alguien de Virginia”, respondió.

 



[1] Juego de palabras, robe en inglés puede significar manto o capa, también bata de baño. Alusión a la película The robe (1953), conocida en español como El manto sagrado, que trata de la pasión de Cristo.  El manto sagrado ganó varios premios Oscar en 1954, entre otros: mejor película y mejor actuación (N. del T.).

[2] Alusión a una estrofa de “Noche de paz”, canción que David cantaba con su madre Estelle para Navidad y que él no entendía de todo. La estrofa es “Round yon Virgin Mother and Child” (Alrededor de ti Virgen Madre y Niño) (N. del T.).

 





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