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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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Diablos, diablitos y diablejos
Diablos, diablitos y diablejos

Diablos, diablitos y diablejos

 

En un pequeño pueblo francés, madame Husson, viuda, piadosa y rica, siguiendo la moda de París, resolvió otorgar un premio a una doncella virtuosa. Lo consultó con el párroco, quien concordó y le ofreció una lista de candidatas. Ninguna pasó por la investigación de la empleada de madame, quien junto con las compras diarias, rastreaba el historial ─mejor el prontuario─ de las postuladas. Madame, comentó estos resultados con el párroco y llegaron a la conclusión que “la virtud” no era exclusivamente femenina, bien podía ser masculina ─insólita versión avant la lettre del cupo de igualdad de género─. Y la elección recayó en Isidoro, hijo de la verdulera.

La fiesta de entrega del premio fue un éxito con la presencia del alcalde y autoridades locales, la guardia nacional y su banda. Isidoro, ─de allí en más “el doncel de madame Husson”─ vestido de blanco con un collar de rosas, recibió los quinientos francos de oro y, del brazo de madame fueron al banquete, en su honor. Isidoro, de costumbres hasta ese momento austeras, comió todas las delicias y bebió, todos los vinos y licores, ofrecidos, sin saltear nada. Ya en casa, mientras se le aventaba la borrachera, cayó en la cuenta que en un bolsillo tenía el premio de quinientos francos oro, los contó. Salió, fue hasta el centro del pueblo, subió a la diligencia que iba a Paris y desapareció. Volvió meses después y, siempre borracho, murió en un zaguán del pueblo.

Años después, de Guy de Maupassant, Manuel Mujica Lainez, volverá a recontar esta historia en El viaje de los siete demonios; la circunstancia es similar, Belcebú, el demonio de la gula, deberá tentar a don Antonino Robles, beato piadoso que pasaba el día orando y manteniéndose de las pitanzas que le acercaban sus vecinas; el lugar: La Paz, Bolivia, en 1865. Los siete demonios usan sus artes para invitar al dictador Melgarejo, que se hallaba en un festejo en la Plaza Mayor, y llevarlo a la casa de don Antonino, donde Belcebú ha preparado el banquete. Luego de hesitar ─poco─ al amparo de sus rezos, Antonino Robles, en compañía de Melgarejo y su escolta, sigue los pasos de Isidoro: come y bebe todo lo que puede y se repite hasta el hartazgo. Cumplida la misión, los siete demonios se retiran y Lucifer, jefe de la expedición, concluye que don Antonino no había pecado antes por falta de posibilidades; lo mismo que “el doncel de madame Husson”. La moraleja de los dos relatos es que virtuoso, o virtuosa, no es quien no cae en manos de los pecados capitales, sino aquel que, habiendo caído, es capaz de sobreponerse a su dominio.

Se dice que fue santo Tomás de Aquino quien enlistó los siete pecados capitales asignándole un titular a cada uno: la Soberbia, Lucifer; la Ira, Satanás; la Avaricia, Mammon; la Lujuria, Asmodeo; la Gula, Belcebú; la Envidia, Leviatán; la Pereza, Belfegor. Mi primera conclusión es que Santo Tomás se quedó corto al relevar pecados, agrego uno imperdible: Schadenfreude, placer o alegría ante la humillación, sufrimiento, o desgracia de los demás, no soy experto en demonología ni en santorales, y no puedo asignarle su correspondiente demonio.

La presencia del Diablo, en acordes mayores y evidentes, es parte de la literatura y el cine, en todos los registros posibles, de excelente a pésimo. Sin embargo la presencia de los siete demonios, de manera artera, se diluye en toda la literatura; empezando por mi candidato, Schadenfreude quién, como un camaleón se oculta entre las páginas de la Poética de Aristóteles, cuando expresa que el desenlace de la tragedia provoca en el espectador una catarsis o efecto purificador en los espectadores ─supuestamente los hacía más buenos o menos malos─. Goethe en su interpretación de la Poética, sostiene que el público no acude a los espectáculos trágicos para aprender los arcanos de la condición humana, sino para divertirse; detrás de esta reflexión aflora Schadenfreude.

En El diablo cojuelo (1640) Luis Vélez de Gevara, anticipándose a Guy de Maupassant y Manuel Mujica Lainez, nos cuenta las aventuras del estudiante Cleofás Pérez Zambullo quien, huyendo de la justicia, se oculta en el desván de un nigromante y astrólogo que tiene al Diablo Cojuelo encerrado en una redoma. El Diablo Cojuelo le cuenta que los expulsados del cielo luego de la rebelión fueron decenas, pero él fue el primero, y el resto le cayó encima, de resultas quedó cojo y con pocos dientes. Cleofás rompe la redoma, lo libera y éste, agradecido, lo lleva por los cielos levantando los tejados de Madrid, Sevilla y otras ciudades, para que el estudiante aprenda miserias, engaños y verdades nunca dichas de sus conciudadanos.

El bien, o la ausencia de maldad, no influyen en la historia de la narrativa; tampoco mucho el amor, campo más bien reservado a la poesía. Buenos y malos, villanos, felones, mentirosos, ladrones dan el sustento para la trama de relatos y novelas, cada uno con su propia ética y sentido del honor, como dijo Hemingway refiriéndose a España: “tierra del honor: lo tienen, toreros, almaceneros, comerciantes, prostitutas y ladrones; simplemente varían los puntos de vista”. Ya en el exclusivo mundo de las y los elegantes, la alta costura y los desfiles de ropa, por el cine sabemos que El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada, 2006) y que muchos venderían su alma por lograrlo. El hábito hace al monje, por estas razones el diablo, y sus demonios, siempre aparecerán donosos, elegantes, intachables, vestidos a la moda por los mejores sastres y de níveas sonrisas. La excepción: el desdentado y contrahecho Diablo Cojuelo, apoyado en las muletas y marcado desde su atributo ─el sufijo “uelo”, un diminutivo que agrega un color despectivo, no es lo mismo ser ladrón que ladronzuelo, bribón que bribonzuelo ni escritor que escritorzuelo.

Pero, detrás de toda obra literaria aparece alguno de los siete demonios, diablos, diablitos y diablejos, y, mucho más omnipresente, el Diablo Cojuelo, levantando tejados, abriendo recámaras, revelándole al escritor verdades ocultas, engaños, y miserias de los humanos. Empezando por el escritor mismo, que si tuviera vocación de santo, buscaría otro oficio.

 





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De proverbios y citas
De proverbios y citas

Un proverbio de Louisiana en lengua creole dice: “El agua dormida mata gente” (Dileau dourmi touyé dimounde), versión concisa de nuestro: “Del agua mansa me libre Dios, que de la brava me libraré yo”. En ambos casos, aluden al peligro que ocultan las aguas calmas de los ríos ya que suelen encubrir en sus fondos hoyas y remolinos. Ya en otra lectura, ambos refranes advierten sobre las personas calmas que, a menudo, enmascaran, como el río, aparentemente tranquilo, carácteres sumamente irascibles y violentos.

Paul Groussac, en un trabajo sobre refranes castellanos nos anoticia que nuestro idioma es el más prolífico y variado en proverbios y adagios y ese espíritu, de antigua solera, se remonta a la recopilación del marqués de Santillana, Refranes que dizen las viejas tras el fuego, publicada en 1508 ─leí una antología en mis años de secundaria, fue el germen de mi pasión por los refraneros─. Esta afinidad de nuestro idioma con los proverbios se entrevé en textos fundantes de nuestra literatura que son, a la vez, antologías de refranes; en una breve reseña: La Celestina, el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Don Quijote de la Mancha, El Criticón y, ya más cercano a nuestro tiempo, la obra de Perez Galdós. Una herencia que nos dejaron los españoles ha sido la afinidad, el cultivo y la pasión por crear nuevos refranes, que nos hermana, en las tres Américas hispanohablantes, de Argentina a México, y esta pasión nos fue legada junto con el idioma, como reflexionó Pablo Neruda: “Qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”; yo agregaría: “y los proverbios”.

Casi siempre un refrán es el resumen de una historia, o una historia condensada en una sentencia ─como la moraleja de una fábula─ de allí su difusión en todas las culturas; y a veces ni siquiera es necesario el refrán completo, basta con una alusión al mismo. Hace años, a raíz de alguna barbaridad de las que acostumbraba a decir el presidente Sarkozy, uno de sus adláteres, intentando mejorar lo que había dicho ─por estos andurriales se acostumbra a decir: “lo citaron fuera de contexto”, o “me citaron fuera de contexto”─ lo terminó de enterrar. Un periódico satírico aclaró que esta ayuda había sido para Sarkozy “el adoquín del oso” (le pavé de l’ours). Luego de varias vueltas caí en la cuenta que hacía alusión a la moraleja de una fábula de Lafontaine: un oso solitario y tonto empieza a seguir a un viejo jardinero, igualmente solitario, y se dedica a espantarle moscas y mosquitos, una tarde que el jardinero dormía la siesta recostado a la sombra de un árbol, un mosquito se posa en su nariz, el oso no puede espantarlo y, desesperado, agarra un adoquín (pavé) y lo estrella contra la nariz, mata al mosquito y al jardinero; la moraleja: “nada es más peligroso que un amigo ignorante, más valdría un enemigo sabio”.

A propósito de adoquines y proverbios, muchos son comunes a varios idiomas así “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” tiene sus equivalentes en inglés y francés, otro tanto pasa con “aves de la misma pluma vuelan juntas”. Muchas veces, un proverbio cambia de sentido al ser reinterpretado o recontado, así el agresivo “ave de paso cañazo”, que alude al forastero al que se puede estafar impunemente, cambió por nuestro amigable “de paso, cañazo”, que alude al hecho de que, cuando se realiza un trabajo o conciliación, se aprovecha para arreglar otros desperfectos o falencias.

Muchas veces los proverbios y las citas se hermanan o amanceban ─¿qué otra relación que no sea “ilegítima” o “clandestina” pueden tener entre ellos?─. Por eso, aparte de proverbios colecciono citas; en el caso de películas, muchas de ellas se pueden resumir en una sucesión de breves citas, así pasa en Casablanca, de la que atesoro dos. La primera, cuando el comisario Louie le pregunta a Rick por qué había ido a Casablanca y la respuesta: “Por el amor de dios, ¿qué lo trajo a Casablanca? / mi salud, vine por las aguas (termales) / ¿aguas, qué aguas?, estamos en el desierto / me informaron mal”. La otra, la del final cuando Rick se aleja con el comisario: “Louie creo que es el comienzo de una bella amistad” (Louie, I think this is the beginning of a beautiful friendship). De manera análoga, en El Padrino hay una que se repite un par de veces en boca de Don Corleone: “Le voy a hacer una propuesta que no podrá rehusar” (I'm gonna make him an offer he can't refuse) y que vibra en la misma frecuencia de un proverbio que singla los mares literarios de Refranes que dizen las viejas tras el fuego, Guzmán de Alfarache y Don Quijote de la Mancha: “Dádivas quebrantan peñas”.

Luego de la lectura que hicimos en la secundaria de la antología del marqués de Santillana, empecé un juego ─mejor, ejercicio literario─ cuya práctica mantengo hasta hoy, y es cambiar o cruzar los sentidos de un refrán, la primera experiencia fue con: “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía” y “en casas de herrero, cuchillo de palo”, de donde surgió “en casa de herrero, hasta el santo desconfía”; años después, hojeando libros en la mítica librería The Strand en Nueva York, vi un cartel con una reflexión de Mark Twain donde me había ganado de mano: “El camino del infierno está empedrado de proverbios” (The Road to Hell is Paved with Proverbs). Pero, siglos antes, Mateo Alemán nos ganó de mano a los dos en su Guzmán de Alfarache.

Un viejo proverbio español dice, refiriendo a los suertudos: “Cuando Dios nos quiere bien, la perra nos pare lechones”, entendiendo que el colmo de la buena suerte de un campesino español es tener muchos cerdos. Dice Guzmán de Alfarache: “A nosotros los pobretos, la cerda nos pare gozques”; o, como diría Gracián en Agudeza y arte de ingenio: “Inútilmente dan gritos, sujetos mal escuchados, que el que ha de ser desdichado, entre los remedios muere”.

 





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Otras fotos
Otras fotos

Aunque, pensando bien, otro título podría ser: “Fotos eran las de antes”. Hubo una época en que el fotógrafo no podía ver sus tomas hasta después del revelado; en el caso de profesionales y aficionados conocedores del proceso, esto se podía hacer en el propio laboratorio ─alguna vez instalamos uno en el baño de casa─; requería, aparte de los elementos químicos y el cuarto oscuro, siempre con la imprescindible luz roja, dos pasos. El primero, para obtener el negativo del rollo fotográfico y; el segundo, para hacer el positivado o copia al papel fotográfico. Así, lo que se había hecho con luz, previo paso por la oscuridad, daba, por fin, la posibilidad de ver el trabajo realizado y si había sido exitoso. Ya hacia mediados del siglo pasado, se popularizó la foto en color cuyo revelado es más complejo y solamente se puede realizar en laboratorios especializados. En la ya tricentenaria historia de la fotografía, la mayor parte de su vida ha sido escrita bajo el imperio del blanco y negro, hoy prácticamente en desuso.

Dije “historia escrita” porque, fotografía significa, etimológicamente, eso: escribir con luz (del griego photós = luz y graphikós = escritura o dibujo). Hay una milenaria relación que hermana a la pintura y las letras y cuya divisa sigue siendo “así como la pintura es la poesía” (Ut pictura poesis) del poeta Horacio (siglo I a.C.); conclusión que nos remite a cuatro siglos antes con la reflexión de Simónides de Ceos: “la poesía es una pintura que habla y la pintura una poesía silenciosa”; y a una mucho más reciente ─pero no por eso antigua a valores actuales─ del director de la Bauhaus, László Moholy Nagy, y que sigue teniendo vigencia: “los analfabetos del futuro serán iletrados con la pluma y la cámara”.

La aparición de las cámaras digitales, y luego la proliferación de dispositivos anexados a celulares, permiten ver inmediatamente la toma y, en muchos casos, retocar la imagen. Estos nuevos artilugios han solucionado problemas que antes requerían largas perífrasis, como cuando uno iba a la ferretería y preguntaba “quiero el cosito que va en la cosa de la canilla de la mesada”; ahora basta una foto con el teléfono y enviar un WhatsApp al ferretero. Pero, además, ha significado el primer paso para hablar de otra etapa de la fotografía, me atrevo a decir que es el fin de su edad de oro. Y esto empieza en el acto mismo de la toma, antes era el fotógrafo quien “hacía” la foto y para ello debía tener en cuenta factores como sensibilidad de la película, lente, luz y velocidad. Con las cámaras digitales en modo automático y celulares basta enfocar y apretar un botón para “sacar” una foto o filmar una escena; y la proliferación de redes sociales logra su casi inmediata difusión. A modo de ejemplo, las insuperables fotos en blanco y negro que Robert Capa sacó durante el desembarco en Normandía, el 6 de junio de 1944, solamente estuvieron a disposición del público en la edición de la revista Life el 19 de ese mes, trece días después, un período de tiempo no concebible en la actualidad; la misma diferencia que media entre una carta escrita a mano y enviada por correo y la de un WhatsApp o mensaje de texto.

A finales los ’20 del siglo pasado, se popularizó entre los reporteros gráficos el uso de cámaras formato 35 milímetros; un cambio revolucionario en los casi ochenta años de existencia de la fotografía. Las cámaras de 35 milímetros son más livianas y pequeñas ─ocupan poco espacio en cualquier bolso de mano y entran en un bolsillo amplio─ y permitieron a los cronistas documentar aspectos poco difundidos de la vida cotidiana tanto en la ciudad como en el campo; fue el comienzo de una exploración atrevida de contrastes inquietos en lugares antes recónditos para el ciudadano común. En París, a principios de los años ‘30, cuatro fotógrafos: David Seymour, André Kertész, Robert Capa y Henry Cartier-Bresson ─un polaco dos húngaros y un francés─, sentaron las bases de lo que sería la edad de oro de la fotografía y cuya síntesis fue la creación de la agencia fotográfica Magnum Press en 1947. La Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial permitieron que las revistas ilustradas llegaran a su apogeo, que empezó a decaer, a finales de los ’60, por la arremetida de la televisión primero y la aparición de las cámaras digitales de fácil manejo después.

Durante esos años de oro, se dio una suerte de simbiosis de mercado, habilidad artesanal, tecnología y espíritu aventurero. Así los fotógrafos narraron en imágenes el día a día del hombre común, donde encontraron historias y arquetipos singulares, porque diseñaron un espacio multifacético para sus relatos, como antes lo habían hecho escritores en novelas memorables: Los misterios de París, Vida en el Mississippi, la ciudad de Londres en David Copperfield, San Petersburgo y Moscú en Ana Karenina o Estocolmo en Solo.

Pero, junto con el comienzo de su decadencia, este período dorado dejó su huella en una serie de películas notables sobre la profesión ─y que vale la pena ver, o volver a ver─ donde los fotógrafos son protagonistas; una lista breve e incompleta nos da: Z (1969), Bajo fuego (1979) y La ciudad de Dios (2002) ─en las tres además de hacer fotos, los cronistas asumen un claro compromiso político─; La ventana indiscreta (1954), Los puentes de Madison (1995), Blow Up (1966) y Smoke (1995). Las dos últimas, adaptaciones de cuentos interesantes: “Las babas del diablo”, de Julio Cortázar; y “El cuento de navidad de Auggie” (“Auggie Wren’s Christmas Story”) de Paul Auster, con el insuperable y querible trabajo de Harvey Keitel en el rol del fotógrafo mentiroso.

En el siglo XIX se popularizaron las fotos de muertos en un entorno familiar, “recuerda que morirás” (memento mori), en esas imágenes, que requerían largos minutos de exposición y quietud, es fácil identificar al difunto ─o difunta─, por lo general suele tener los ojos cerrados y, lo más importante, es el único que está bien en foco, en virtud de su inmovilidad; en los años ’40 el famoso fotógrafo neoyorkino de policiales Wee Gee sintetizó muy bien esta estética: “Los asesinatos eran los más fáciles de fotografiar porque los sujetos nunca se movían ni se ponían nerviosos” (Murders where the easiest to photograph because the subjects never moved or became temperamental). De manera semejante, las fotos de diarios y revistas de aquella edad dorada y que ahora disfrutamos en libros, en copias enmarcadas, o en las cámaras frigoríficas de los museos transformados en morgues, alguna vez tuvieron vida y fueron comentadas, exhibidas en carteles, en quioscos de diarios y revistas, recortadas y pegadas en cuadernos. Pero, de manera ineluctable, muchas acabaron como basura, o envoltorios de almaceneros, carniceros, verduleros y vendedores de pescado.

Solo queda pensar en la ilustración de los analfabetos contemporáneos que se perciben iletrados con la gramática de WhatsApp como con la cámara de los celulares. Con la paciencia de un cazador en safari fotográfico habrá que esperar cuentos y películas que narren su actividad.

 





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Diccionarios, lápiz, pluma fuente
Diccionarios, lápiz, pluma fuente

Cuesta acomodar la vida, bibliotecas y escritorio, luego de once meses dedicados a escribir una novela. Entre borradores, y manuscritos con lápiz, tintas de distintos colores e impresiones de las primeras versiones, acumulé poco más de un metro de estantes, ahora desocupados, y, de paso, reordené tres anaqueles de diccionarios ─desorganizados mucho antes de empezar a escribir la novela─; este último acomodamiento me llevó a los años en que frecuentaba Nueva York en periódicos viajes anuales; concretamente a una esquina.

La cuadra tiene forma de trapecio, en la base mayor y menor las W 67th St. y la W 66th respectivamente, en el lado de la altura la Columbus Ave. y en la hipotenusa, Broadway. Sobre la esquina de Broadway y la 66 estuvo la mítica librería Barnes and Noble ─no recuerdo sí tenía tres o cinco pisos─, luego otra mítica tienda, esta vez de ropa, Century 21 ─tampoco recuerdo sí tenía tres o cinco pisos─; la esquina supo albergar lugares maravillosos. En Century 21 aprovechamos ofertas como sólo se dan en Nueva York, no como los “ersatz blac freidis” de estos andurriales donde, con el camelo de la liquidación, suben los precios el treinta por ciento.

En Barnes and Noble encontré insólitos diccionarios, algunos de ellos agotados y, hasta hoy, inconseguibles en la Internet; los tengo variopintos, desde The Play Boy Dictionary of Forbidden Words, pasando por el Dictionary of Literary Terms de Cuddon, Dictionary of Trade Name Origins, Dictionary of Military Abbreviations and Acronyms, y el insuperable Greek English Lexicon de Liddell & Scott, todos, como viejos guerreros; llenos de cicatrices por el combativo uso. El acceso a los estantes de esa feérica librería era el mismo que de las grandes bibliotecas universitarias de Estados Unidos, donde uno puede sacar lo que quiera de las estanterías, con la condición de no volverlo a colocar en su lugar, sino en mesas colocadas a ese fin, de reacomodarlos en su exacta posición se encargan empleados especializados. Con una pila de libros y sentado en el piso, tomé apuntes, con plumas fuentes y libretas compradas en la papelería de planta baja, que luego desarrollé en mi novela sobre Jorge Newbery. Demasiado duelo para esas dos esquinas.

Con la escritura pasa algo muy especial, cada avance técnico incluye una falla específica; a riesgo de hacer comparaciones tremendistas, se puede decir que las tabletas de arcilla y la piedra Rosetta, son más perdurables que un papiro, un pergamino o un libro en papel. Continuando con comparaciones extremas, el teclado y la pantalla son insuperables a la hora de corregir lo escrito o modificar un texto, o transcribir algo ya hecho a un nuevo trabajo, también es cierto que con el correr de los dedos a veces lo corregido desaparece y se repite aquello de que las palabras vuelan y lo escrito permanece (verba volant scripta manent), pero ahora es lo escrito en la pantalla lo que se disipa; solo permanece lo escrito, o impreso, en papel, con lápiz o tinta. Con algunos diccionarios en la web pasa algo semejante, son insuperables a la hora de la búsqueda y por los vínculos, pero ¡ay!, a veces pecan por lo poco precisos o incompletos.

El lápiz se puede borrar y eso lo hace insuperable a la hora de subrayar libros o corregir manuscritos. Ya la tinta permite fijarlo, con una ventaja adicional: el tiempo que demora en secarse deja fluir la razón y el pensamiento a la espera de la frase que viene; y este proceso, cuando se avanza en la escritura de una novela, se repite día a día; uno se acuesta pensando en lo que ha escrito y cómo ha de continuar mañana; lo importante es que no se pierda lo hecho. Por eso mantengo ciertas precauciones, en todo lo que hace a soporte digital: tengo copia en papel de los avances diarios de lo escrito, también números de teléfono, porque nunca se sabe; y ese es el punto: nunca se sabe; “por lo que putas pudiere” decíamos cuando era chico; en las clases de latín la versión salió con la (des)prolijidad que hoy tendría el traductor de Google, “por lo que putas contingere”, pero la idea es la misma.

Tratándose de diccionarios hay dos que llevaría en caso de alguna tragedia. El primero que, junto con lápices y lapiceras, ocupa un lugar al lado del teclado es el modesto e infalible Diccionario de sinónimos y antónimos Larousse ─hablando en términos de impresión de antaño (du temps jadis) en tamaño cuarto menor─, hallazgo en la feria de libros usados de Plaza Italia y el otro El diccionario de usos del español (DUE) de María Moliner, bitácora y diario de marear desde hace ocho lustros.

María Moliner (1900-1981), fue bibliotecaria y archivista de carrera, que tuvo la mala suerte de estar en el lado errado durante la Guerra Civil Española, que la sorprendió cuando era directora de la Biblioteca Universitaria de Valencia y, como tal, dirigió actividades profesionales para el gobierno de la República; en 1940 fue degrada y enviada a Madrid, en un oscuro cargo en la Biblioteca de Ingenieros Industriales, es allí donde pensó en escribir un ensayo o manual de su profesión, pero optó por un diccionario, decisión que la amparaba de la censura franquista, y a los cincuenta años, previo análisis del diccionario de la Real Academia Española, puso manos a la obra. Empezó con fichas escritas con lápiz, que luego pasaba en tinta y, más tarde, a máquina, para archivarlas en cajas de zapatos. Todos los días se levantaba a las seis, trabajaba un par de horas, luego iba a la penosa Biblioteca de Ingenieros Industriales, de regreso a su casa corregía lo hecho en la mañana, sin descuidar sus trabajos de “ama de casa”. Las fichas se multiplicaron como en el milagro de panes y peces. Las cajas ocuparon cajones de una cómoda, espacios en armarios y roperos. Un oportuno contrato con Gredos le permitió contar con la ayuda de una asistente y en 1966 aparece el primer tomo, al año siguiente el segundo. El conjunto de la obra suma poco más de tres mil páginas ─hablando en términos de impresión de antaño (du temps jadis) en tamaño cuarto.

En momentos de tedium vitae de la pandemia, hojeo al azar los dos tomos del DUE, es como si pudiera conversar con su autora a la que no conocí, porque no dejo de sorprenderme, por el trato que recibe cada palabra, como un ser vivo, casi un estudio anatómico donde, además, explica el correcto uso del término en distintos contextos, sinónimos y expresiones asociadas.

Hazaña llevada a cabo por una mujer, con un prontuario problemático para la dictadura franquista, que empezó sola, cumplido medio siglo de vida y registrado con simples soportes técnicos: diccionarios, papel, lápiz y pluma fuente.

 





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La irrealidad condición del arte
La irrealidad condición del arte

En “Milagro secreto” leemos la reflexión sobre un drama en verso que escribe el protagonista: “Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte”. El pensamiento es válido para interpretar la obra de Alfred Hitchcock, en particular, Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), película cada día más contemporánea y que marcó, de allí en más, una estética.

Por un equívoco, Roger Thornhill (Cary Grant) se ve envuelto en una intriga internacional de espionaje, donde destellan el villano Phillip Vandamm (James Mason) y su banda, los servicios de inteligencia, y la rubia Eve Kendall (Eva Marie Saint), que es manipulada por los servicios de inteligencia. Roger, acosado por los malos y siempre esquivando la muerte, logra escapar de sucesivas emboscadas y atentados para, final feliz, quedarse con la rubia. La trama se arma en una cruza de thriller y comedia, concretamente, la llamada “comedia loca” (screwball comedy); el primero está dado por la presencia de un miedo sutil y constante, y el segundo, por el absurdo.

Cuentan que a los seis años, el papá de Afred Hitchcock lo envió a la comisaría del barrio con una carta para el jefe, en ella le pedía que encerrara a su hijo cinco minutos en una celda para que sintiera lo que le pasaba a los malos. La experiencia lo marcó en su manera de plasmar el terror que, con él, deja de ser el modelo gótico, de cuartos tétricos y callejones lúgubres, para instalarse en la vida cotidiana y a la luz del sol. En Con la muerte en los talones, los dos picos de miedo se dan cuando Roger es perseguido por un avión en un descampado a mediodía y en la fuga final, una noche de luna llena, en el Monte Rushmore.

La comedia loca se instala en lo irracional de la trama, casi un vacío, una historia que no existe, un thriller sostenido por escenas de violencia realizadas con elementos donde se evidencia que son de utilería, o protagonizadas por actores ostensiblemente ineptos. Así, un funcionario de la ONU es apuñalado por la espalda por un asesino que no sabe empuñar el cuchillo y lo arroja, oculto por unos cortinados, como si fuera un pitcher de béisbol que lanza la pelota. Dentro de este recurso, las escenas más desopilantes son la serie de disparos con balas de fogueo, que se suceden a partir del momento que Eve simula matar a Roger; la misma pistola es usada en dos oportunidades más por los villanos y con fines igualmente fallidos; pero, en una de las escenas finales, cuando el sicópata Leonard (Martin Landau), lugarteniente de Phillip Vandamm, está a punto de despeñar a Roger y a Eve, recibe, de un policía, dos disparos por la espalda. Roger, con cara de Cary Grant comediante, dice: “al fin balas de verdad”, a lo que Leonard, con cara de Martin Landau, replica “esto es poco deportivo”, para luego caer al vacío.

Con la muerte en los talones sigue siendo una película contemporánea por el discurso narrativo, el tratamiento de personajes y el uso de la cámara. Cary Grant ha sido el actor más elegante de la historia del cine, lleva traje y corbata como una segunda piel, solamente igualado por Steve McQueen en The Thomas Crown Affair y Daniel Craig como James Bond. No hay que olvidar la huella del dry martini que Roger Thornhill bebe profusamente, que será el cóctel favorito del double o seven ─y su marca de fábrica hasta el punto de crear una variante del mismo, el Vesper Martini─. Las similitudes y actualidad continúan: Phillip Vandamm, mezcla de malvado con humorista, contiene a todos los villanos de las películas que sobrevendrán, entre otros el de la primera de la serie de James Bond El satánico doctor No (1962, dos años después de Con la muerte en los talones). También en el uso de escenarios naturales famosos ─Monte Rushmore─, de allí en más, estas tomas como parte de la trama serán un recurso común a cualquier género cinematográfico. Escribo estas líneas y me acuden Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia con las escenas en la cruz del Valle de los Caídos y nuestra Pizza birra y faso en el Obelisco de avenida Nueve de Julio.

La genialidad de Hitchcock está en que él fue el primero en copiarse porque en Sabotaje (1942) la escena final ocurre en la Estatua de la Libertad. También con el personaje de la mujer manipulada por los servicios de inteligencia y llevada a prostituirse por “el bien de la patria”; en Notorious (1946) Alicia Huberman (Ingrid Bergman) es la heroína víctima, antecesora de Eve Kendall, también rescatada por Cary Grant ─ahora, T. R. Devlin─. Las escenas de protagonistas vistos de frente conduciendo automóviles descapotables mientras a sus espaldas desfila el paisaje comienzan en Rebeca una mujer inolvidable (1940) y se suceden en Notorious, Con la muerte en los talones, Vértigo (1958) y, en clave de parodia, en Para atrapar al ladrón (1955). Y digo en clave de parodia porque en Notorious, Alicia Huberman conduce ebria a toda velocidad sin que a T.R.Devlin se le mueva un pelo ni se le desacomode la corbata; ya en Para atrapar a ladrón, Frances Stevens (Grace Kelly) conduce un convertible a toda velocidad por senderos de montaña, escapando de un auto de policía y esquivando vehículos, pero a su lado John Robie, con su mejor cara de Cary Grant comediante, transpira frío, se acomoda nervioso el cabello y se seca las manos en las perneras del pantalón.

En Un día de furia de Joel Schumacher (1993), William Foster (Michael Douglas), es un divorciado que acaba de ser despedido de su empleo, causas de su frustración y rabia que lo precipitan a su muerte. Hacia el final de la película, escapando de la policía y una banda de pandilleros, William Foster se refugia en la tienda de rezagos de guerra de un supremacista blanco, éste cree que el perseguido, es racista como él, pero William Foster le dice que es víctima de malos entendidos y le recrimina su odio a judíos y negros; el supremacista saca una pistola y unas esposas para aprisionarlo y entregarlo a la policía. Pelean y William Foster le da una puñalada mortal con la navaja que le ha quitado a un pandillero. Sentado en el piso, la espalda apoyada en la pared, el agonizante supremacista se arranca la navaja, la mira y dice: “Esta no es de las que yo vendo”. Treinta y tres años después, remake de Con la muerte en los talones; en diálogo con Leonard, con cara de Martin Landau, cuando replica “esto es poco deportivo”.

 





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