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Escritor Argentino

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Danilo Albero, nació en Mendoza en 1947. Es licenciado en letras, narrador y librero. Como narrador ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (1994) y Al mejor cazador (2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (1997), Jorge Newbery el señor del coraje (2003) -de cuyo título, imposición de asesor de marketing de la editorial, siempre renegó- y Variaciones Turner (2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (1993) -recopilación de 36 artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga, que incluye 9 textos inéditos-. Ha traducido del portugués a autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo y Machado de Assis y del inglés a Lafcadio Hearn (a publicar en 2016).

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, organizado por la Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Ensayo, organizado por la Fundación El Libro (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea (2007).

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, Week End y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ambito Financiero, El Cronista, y La Jornada Cultural de México.

Entre 1993-2000 fue miembro electo de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro.
 

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Usted y la bomba atómica segunda parte
Usted y la bomba atómica segunda parte

En caso de que les haya interesado, la primera parte de la traducción de Usted y la bomba atómica de George Orwell, les adjunto la segunda parte.

 

A partir de indicios, se puede inferir que los rusos todavía no poseen el secreto de la bomba atómica; por otro lado, el consenso de opinión es que en pocos años lo conseguirán. Así, nos enfrentamos a la perspectiva de que dos o tres monstruosos supraestados, tendrán un arma con la que millones de personas podrían ser barridas de la faz de la tierra en segundos; repartiéndose el mundo entre ellos. Se ha asumido, apresuradamente, que implicará guerras más grandes y sangrientas, y quizás el fin de la civilización industrial. Pero supongamos  ─y este sería el desarrollo probable de los acontecimientos─ que las grandes naciones sobrevivientes hagan un acuerdo tácito de no usar jamás la bomba atómica, por temor a represalias. En tal caso, estaríamos de regreso al punto de partida; la única diferencia sería que el poder se concentrará aún en menos manos, y que la perspectiva para los pueblos sometidos y las clases oprimidas será todavía más desesperanzadora.

Cuando James Burnham escribió La revolución de los mánangers, a muchos norteamericanos les pareció probable que los alemanes ganasen la guerra, por lo tanto era natural suponer que sería Alemania, no Rusia, quien dominase la masa euroasiática, mientras que Japón seguiría controlando el este de Asia. Fue un error de cálculo, pero no afecta el argumento principal. La imagen geográfica que Burnham ofreció del nuevo mundo ha resultado correcta. Cada vez es más y más evidente que la superficie de la tierra está siendo parcelada en tres grandes imperios, cada uno encerrado en sí mismo, incomunicado con el mundo exterior; cada uno regido bajo uno u otro disfraz, de una u otra oligarquía autoelecta. El regateo para ver cómo deben ser trazadas las fronteras aún continúa, y continuará por algunos años, y el tercer supraestado ─Asia del este dominada por China─, es todavía más potencial que real. Pero la deriva general es inequívoca, y la ha acelerado cada descubrimiento científico de los últimos años.

Alguna vez nos dijeron que el aeroplano había “abolido las fronteras”, lo cierto es que, cuando el aeroplano se tornó en un arma de cuidado, las fronteras se volvieron definitivamente infranqueables. Alguna vez existió la esperanza de que la radio promoviese el entendimiento y la cooperación internacional, en lugar de eso se ha transformado en un medio para aislar unas naciones de otras. La bomba atómica podría completar el proceso al quitarle a las clases oprimidas, y a la gente, toda su capacidad de revuelta, y, al mismo tiempo, colocando a sus poseedores en una base de equilibrio de fuerza militar. Incapaces de conquistarse los unos a los otros, lo más probable es que continúen repartiéndose el gobierno del mundo; y es difícil prever qué puede romper éste equilibrio; excepto lentos e impredecibles cambios demográficos.

Durante los últimos cuarenta o cincuenta años, el señor H.G. Wells, y otros, nos han advertido que el hombre corre el peligro de autodestruirse con sus propias armas, dejando a las hormigas y otras especies gregarias hacerse cargo. Cualquiera que haya visto las ruinas de las ciudades alemanas encontrará que esta posibilidad es para ser tenida en cuenta. Sin embargo, si vemos al mundo en su conjunto, la deriva durante décadas no ha sido hacia la anarquía sino hacia la restauración de la esclavitud. Puede ser que no estemos encaminados hacia un colapso general, sino hacia una era tan estable y siniestra como la de los imperios esclavistas de la antigüedad. La teoría de James Burnham ha sido muy discutida, pero pocos han considerado sus implicaciones ideológicas ─es decir, qué cosmovisión, qué tipo de creencias y qué estructura social prevalecerá en un estado que era, al mismo tiempo, inconquistable y en un permanente estado de “guerra fría” con sus vecinos.

Si la bomba atómica fuese algo tan barato y fácil de fabricar como una bicicleta o un reloj despertador, podría habernos sumergido de nuevo en la barbarie, pero, por otra parte, podría haber significado el fin de las soberanías nacionales y de los estados policiales altamente centralizados. Si como parece ser el caso, es un objeto raro y costoso, tan difícil de construir como un acorazado, es más probable que ponga fin a las guerras de grandes proporciones a costa de prolongar de manera indefinida una “paz que no es paz”.

 





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Un cuento de navidad, segunda parte
Un cuento de navidad, segunda parte

Para los que ya leyeron Un cuento de navidad. Acá va la segunda y última parte.

 

Una historia de navidad judeo-norteamericana de los años cincuenta (continuación)

 

“¿Qué son ‘reyes supuestamente’?”

“Quise decir que es sólo una historia”.

¿”En que países tenían sus reinos? ¿Por qué venían en camellos?”

“Traían regalos para el niño”.

“¿De dónde es Santa Claus?”

“¿Qué? En el polo norte, supongo. Vamos David, larguémonos”.

El tomó mi mano, pero no me moví. “¿Cuándo  lo crucificaron a Jesús?”, le dije “le pusieron clavos”

“¿Qué? ¿Cómo te enteraste?

“La película. La de la salida de baño[1]

“¿Cuál?”

Una tarde de la última Pascua, junto con mi hermana Linda, habíamos visto “La salida de baño” por televisión. Hay una escena maravillosa en la que Richard Burton, interpretando a Marcelo, un tribuno romano, llega, junto con un centurión, al palacio de Pilatos. La escena comienza con Pilatos lavándose las manos. Cuando Marcelo entra, Pilatos dice que tiene la última tarea para él antes de que el tribuno parta para su nuevo destino en Capri. “Una ejecución… tres criminales. Uno de ellos es un fanático. Puede haber problemas”.

Pilatos dice que “ha tenido una noche difícil” y, con aspecto aturdido y distante, pide una palangana para lavase las manos. Un esclavo le dice que se las acaba de lavar hace un minuto. “Es cierto”, dice Pilatos y sale como un zombi.

Luego, el centurión le hace a Marcelo la que quizás sea la pregunta más hilarante y socarrona de la historia del cine “¿Es tu primera crucifixión?”

“Sí”, balbucea Marcelo, mirando el rollo de pergamino que contiene las órdenes”.

“¿Qué?”, dice el centurión. “¿Nunca has crucificado a nadie?”

“La película donde le hace llevar a Jesús una gran cruz cuesta arriba”, le expliqué a mi padre, “así podían martillarles clavos en las manos y pies para colgarlo en la cruz”. Mi hermana, que era seis años mayor que yo me había dado una descripción gráfica de la crucifixión, con sangre saliendo a chorros  huesos astillados.

“Te refieres a ‘El manto sagrado’ “, dijo mi padre. Los dos permanecimos en silencio por algunos segundos, contemplando al niño de yeso rosado en los brazos de su madre, y con una muy mala muerte en el futuro.

“Linda dice que Jesús era judío, pero los judíos querían matarlo de todas maneras. ¿Qué era él, papá, judío o cristiano?”

“Era judío”, respondió. “Los cristianos no se habían inventado todavía”.

“¿Pero el pueblo judío no lo quería ver muerto?”

“Tenemos que irnos, David”, dijo mi padre tirando de mi brazo.

“Pero…”

“Ya te contaré, pero ahora sigamos paseando”.

“¿Matan a los camellos para hacer nuestros abrigos?”. No respondió esa pregunta.

Empezamos a caminar. “Esta es la historia de Jesús, en pocas palabras”, dijo. “Cuando creció, le empezó a decir a todo el mundo que él era hijo de Dios, y…”.

Miré hacia la iglesia y agregué. “¿Pero él no era el hijo de José y María? ¿No vino de su mamá?”.

“Sí, pero él decía seguía diciendo otra cosa. Seguía diciendo que su madre era virgen”.

“La virgen madre y el niño”[2], pensé. Pero ella no había mirado a su alrededor.

“Les dijo a todos que Dios lo había enviado a la tierra para ser su hijo y salvar el mundo. Supuestamente”.

“Luego, ¿qué pasó?”.

“Comenzó a deambular por todas partes en Israel, enseñando a la gente sobre religión y reuniendo un grupo de seguidores que comenzaron a testificar que estaba haciendo milagros…”.

“¿Qué son milagros?”.

“Trucos. Como los trucos de magia. Como caminar sobre el agua”.

“Pero no puedes hacer eso”, dije. Pero ya estaba pensando en que lo intentaría el próximo verano cuando fuéramos a la playa.

“Por eso son milagros. Pero tienes razón, todo eso fue un montón de tonterías. De cualquier manera, los otros judíos, los que estaban en el gobierno, empezaron a escuchar que él decía que era hijo de Dios, y se pusieron como locos”.

“¿Por qué?”.

“Se creyó más grande que sus pantalones”. Esto es lo que entendí, me lo habían gritado varias veces, e incluso recibido palmadas un par de veces por el mismo delito.

“Por eso, como continuó diciendo las mismas cosas, se quejaron ante los romanos, que gobernaban a los judíos y a todos los demás en aquella época, y el resto es historia. Pero nadie culpa a los romanos. Todo el mundo culpa a los judíos, por eso hemos tenido tantos problemas con los cristianos. Incluso actualmente.

“Nos odian porque tenemos coraje. Me lo dijo Linda.”

“No todos ellos. Algunos, pero no todos ellos”.

Durante un par de cuadras pensé en todos los cristianos que conocía ─mi profesor, algunos amigos de colegio, la señora encargada de la limpieza, el ascensorista─, preguntándome cuáles me odiarían por mi coraje. En avenida Lexington, doblamos hacia el centro. Enfrente de Bloomingdale’s pasamos frente a un Santa Claus del Ejército de Salvación.

“¿Santa Claus es Dios?, pregunté. “¿Es el padre de Jesús?”

“¿Qué? No. Basta de preguntas, David”. Ahora podíamos ver el negocio a una cuadra de distancia, y la cabeza de mi madre en la ventana.

“¿Es cristiano?”

“Sí es cristiano. Se basa en algún santo. El encargado de los regalos. Hablando de eso…”. Levantó la bolsa de papel y me sonrió. “No le digas a tu madre lo que hay aquí”.

“¿Es por eso que puede entrar en nuestro departamento, aún cuando no tenemos chimenea y las puertas están cerradas con doble llave? ¿Eso es un milagro? ¿Como caminar sobre el agua?”.

“No sé. Pregúntale a tu madre”.

“¿Por qué celebramos Navidad, ya que Santa Claus es cristiano y nosotros judíos y algunos de ellos nos odian?”.

“Porque somos norteamericanos”, respondió. Sus ojos estaban fijos en la tienda.

“Pero si nos odian…”.

“¡Basta de preguntas, David!”. Me miró y agarró mi mano más fuerte. “Es sólo una festividad, así podemos hacer regalos, ¿entiendes? Eso es todo. Asunto terminado.

“Pero en Janucá también se pueden dar regalos”.

“Ay”, suspiró. “Janucá es muy largo. Hacerlo todo el mismo día tiene más sentido. Algunos de nosotros tenemos que trabajar”.

“¿Qué es una virgen?”, pregunté mientras tropezaba detrás de él cruzando la calle 61.

“Alguien de Virginia”, respondió.

 



[1] Juego de palabras, robe en inglés puede significar manto o capa, también bata de baño. Alusión a la película The robe (1953), conocida en español como El manto sagrado, que trata de la pasión de Cristo.  El manto sagrado ganó varios premios Oscar en 1954, entre otros: mejor película y mejor actuación (N. del T.).

[2] Alusión a una estrofa de “Noche de paz”, canción que David cantaba con su madre Estelle para Navidad y que él no entendía de todo. La estrofa es “Round yon Virgin Mother and Child” (Alrededor de ti Virgen Madre y Niño) (N. del T.).

 





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Un cuento de navidad
Un cuento de navidad

El título original de esta nota, publicada el 24 de diciembre de 2014 en el “New Yorker”, fue “Una historia de navidad judeo-norteamericana de los años cincuenta” y su autor, David Sipress. La nota venía precedida de una caricatura de un padre y un niño, el primero con un hacha en la mano, están en un bosque, en un paisaje nevado, y en primer plano un pino con nueve puntas en forma de janukia. La coincidencia de fechas de conmemoración le permite al autor narrar cómo vivió en su infancia el hecho de que su familia celebrase, las dos fiestas, Navidad y Janucá. En los países anglosajones el género “cuento de navidad” se viene cultivando a partir de “A Christmas Carol” de Charles Dickens. La lista de escritores que han desarrollado este tema es significativa. El siguiente relato, cuya traducción adjunto, lo incluiré en mi antología personal sobre el tema.

 

Una historia de navidad judeo-norteamericana de los años cincuenta

 

Celebrábamos las dos festividades en cuartos separados ─Navidad en el living y Janucá en la cocina─ para no mezclarlas, supongo, o para evitar la contaminación. En la cocina, sobre una bandeja para hornear y evitar que las velas goteen, estaba la janukia de lata pintada de oro que recibí en la escuela dominical. Me encantaba encender las velas “judías”, color naranja y recitar la bendición, principalmente porque era la única vez que permitían acercarme al fuego.

En el living, se apilaban los regalos debajo del piano hasta la mañana de Navidad, un árbol de navidad habría sido, incluso para los asimilados dedicados como mis padres, ir demasiado lejos. En las vísperas de navidad, en el momento de los regalos mi madre tocaba villancicos y yo, sentado junto a ella, cantaba, a menudo perplejo por las letras extrañas e incomprensibles.

Las dos semanas previas a Navidad eran las más atareadas para mi padre. Abría la joyería en la Calle 66 y Avenida Lexington a las ocho de la mañana y se quedaba hasta que el último cliente terminara de comprar, alrededor de las nueve o diez de la noche. Esto hacía que los regalos navideños de mi padre para mi madre fueran un pequeño desafío. Ella habría sido feliz de comprar sus propios regalos y ahorrarle el problema ─ahorrarle el problema era su deber como esposa─ pero, para su prestigio, él no permitiría cruzar esa línea. Así, todos los años, durante más o menos una hora, mi madre le cuidaba las espaldas en el negocio mientras mi padre se apresuraba a buscar los regalos.

Cuando tenía seis años y estaba a punto de cumplir siete, la acompañé cuando llegó al negocio para hacerse cargo. Habíamos estado en Bloomingdale’s para ver a Santa Claus ─sólo para “verlo”, porque no se me permitía sentarme en su regazo. La razón era alguna versión de “no sabemos dónde se ha metido”─. Decidieron que lo podía acompañar a mi padre cuando él hacía sus compras, y los detalles de lo que dije en esa excursión, rápidamente se convirtieron en una de las historias “monas” y, para mí, embarazosas historias que mi padre contó y recontó a sus amigos y parientes en los próximos años. Todavía lo contaba el año de su muerte, a la edad de noventa y tres.

Era una tarde fría. Nos encaminábamos a la tienda de una modista japonesa de poco más de un metro sesenta, se especializaba en ropa para gente pequeña como mi madre. Mi padre llevaba un elegante sobretodo de pelo de camello y una bufanda de cachemira. Yo, una réplica en miniatura del mismo abrigo, manoplas de lana unidas a las mangas con clips de metal, y un gorro de lana con visera y orejeras ─insistencia de mi madre─. Mi padre estaba, como de costumbre, sin sombrero, sus orejas, muy grandes rojas y brillantes luego de unos pocos segundos al frío, el grueso bigote gris, helado y rígido.

Esa excursión fue especial. Porque raras veces estaba a solas con mi padre ─trabajaba seis días por semana, y los domingos estaba exhausto y preocupado─. Mientras caminábamos hacia el este por la calle Sesenta y uno y doblamos por la Primera Avenida, él hizo lo único que disolvió, de manera confiable, cualquier pregunta que le pudiera haber hecho acerca de dónde estábamos ─tomó mi mano y la sostuvo mientras caminábamos.

La modista nos saludó cálidamente en su pequeña tienda. Luego de un breve intercambio de cumplidos y bromas, y un poco de mutua conmiseración acerca de administrar un pequeño negocio durante las vacaciones, mi padre dijo: “Ando buscando algo bueno para Estelle.”

“Oh, sí”, dijo la modista, haciendo show y simulando pensar un poco sobre el tema antes de sumergirse en un estante repleto y sacar el vestido que mi madre había elegido semanas antes. Mi padre dijo que era perfecto. La modista lo envolvió con primor y luego lo colocó en una bolsa de papel marrón para que mi madre “no supiera qué era”.

Ya estaba oscuro cuando salimos. “Misión cumplida”, dijo mi padre, para sí mismo. “Y ya le tengo ese collar de jade que le he guardado todo el año en la tienda”.

“Vamos a dar un paseo”, sugirió a continuación, y doblamos en la próxima esquina. En el medio de la manzana había una pequeña iglesia de ladrillo rojo. Detrás de una valla baja de hierro forjado había un pesebre iluminado con luces llamativas. Se escuchaba música ─“Acudid, fieles alegres” o algo parecido─. Nos detuvimos. El pesebre me recordó a los dioramas del Museo de Historia Natural, que tanto me gustaban, con hombres de las cavernas y animales salvajes. Mi recuerdo de la escena de natividad es vívido porque fue la primera vez que la vi. Incluía estatuas de tamaño natural de los tres humanos y, lo más emocionante para mí: una vaca, una oveja y una cabra, y paja y heno reales.

“¿Por qué están en un granero?” Le pregunté a mi padre. Me quité las orejeras para escuchar su respuesta.

“Es lo único que podían pagar”, dijo. “¿Cómo puedo saberlo? Vamos, hace frío y se está haciendo tarde”.

“¿No hiede un poco?” Hacía poco que visitamos a los primos de mi madre en Connecticut, y me llevaron a una granja donde pude acariciar animales. Lo que más me impresionó fue el olor. “¿Los animales van al baño allí mismo?”.

“Sí. No. Probablemente salgan afuera. Esperemos que, por lo menos, sea así.”

“Ese es Jesús”, le dije señalando al bebé. Era regordete y rosado y me recordó la frase “tierno y suave” en “Noche de paz”, una de las canciones que mi madre y yo cantábamos juntos en el piano. Las palabras hacían que el bebé sonara como algo bueno para comer.

“¿Cómo se llamaban los padres?”, pregunté.

“María y José. Y esos tipos en el fondo, montados en los camellos…─señaló un telón apoyado contra la pared de la iglesia─. Esos son reyes… supuestamente”.

 

(Continuará)

 





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Don Casmurro 11
Don Casmurro 11

Por si algún lector se entusiasmó con los capítulos anteriores, publicados en Don Casmurro 1, Don Casmurro 2, Don Casmurro 3,Don Casmurro 4, Don Casmurro 5, Don Casmurro 6Don Casmurro 7,y Don Casmurro 8, Don Casmurro 9 y Don Casmurro 10, les anticipo el onceavo.

 

 

XIV - La inscripción.

 

            Todo lo que conté al final del capítulo anterior fue obra de un instante. Lo que le sucedió fue todavía más rápido. Di un salto y, antes de que ella borrase el muro, leí estos dos nombres, grabados con el clavo y así dispuestos:

 

BENTO

CAPITOLINA

 

            Me volví hacia ella, Capitú tenía los ojos fijos en el suelo. Luego los levantó, despacio, y nos quedamos mirándonos el uno al otro Confesión de niños, tú bien merecerías dos o tres páginas, pero quiero ser breve. En realidad ni siquiera hablamos, el muro habló por nosotros. No nos movimos, las manos se extendieron poco a poco, las cuatro, tomándose, apretándose, fundiéndose. No anoté la hora exacta de aquel gesto. Debía haberla anotado; siento la falta de una nota escrita aquella misma noche y que yo pondría aquí, con los errores de ortografía que tuviese, pero no tendría ninguno, ésa era la diferencia entre el estudiante y el adolescente. Conocía las reglas de escribir, sin sospechar las de amar; tenía orgías de latín, era virgen en mujeres.

            No nos soltamos las manos ni ellas se dejaron caer por cansancio u olvido. Los ojos se miraban fijamente, dejaban de mirarse y, después de perderse en las cercanías, volvían a encontrarse los unos con los otros Futuro sacerdote, estaba ante ella como ante un altar, siendo una de sus mejillas la Epístola y la otra el Evangelio. La boca podía ser el cáliz; los labios, la patena. Faltaba decir la primera misa con un latín que no se aprende y que es la lengua católica de los hombres. No me tengas por sacrílego, mi lectora devota; la limpieza de la intención lava lo que pudiera haber de poco curial en el estilo. Estábamos allí con el cielo en nosotros. Las manos, uniendo sus nervios, hacían de las dos criaturas una sola, una sola criatura seráfica[1]. Los ojos continuaron diciendo cosas infinitas, las palabras eran las que no intentaban salir de la boca, volvían al corazón calladas como venían

 

XV - Otra voz repentina.

 

            Otra voz repentina, pero esta vez una voz de hombre:

            — ¿Ustedes están jugando al siso?

            Era el padre de Capitú, que estaba en la puerta del fondo, junto a su mujer. Nos soltamos las manos y nos quedamos confusos. Capitú fue hasta el muro y, con el clavo, disimuladamente, tachó nuestros nombres escritos.

  • ¡Capitú!
  • ¡Si, papá!
  • No me estropees el revoque del muro.

            Capitú tachaba sobre lo tachado para borrar bien lo escrito. Padua salió al huerto a ver de qué trataba, pero su hija ya había comenzado a grabar otra cosa, un perfil que, dijo, era el retrato de su padre, pero que podía ser tanto el suyo como el de la madre; lo importante era hacerlo reír. Pero además, él se acercó sin estar enfadado, muy cariñoso, pese a la actitud dudosa, o menos que dudosa, en que nos había sorprendido. Era un hombre bajo y grueso, piernas y brazos cortos, espalda arqueada, de donde le vino el apodo de Tartaruga que José Dias le había puesto. Nadie lo llamaba así en casa, solamente el agregado.

  • ¿Están jugando al siso? —preguntó.

            Miré hacia un saúco que estaba cerca, Capitú respondió por los dos.

  • Sí, señor; pero Bentinho se ríe enseguida, no se aguanta.
  • Cuando llegué a la puerta, no se reía.
  • Ya se había reído varias veces antes, no se puede contener. ¿Papá, quieres ver?

            Y seria, fijó en mí sus ojos, invitándome al juego. El susto es por naturaleza serio; yo todavía estaba bajo el efecto causado por la aparición de Padua y fui incapaz de reír, por más que hubiera debido hacerlo para legitimar la respuesta de Capitú. Ésta, cansada de esperar, desvió la mirada, diciendo que yo no me reía esa vez porque estaba allí su padre. Y ni siquiera así me pude reír. Hay cosas que sólo se aprenden tarde; es menester nacer con ellas para hacerlas pronto. Y es mejor naturalmente temprano que artificialmente tarde. Capitú, después de dar dos vueltas, se fue con su madre, que continuaba en la puerta de la casa, dejándonos a mí y a su padre encantados con ella; su padre, mirándola a ella y a mí, me decía, lleno de ternura:

  • ¿Quién diría que esta pequeña tiene catorce años? Parece que tuviera diecisiete. ¿Tu madre está bien? —continuó mirándome fijo.
  • Sí señor.
  • Hace muchos días que no la veo. Quisiera hacerle morder el polvo en el juego al doctor, pero no he podido, estoy haciendo trabajos de la repartición en casa; todas las noches escribo como un desesperado, trata de informes. ¿Has visto mi fruterito amarillo? Está allí al fondo. Ahora mismo iba ver la jaula, ven a verlo.

            Que yo no tenía ningún deseo, es fácil de creer, sin que sea necesario jurarlo por el cielo ni por la tierra. Mi deseo era ir tras Capitú y hablarle de lo que se nos venía encima; pero el padre era el padre, y además le gustaban especialmente los pajaritos. Los tenía de varias especies, color y tamaño. El patio que había en el centro de la casa estaba rodeado de jaulas con canarios que hacían un ruido de todos los demonios, cantando. Intercambiaba pájaros con otros aficionados, los compraba; capturaba algunos en su propio huerto, preparando trampas. También, si enfermaban, los cuidaba como si fueran personas.



[1] Del original en bastardilla.

 





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Don Casmurro 8
Don Casmurro 8

Por si algún lector se entusiasmó con los capítulos I a VI, publicados en Don Casmurro 1, Don Casmurro 2, Don Casmurro 3, Don Casmurro 4 y Don Casmurro 5, yDon Casmurro 6 y Don Casmurro 7, les anticipo el octavo.

 

 

X - Acepto la teoría.

 

            Que sea demasiada metafísica sólo para un tenor, no cabe duda; pero la pérdida de la voz lo explica todo y hay filósofos que son, en resumen, tenores desempleados.

            Amigo lector, acepto la teoría del viejo Marcolini, no sólo por la verosimilitud, que muchas veces es toda la verdad, sino porque mi vida casa bien con su definición. Canté un dúo tiernísimo, después un trío, después un cuarteto… Pero no nos adelantemos; vamos a la primera tarde, cuando me enteré de que ya cantaba, porque la denuncia de José Dias, mi caro lector, me la hizo principalmente a mí. Ante mí es ante quien me denunció.

 

XI - La promesa.

 

            Apenas vi desaparecer al agregado por el pasillo, dejé el escondrijo y corrí a la galería del fondo. No quise saber ni de las lágrimas ni de la causa que las hacía verter a mi madre. La causa era probablemente sus proyectos eclesiásticos y el motivo de éstos es lo que voy a contar, porque ya entonces era una historia vieja; ocurrida dieciséis años atrás.

            Los proyectos venían del tiempo en el que fui concebido. Habiendo nacido muerto su primer hijo, mi madre se encomendó a Dios para que el segundo viviera y le prometió que, de ser varón, entraría en la iglesia. Quizá esperase una hija. No le dijo nada a mi padre ni antes ni después de darme a luz; pensaba hacerlo cuando yo fuera a la escuela, pero enviudó antes. Ya viuda, sintió terror de separarse de mí; pero era tan devota, tan temerosa de Dios, que buscó testigos de su promesa, confesándola a parientes y familiares. Únicamente, para que nos separásemos lo más tarde posible, me hizo aprender en casa las primeras letras,; latín y doctrina, con el padre Cabral, viejo amigo de tío Cosme, que iba allí por las noches a echar una partida.

            Los plazos largos son fáciles de suscribir, la imaginación los hace infinitos. Mi madre esperó a que los años fuesen pasando. Mientras tanto, me iba acostumbrando a la idea de la iglesia; juegos de niños, libros devotos, imágenes de santos, las conversaciones en la casa, todo convergía hacia el altar. Cuando íbamos a misa, me decía siempre que era para que aprendiese a ser padre y que reparase en el padre, que no quitase los ojos del padre. En casa jugaba a celebrar misa, un poco a escondidas, porque mi madre me decía que la misa no era cosa de juego. Capitú y yo, preparábamos un altar. Ella hacía de sacristán y alterábamos el ritual, en el sentido de repartirnos la hostia entre nosotros; la hostia era siempre un dulce. En la época en que jugábamos así era muy común oír a mi vecina preguntarnos: “¿Hoy hay misa?” Yo ya sabía lo que eso quería decir, respondía que si e iba a pedir la hostia con otro nombre. Volvía con ella, ordenábamos el altar, engolábamos el latín y acortábamos las ceremonias. Dominus, non sum dignus[1]… Esto, que yo lo tenía que repetir tres veces, creo que sólo lo decía una, tal era la gula del cura y del sacristán. No bebíamos vino ni agua, no teníamos vino y el agua nos habría quitado el sabor del sacrificio.

            Últimamente no me hablaban del seminario, hasta tal punto que yo creía que era un asunto ya olvidado. Quince años, sin vocación, pedían antes el seminario del mundo que el de São José. Mi madre se quedaba muchas veces mirándome como alma en pena, o me agarraba la mano sin ningún pretexto y me la apretaba mucho.



[1] Cita de un trecho del ritual católico de la misa, que en aquellos años era oficiada en latín: “Señor, yo no soy digno” (F.L.).

 





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