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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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Diccionarios, lápiz, pluma fuente
Diccionarios, lápiz, pluma fuente

Cuesta acomodar la vida, bibliotecas y escritorio, luego de once meses dedicados a escribir una novela. Entre borradores, y manuscritos con lápiz, tintas de distintos colores e impresiones de las primeras versiones, acumulé poco más de un metro de estantes, ahora desocupados, y, de paso, reordené tres anaqueles de diccionarios ─desorganizados mucho antes de empezar a escribir la novela─; este último acomodamiento me llevó a los años en que frecuentaba Nueva York en periódicos viajes anuales; concretamente a una esquina.

La cuadra tiene forma de trapecio, en la base mayor y menor las W 67th St. y la W 66th respectivamente, en el lado de la altura la Columbus Ave. y en la hipotenusa, Broadway. Sobre la esquina de Broadway y la 66 estuvo la mítica librería Barnes and Noble ─no recuerdo sí tenía tres o cinco pisos─, luego otra mítica tienda, esta vez de ropa, Century 21 ─tampoco recuerdo sí tenía tres o cinco pisos─; la esquina supo albergar lugares maravillosos. En Century 21 aprovechamos ofertas como sólo se dan en Nueva York, no como los “ersatz blac freidis” de estos andurriales donde, con el camelo de la liquidación, suben los precios el treinta por ciento.

En Barnes and Noble encontré insólitos diccionarios, algunos de ellos agotados y, hasta hoy, inconseguibles en la Internet; los tengo variopintos, desde The Play Boy Dictionary of Forbidden Words, pasando por el Dictionary of Literary Terms de Cuddon, Dictionary of Trade Name Origins, Dictionary of Military Abbreviations and Acronyms, y el insuperable Greek English Lexicon de Liddell & Scott, todos, como viejos guerreros; llenos de cicatrices por el combativo uso. El acceso a los estantes de esa feérica librería era el mismo que de las grandes bibliotecas universitarias de Estados Unidos, donde uno puede sacar lo que quiera de las estanterías, con la condición de no volverlo a colocar en su lugar, sino en mesas colocadas a ese fin, de reacomodarlos en su exacta posición se encargan empleados especializados. Con una pila de libros y sentado en el piso, tomé apuntes, con plumas fuentes y libretas compradas en la papelería de planta baja, que luego desarrollé en mi novela sobre Jorge Newbery. Demasiado duelo para esas dos esquinas.

Con la escritura pasa algo muy especial, cada avance técnico incluye una falla específica; a riesgo de hacer comparaciones tremendistas, se puede decir que las tabletas de arcilla y la piedra Rosetta, son más perdurables que un papiro, un pergamino o un libro en papel. Continuando con comparaciones extremas, el teclado y la pantalla son insuperables a la hora de corregir lo escrito o modificar un texto, o transcribir algo ya hecho a un nuevo trabajo, también es cierto que con el correr de los dedos a veces lo corregido desaparece y se repite aquello de que las palabras vuelan y lo escrito permanece (verba volant scripta manent), pero ahora es lo escrito en la pantalla lo que se disipa; solo permanece lo escrito, o impreso, en papel, con lápiz o tinta. Con algunos diccionarios en la web pasa algo semejante, son insuperables a la hora de la búsqueda y por los vínculos, pero ¡ay!, a veces pecan por lo poco precisos o incompletos.

El lápiz se puede borrar y eso lo hace insuperable a la hora de subrayar libros o corregir manuscritos. Ya la tinta permite fijarlo, con una ventaja adicional: el tiempo que demora en secarse deja fluir la razón y el pensamiento a la espera de la frase que viene; y este proceso, cuando se avanza en la escritura de una novela, se repite día a día; uno se acuesta pensando en lo que ha escrito y cómo ha de continuar mañana; lo importante es que no se pierda lo hecho. Por eso mantengo ciertas precauciones, en todo lo que hace a soporte digital: tengo copia en papel de los avances diarios de lo escrito, también números de teléfono, porque nunca se sabe; y ese es el punto: nunca se sabe; “por lo que putas pudiere” decíamos cuando era chico; en las clases de latín la versión salió con la (des)prolijidad que hoy tendría el traductor de Google, “por lo que putas contingere”, pero la idea es la misma.

Tratándose de diccionarios hay dos que llevaría en caso de alguna tragedia. El primero que, junto con lápices y lapiceras, ocupa un lugar al lado del teclado es el modesto e infalible Diccionario de sinónimos y antónimos Larousse ─hablando en términos de impresión de antaño (du temps jadis) en tamaño cuarto menor─, hallazgo en la feria de libros usados de Plaza Italia y el otro El diccionario de usos del español (DUE) de María Moliner, bitácora y diario de marear desde hace ocho lustros.

María Moliner (1900-1981), fue bibliotecaria y archivista de carrera, que tuvo la mala suerte de estar en el lado errado durante la Guerra Civil Española, que la sorprendió cuando era directora de la Biblioteca Universitaria de Valencia y, como tal, dirigió actividades profesionales para el gobierno de la República; en 1940 fue degrada y enviada a Madrid, en un oscuro cargo en la Biblioteca de Ingenieros Industriales, es allí donde pensó en escribir un ensayo o manual de su profesión, pero optó por un diccionario, decisión que la amparaba de la censura franquista, y a los cincuenta años, previo análisis del diccionario de la Real Academia Española, puso manos a la obra. Empezó con fichas escritas con lápiz, que luego pasaba en tinta y, más tarde, a máquina, para archivarlas en cajas de zapatos. Todos los días se levantaba a las seis, trabajaba un par de horas, luego iba a la penosa Biblioteca de Ingenieros Industriales, de regreso a su casa corregía lo hecho en la mañana, sin descuidar sus trabajos de “ama de casa”. Las fichas se multiplicaron como en el milagro de panes y peces. Las cajas ocuparon cajones de una cómoda, espacios en armarios y roperos. Un oportuno contrato con Gredos le permitió contar con la ayuda de una asistente y en 1966 aparece el primer tomo, al año siguiente el segundo. El conjunto de la obra suma poco más de tres mil páginas ─hablando en términos de impresión de antaño (du temps jadis) en tamaño cuarto.

En momentos de tedium vitae de la pandemia, hojeo al azar los dos tomos del DUE, es como si pudiera conversar con su autora a la que no conocí, porque no dejo de sorprenderme, por el trato que recibe cada palabra, como un ser vivo, casi un estudio anatómico donde, además, explica el correcto uso del término en distintos contextos, sinónimos y expresiones asociadas.

Hazaña llevada a cabo por una mujer, con un prontuario problemático para la dictadura franquista, que empezó sola, cumplido medio siglo de vida y registrado con simples soportes técnicos: diccionarios, papel, lápiz y pluma fuente.

 





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La irrealidad condición del arte
La irrealidad condición del arte

En “Milagro secreto” leemos la reflexión sobre un drama en verso que escribe el protagonista: “Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte”. El pensamiento es válido para interpretar la obra de Alfred Hitchcock, en particular, Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), película cada día más contemporánea y que marcó, de allí en más, una estética.

Por un equívoco, Roger Thornhill (Cary Grant) se ve envuelto en una intriga internacional de espionaje, donde destellan el villano Phillip Vandamm (James Mason) y su banda, los servicios de inteligencia, y la rubia Eve Kendall (Eva Marie Saint), que es manipulada por los servicios de inteligencia. Roger, acosado por los malos y siempre esquivando la muerte, logra escapar de sucesivas emboscadas y atentados para, final feliz, quedarse con la rubia. La trama se arma en una cruza de thriller y comedia, concretamente, la llamada “comedia loca” (screwball comedy); el primero está dado por la presencia de un miedo sutil y constante, y el segundo, por el absurdo.

Cuentan que a los seis años, el papá de Afred Hitchcock lo envió a la comisaría del barrio con una carta para el jefe, en ella le pedía que encerrara a su hijo cinco minutos en una celda para que sintiera lo que le pasaba a los malos. La experiencia lo marcó en su manera de plasmar el terror que, con él, deja de ser el modelo gótico, de cuartos tétricos y callejones lúgubres, para instalarse en la vida cotidiana y a la luz del sol. En Con la muerte en los talones, los dos picos de miedo se dan cuando Roger es perseguido por un avión en un descampado a mediodía y en la fuga final, una noche de luna llena, en el Monte Rushmore.

La comedia loca se instala en lo irracional de la trama, casi un vacío, una historia que no existe, un thriller sostenido por escenas de violencia realizadas con elementos donde se evidencia que son de utilería, o protagonizadas por actores ostensiblemente ineptos. Así, un funcionario de la ONU es apuñalado por la espalda por un asesino que no sabe empuñar el cuchillo y lo arroja, oculto por unos cortinados, como si fuera un pitcher de béisbol que lanza la pelota. Dentro de este recurso, las escenas más desopilantes son la serie de disparos con balas de fogueo, que se suceden a partir del momento que Eve simula matar a Roger; la misma pistola es usada en dos oportunidades más por los villanos y con fines igualmente fallidos; pero, en una de las escenas finales, cuando el sicópata Leonard (Martin Landau), lugarteniente de Phillip Vandamm, está a punto de despeñar a Roger y a Eve, recibe, de un policía, dos disparos por la espalda. Roger, con cara de Cary Grant comediante, dice: “al fin balas de verdad”, a lo que Leonard, con cara de Martin Landau, replica “esto es poco deportivo”, para luego caer al vacío.

Con la muerte en los talones sigue siendo una película contemporánea por el discurso narrativo, el tratamiento de personajes y el uso de la cámara. Cary Grant ha sido el actor más elegante de la historia del cine, lleva traje y corbata como una segunda piel, solamente igualado por Steve McQueen en The Thomas Crown Affair y Daniel Craig como James Bond. No hay que olvidar la huella del dry martini que Roger Thornhill bebe profusamente, que será el cóctel favorito del double o seven ─y su marca de fábrica hasta el punto de crear una variante del mismo, el Vesper Martini─. Las similitudes y actualidad continúan: Phillip Vandamm, mezcla de malvado con humorista, contiene a todos los villanos de las películas que sobrevendrán, entre otros el de la primera de la serie de James Bond El satánico doctor No (1962, dos años después de Con la muerte en los talones). También en el uso de escenarios naturales famosos ─Monte Rushmore─, de allí en más, estas tomas como parte de la trama serán un recurso común a cualquier género cinematográfico. Escribo estas líneas y me acuden Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia con las escenas en la cruz del Valle de los Caídos y nuestra Pizza birra y faso en el Obelisco de avenida Nueve de Julio.

La genialidad de Hitchcock está en que él fue el primero en copiarse porque en Sabotaje (1942) la escena final ocurre en la Estatua de la Libertad. También con el personaje de la mujer manipulada por los servicios de inteligencia y llevada a prostituirse por “el bien de la patria”; en Notorious (1946) Alicia Huberman (Ingrid Bergman) es la heroína víctima, antecesora de Eve Kendall, también rescatada por Cary Grant ─ahora, T. R. Devlin─. Las escenas de protagonistas vistos de frente conduciendo automóviles descapotables mientras a sus espaldas desfila el paisaje comienzan en Rebeca una mujer inolvidable (1940) y se suceden en Notorious, Con la muerte en los talones, Vértigo (1958) y, en clave de parodia, en Para atrapar al ladrón (1955). Y digo en clave de parodia porque en Notorious, Alicia Huberman conduce ebria a toda velocidad sin que a T.R.Devlin se le mueva un pelo ni se le desacomode la corbata; ya en Para atrapar a ladrón, Frances Stevens (Grace Kelly) conduce un convertible a toda velocidad por senderos de montaña, escapando de un auto de policía y esquivando vehículos, pero a su lado John Robie, con su mejor cara de Cary Grant comediante, transpira frío, se acomoda nervioso el cabello y se seca las manos en las perneras del pantalón.

En Un día de furia de Joel Schumacher (1993), William Foster (Michael Douglas), es un divorciado que acaba de ser despedido de su empleo, causas de su frustración y rabia que lo precipitan a su muerte. Hacia el final de la película, escapando de la policía y una banda de pandilleros, William Foster se refugia en la tienda de rezagos de guerra de un supremacista blanco, éste cree que el perseguido, es racista como él, pero William Foster le dice que es víctima de malos entendidos y le recrimina su odio a judíos y negros; el supremacista saca una pistola y unas esposas para aprisionarlo y entregarlo a la policía. Pelean y William Foster le da una puñalada mortal con la navaja que le ha quitado a un pandillero. Sentado en el piso, la espalda apoyada en la pared, el agonizante supremacista se arranca la navaja, la mira y dice: “Esta no es de las que yo vendo”. Treinta y tres años después, remake de Con la muerte en los talones; en diálogo con Leonard, con cara de Martin Landau, cuando replica “esto es poco deportivo”.

 





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Es desati teniendo de vidrio el teja
Es desati teniendo de vidrio el teja

Es desati teniendo de vidrio el teja

 

He visitado Berlín dos veces en el último lustro, y hay un lugar que jamás pensé visitar, la famosa discoteca Berghain; parafraseando a Woody Allen en alguna película, pienso que en esos lugares en cualquier momento puede aparecer un grupo terrorista para tomar rehenes; o darse la remake de una función criolla y reeditar la tragedia de Cromañon. Pero ayer leí en un portal de noticias culturales que la discoteca Berghain, “histórico club de tecno underground” (¿!), ha vuelto a reabrir luego de permanecer clausurada durante meses de pandemia, y ahora tengo una razón para visitarla. Porque la discoteca se ha “reinventado” ─neologismo tan de moda─ como galería cultural y la primera exposición de esta nueva etapa reúne obras de artistas alemanes realizadas durante la cuarentena. La consigna de esa convocatoria aparece en un enorme cartel en la fachada: Morgen ist die Frage (Mañana es la pregunta).

El primer eco de esta consigna me remite a la escena de una película de Bob Fosse, Cabaret, ambientada en los años de la República de Weimar; en algún momento de la película hay una escena tan inocente como siniestra: en un camping, el primer plano de la cara angelical de un adolescente rubio con una camisa caqui que canta una hermosa canción como sólo los alemanes saben hacerlo, de repente la cámara se aleja y se ve al cantor de cuerpo entero: camisa parda de las SA, castrense correaje Sam Browne y brazalete con la esvástica; todos los participantes del pic-nic corean la canción que termina en el estribillo “Der morgige Tag ist mein” (el mañana me pertenece) y, acompañando al intérprete, hacen el saludo nazi.

De la certeza de siniestra utopía del estribillo de Der morgige Tag ist mein, a la realidad distópica, que alude la utopía de un incierto futuro, de la consigna: Morgen ist die Frage. En este momento la utopía sólo parece viable con la tutela de un estado protector y severo, donde lo que no esté prohibido sea obligatorio, y que amenace de manera velada en transformarse en totalitario ─y aunque la amenaza no sea real, en la imaginación de muchos lo es─. La deriva histórica de este proceso es vieja como las epidemias que asolan la humanidad, leo en una nota de Manuel Vicent: “En las pestes medievales los clérigos se servían del pánico de la gente para afianzar su poder al atribuirlas al castigo de Dios. También ahora el poder atribuye el rebrote del virus a nuestro mal comportamiento. Arrepentíos, malditos.”

Pero hoy la diferencia con pandemias anteriores está en que la actual cuenta con la ayuda de las videoconferencias, cada vez con soportes y ajustes más refinados, que permiten a mucha gente realizar el trabajo en casa, salvo las llamadas “actividades esenciales”. Esta nueva perspectiva, permite vislumbrar la distopía de encierros, atenuados con salidas vigiladas por un protector, también la consigna es vieja como el mundo: “Y enseñadles a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos” (Mateo 28:20).

Además, la nueva realidad laboral y social, desarrollada a través de video conferencias, ha transformado la vida cotidiana y el espacio privado en una enorme pecera, y esto evoca a otra distopía literaria, Nosotros de Evgeni Samiatin (1924), una sociedad futura bajo la regencia de una suerte de Gran Hermano, donde la gente vive en casas de cristal y no existe lo privado. En la actualidad, las anécdotas de las gaffes cometidas en videoconferencias son un lugar común y no sorprenden a nadie, todo el mundo es un gaffeur en potencia; es más, a la luz de las nuevas normas de convivencia, está bien visto, ser gaffeur. La vulgaridad y la velada procacidad identifican en las redes: gente bien vestida de la cintura para arriba y por debajo en buzos de gimnasia y chancletas; mostrar un dedo gordo del pie que sale de una media agujereada; “locutores” ─las comillas son intencionales porque; aluden al lenguaje inclusivo─ que confiesan en sus programas matutinos que lo primero que hacen cuando se levantan es ir al baño y, sentados en el inodoro, conectarse con el mundo con sus celulares. Coprología arcaica, los inodoros de los baños públicos romanos estaban adosados a la pared y en piezas cuadradas; y en la novela Sin novedad en el frente, leemos que el mayor momento de distensión de Pablo Bauer y sus camaradas era cuando podían descansar y defecar tranquilos en retaguardia, si el día era asoleado, lo hacían en grupo leyendo, fumando y comentando las cartas con novedades de casa; en tiempos pretéritos se decía “ni cagar tranquilo se puede”, ahora es de gaffeur con muchos likes en las redes cagar intranquilo.

Es sabido que la gente en el trabajo consulta su correspondencia electrónica, o navega por internet, o chatea, o juega al Candy Crush; pero ahora, las viviendas de vidrio revelan nuevas desprolijidades cada vez más procaces. La noticia fue internacional y figuró como una de las más leídas durante dos días en el periódico de izquierda The Guardian: “Argentinian politician quits after kissing partner's breasts in online legislative sesión”, el innombrable diputado, cuyo currículo tenía formato de prontuario ─forjó su carrera política como barrabrava y perdió un ojo por una posta de goma en un enfrentamiento con la policía─ dio un paso más escandaloso que atender la sesión parlamentaria sentado en el inodoro, ahora aprovechó una caída en la conexión de internet, le bajó el vestido a su novia para apreciar lo bien que le habían quedado los senos luego de un implante mamario; volvió la conexión y la intimidad se hizo pública; él fue expulsado de su cargo y ella de su empleo como asesora. “Ahora cada vez que los dos vean las tetas van a llorar”, fue el comentario de una gaffeuse locutora radial. Lo cierto es que la historia merece figurar en una antología de literatura fantástica: gracias a un pacto fáustico, alguien, en este caso una mujer, logra una belleza perfecta, pero, en pago por ese trato con el diablo ─la letra chica del contrato, digamos─, cada vez que se vea en el espejo llorará por su hermosura; para acompañar este relato, su pareja, en este caso un pandillero que, magia de listas sábana, es diputado y tiene su vida asegurada, pierde la sinecura ─¿qué otra cosa puede ser el cargo de Diputado de la Nación para un barrabrava reinventado?─ por hacer en horas de trabajo lo que debería hacer en palabras ─mejor en titulares de diarios─ sartreanas: huis clos. Los griegos llamaron a esta moraleja hybris.

Un mundo en casas de vidrio, donde lo privado pasa a ser público. ¿Quién puede tirar la próxima piedra?, el que esté libre de culpa, ¿alguien lo está? Habrá que ser cuidadoso, porque ya observa el Manco de Lepanto desde sus coplas de cabo roto: “Advierte que es desati- / siendo de vidrio el teja- / tomar piedras en la ma- / para tirarle al veci-.

Si ayer fue Der morgige Tag ist mein, hoy es Morgen ist die Frage; dos expectativas ubicadas en las antípodas, y separadas por la sutil diferencia que hay entre lo eterno y lo sempiterno.

 

 





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De seres imaginarios, y no tanto
 De seres imaginarios, y no tanto

Según el diccionario de la Real Academia, bestiario es: “En la literatura medieval, colección de relatos, descripciones e imágenes de animales reales o fantásticos”, aunque el origen es más antiguo. Los bestiarios proliferaron en la mitología griega y, antes, en Babilonia, de esta última sobreviven los bellos mosaicos de la puerta de Ishtar que se pueden ver en el Pergamonmuseum de Berlín. Los ecos de la puerta de Isthtar reverberan en la Biblia en dos pasajes: el Libro de Daniel y El Apocalipsis; en El Corán, la Sura 17 narra el viaje nocturno de Mahoma, de la Meca a Jerusalén; muchos Hadices ─relatos o interpretaciones, dentro de un marco doctrinal, de la vida del profeta Mahoma, sus actos y reflexiones, compiladas por sus compañeros─ dicen que la cabalgadura del profeta fue Buraq, cuadrúpedo alado ─suerte de Pegaso oriental─ “mayor que un burro, menor que una mula”, y también que el Buraq, podría tener rostro de una bella mujer.

El folklore americano no escapa a la tradición de seres imaginarios, empezando por el popular Lobizón, herencia europea afianzada en todo el continente americano, con variantes que van del séptimo hijo varón que se metamorfosea en noches de luna llena a la de Vudú creole, de los pantanos de Louisiana, ahora llamado Rougaroo, hombre con cabeza de lobo pero full-time. En una rápida lista trunca de seres imaginarios se pueden citar uno de factura del sur de Brasil: el Saci Pererê, y dos de factura nacional: la Mulánima norteña y la andina Chancha con Cadenas. En esta infinita biblioteca de zoología fantástica, mis dos bestiarios favoritos siguen siendo Metamorfosis de Ovidio y El libro de los seres imaginarios, antología de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero.

Más allá de la imaginación, un viaje a través de una lupa y paciencia por el universo de los insectos revela un bestiario que desborda la imaginación de cualquier mitología o folklore. Varios escritores han sucumbido al socorrido ejemplo de dos literarias especies de trabajadores ejemplares, a lecturas infantiles acudo: hormigas y abejas; de las primeras se encarga Lafontaine con la Fábula de la hormiga y la cigarra, y de las dos el poeta, dramaturgo y ensayista Mauricio Maeterlink con La vida de las abejas y La vida de las Hormigas. Quizás por falta de curiosidad, o ignorancia, tal vez, por pensar que para manifestaciones de crueldad los seres humanos se bastan y sobran, los escritores y artistas no han explorado facetas de truculencia de los insectos; que harían huir apavorados al antropófago Polifemo, la Gorgona de cabellos de serpientes que petrificaba con su mirada a los incautos y a la asesina Esfinge que sucumbió a la sagacidad de Edipo ─glosando al mexica Chapulín Colorado, Edipo puede haber dicho luego de derrotar a la Esfinge “no contaba con mi astucia”─. Además de trabajar, cosechando hojas, pétalos, trozos de frutas o carroña, algunas variedades de hormigas desarrollan características netamente humanas: hacen guerras de exterminio o invaden otros hormigueros para someter a esclavitud a sus congéneres, crueldad y sadismo empequeñecidos frente a otras maneras de procrear y dejar descendencia; que también hacen al aprendizaje y la creatividad de los humanos.

Creo que el primer documental que muestra vida de insectos fue El desierto viviente de Walt Disney, una de las escenas antológicas de la película es el enfrentamiento entre una tarántula y una avispa, la segunda logra paralizarla con su aguijón y se la lleva a su nido, sobre la araña inmóvil, pero viva, la avispa deposita sus huevos, cuyas larvas se alimentarán de la araña. Uno de los orgullos de la terraza de nuestro departamento fue una Santa Rita, las cascadas de flores púrpuras duraron dos veranos, perversas hordas de orugas pusieron fin a mis veleidades de jardinero; un atardecer, con un inútil pulverizador de insecticida en la mano fui testigo de cómo una criolla avispa, cuyo nombre ignoro, clavaba su aguijón en una oruga que se debatía entre sus patas para, luego de paralizada, remontar vuelo con ella y perderse detrás de un tanque de agua; El desierto viviente en un décimo piso del porteño barrio de Palermo.

Esta forma de asegurar el mantenimiento y desarrollo de la prole con comida fresca, pero viva, se llama parasitoidismo y es exclusiva de los insectos, quienes acuden a otros insectos o arácnidos, y no involucra necesariamente variedades carnívoras o predadoras. Una flânerie por la web revela que un diez por ciento de los insectos tienen esta característica alimenticia, y se calcula que hay cerca de ochocientas mil especies de insectos conocidas; un bestiario del terror que supera a la imaginación más osada. En la ficción hay un parasitoide famoso que llegó a la pantalla grande, actuación válida solamente en la primera versión y no en la infame serie que le sucedió: Alien, el octavo pasajero (1979) de Ridley Scott; la escena de uno de los tripulantes que cae sobre la mesa donde está cenando, mientras su pecho estalla para dejar salir un pequeño monstruo extraterrestre que ha sido incubado en el interior de su cuerpo, sigue siendo escalofriante medio siglo después de haber sido filmada.

También el arte, el saber y el progreso humano se fundamentan en estrategias parasitoides: el conocimiento científico, la sensibilidad y la destreza artística; la agudeza e ingenio de escritores, poetas y filósofos, se ha nutrido ─y se nutre─ de la obra de sus predecesores, que se mantienen vivos en bibliotecas, filmotecas y museos. A estos reservorios acudimos para abastecernos a la hora de alimentar y asimilar la sapiencia y la sensibilidad humana.

A la hora de elegir un habitante de bestiarios, mi favorito se aloja en El libro de los seres imaginarios: El Mono de la Tinta, tiene un porte de unos veinte centímetros y “está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo.” Eso sí, según la ilustración de artista oaxaqueño Francisco Toledo.

 





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Sirenas en la niebla
Sirenas en la niebla

En un volumen de las Obras selectas, busqué una referencia de Miguel Strogoff, la primera novela de Julio Verne que leí cuando tenía siete años, libro de la entrañable editorial Tor, tapa blanda ilustrado a color: un cosaco montado en un caballo blanco que está parado en las patas traseras (levade). Era una tarde de invierno y acababa de llegar del colegio, había pasado toda la jornada esperando volver a casa para abrirlo y empezar, sentado al lado del brasero, tarde de café con leche y tostadas con manteca, y jalea de naranja, y aventuras. Detrás de ese momento afloró una situación inesperada, el día anterior la maestra había interceptado una carta mía ─mejor: declaración amorosa─ a la más bella del curso; no tuve la suerte de Miguel Strogoff: el correo no llegó a destino. De todas maneras el mensaje, aún alcanzando las manos ciertas, estaba destinado al fracaso; Griselda ─ahora le veo reminiscencias Wagnerianas al nombre─ estaba perdida por su galán, un compañero de otro curso del cual recuerdo el apellido y la cara ratonil enfatizada en enormes incisivos superiores. Él era fanático de las historietas y, suprema elegancia, llevaba el cuello del guardapolvo levantado, como lo solía llevar Steve Canyon en su campera de piloto.

Muchas reminiscencias yacen bajo otras, olvidadas, hasta que, resultado de una búsqueda, cobran vida inesperadamente, de la misma manera que un técnico, al estudiar con rayos X una pintura antes de empezar limpieza y restauración, descubre lo que el artista modificó: algún mueble desplazado de lugar, una pierna que cambió de posición, un florero o un cuadro que fue eliminado. Así, algún momento de nuestra vida, cuya existencia ignorábamos, aparece como la sombra de otra evocación, y crece hasta ocupar un lugar en el presente. Escudriñar recuerdos en busca de alguna referencia pasada es como arrojar piedras en un estanque calmo; la primera provoca una serie de círculos concéntricos que se expanden de manera simétrica, otra piedra provoca un efecto semejante, pero en algún momento estas nuevas ondas chocan con las anteriores, y los efectos armónicos de las dos se dislocan en frecuencias imprevistas. De la misma manera que esas ondas que coliden, nuestras historias se modifican al traerlas al presente; a causa de algo que deseamos ver y que mañana nos será indiferente, no percibimos otras realidades, que en este momento no nos dicen nada, pero que habremos de necesitar en el futuro.

Tomé nota de mi búsqueda de las aventuras del correo secreto del Zar, regresé el volumen a su lugar y concluí que mi novela favorita de Julio Verne, la segunda suya que leí, era ─y es─ La vuelta al mundo en ochenta días; imposible despegar las facciones de Phileas Fogg del rostro de David Niven en la versión fílmica ─la de 1956 no la olvidable remake de 2004─; pero Steve McQueen, the King of Cool, no habría desentonado para nada en ese papel ─lo imagino con la seguridad y nonchalance del aristócrata bostoniano en El affaire de Thomas Crown─. Acomodado el libro, recupero, próximo a él, El Simplón le guiña el ojo al Frejus, en la primera hoja la firma de una compañera de facultad; proteica personalidad de remembranzas y libros; Vittorini cercano a Verne, permanece olvidado hasta que aflora como fotos entre las hojas u olvidadas anotaciones en los márgenes. Sabía que una de las versiones de Juan Moreira ─en otro estante─ era de esa compañera; no tengo remordimientos, ella debe tener mi primera Eneida y los fascículos de Seurat, Degas y Rousseau de la colección Maestros de la pintura, de editorial Anesa, fascículos que años después encontré en el puesto de revistas usadas en el pasaje del Obelisco, bajo la avenida Nueve de Julio.

Dejé El Simplón le guiña el ojo al Frejus y su historia en su lugar y levanté un par de títulos que me interesa releer de manera sesgada, los acomodé en una pila a la espera que les llegue el turno; otros han pasado por ese peaje en estas 120 jornadas, ya que no de Sodoma, de cuarentena. Los primeros fueron relacionados con epidemias: El Decamerón, La peste de Camus, Los novios, Diario del año de la peste. Ahora mi deriva me lleva a viajes literarios y de los otros, tampoco debo abandonar el estante de libros nuevos no leídos que, con certeza, me remitirán a los leídos.

Pienso en Penélope destejiendo de noche lo que urdió durante el día; de la misma manera, cada jornada de lecturas y escritura me hace avanzar y volver sobre mis pasos; la primera me lleva a la segunda y a transitar por estas líneas. Como la proa de la nave de Odiseo, cada página, escrita o leída es un movimiento que me acerca y me aleja; el de multiforme ingenio, en castigo a que sus marineros, abrieran el odre de los vientos, donde Eolo los había encerrado para facilitar el regreso a Ítaca; liberaron a Boreas, Noto, Euro y Céfiro que, enredados entre velas y jarcias, retrasaron diez años la vuelta a casa. Pero, de no haberlo abierto los nautas, no habrían existido el viaje y la aventura.

Así navegar por los recuerdos es hacerlo en un mar con niebla y, en la búsqueda de un dato exacto, un muelle donde atracar seguro en el pasado, la única manera de hacerlo sin chocar con otras evocaciones ─que por sus cargas y contenidos bien pueden ser embarcaciones─ requiere activar la sirena de niebla, a la escucha de otras que alerten para no colisionar como las ondas en un estanque cuando arrojamos piedras. Alguna vez, en mis años de ingeniería estudié y supe las razones por la cual las sirenas para niebla de los barcos usan frecuencias bajas, por eso tienen un sonido grave, pero grave tiene otras connotaciones y una de ellas es su presencia en nuestras evocaciones, remozadas en el presente.

Porque el tiempo nos roba todo; pero también nos deja.

 





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