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Escritor Argentino

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Danilo Albero, nació en Mendoza en 1947. Es licenciado en letras, narrador y librero. Como narrador ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (1994) y Al mejor cazador (2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (1997), Jorge Newbery el señor del coraje (2003) -de cuyo título, imposición de asesor de marketing de la editorial, siempre renegó- y Variaciones Turner (2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (1993) -recopilación de 36 artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga, que incluye 9 textos inéditos-. Ha traducido del portugués a autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo y Machado de Assis y del inglés a Lafcadio Hearn (a publicar en 2016).

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, organizado por la Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Ensayo, organizado por la Fundación El Libro (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea (2007).

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, Week End y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ambito Financiero, El Cronista, y La Jornada Cultural de México.

Entre 1993-2000 fue miembro electo de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro.
 

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Don Casmurro 2
Don Casmurro 2

Por si algún lector se entusiasmó con el primer capítulo publicado en Don Casmurro, anticipo el segundo.

Capítulo II - El libro

            Ahora que he explicado el título, paso a escribir el libro. Antes que eso, sin embargo, digamos los motivos que me ponen la pluma en la mano.

            Vivo solo con un criado. La casa en que habito es mía la hice construir a propósito, llevado de un deseo tan particular que me avergüenza confesarlo, pero ahí va. Un día, hace bastantes años, me vino a la cabeza reproducir en Engenho Novo la casa en que me crié, en la antigua Rua de Matacavalos, dándole el mismo aspecto y calidad de aquella otra, que ya no existe. El constructor y el pintor entendieron bien las especificaciones que di: el mismo edificio con piso entarimado, tres ventanas al frente, galería en el fondo, los mismos dormitorios y salas. En la principal, la pintura del techo y las paredes es más o menos igual, unas guirnaldas de flores pequeñas y grandes pájaros que, de trecho en trecho, las llevan en sus picos. En las cuatro esquinas del techo las figuras de las estaciones y, en el centro de las paredes, los medallones de César, Augusto, Nerón y Masinisa[1], con sus nombres debajo… Ignoro las razones de estos personajes. Cuando fuimos a vivir a la casa de Matacavalos ya estaba con esta decoración; era de la década anterior. Naturalmente era el gusto de aquellos años dar un toque clásico y poner figuras antiguas en las pinturas americanas. El resto de la casa es también análogo y parecido. Tengo un pequeño huerto, flores, legumbres, una casuarina, un pozo y un lavadero. Uso loza vieja y mobiliario viejo. En fin, ahora como otrora, hay aquí el mismo contraste de la vida interior, que es pacata, con la exterior, que es agitada.

            Mi fin evidente era atar las dos puntas de mi vida y recuperar la adolescencia en la vejez. Pues bien, no conseguí recomponer lo que fue ni lo que fui. En todas las cosas, si el rostro es igual, la fisonomía es diferente. Si solo me faltasen los demás, sería aceptable; un hombre se consuela más o menos de las personas que pierde; pero falto yo y esta laguna lo es todo. Lo que aquí está es, en una mala comparación, semejante a la tintura que se pone en la barba y en los cabellos y que apenas conserva el aspecto exterior, como se dice en las autopsias; el interno no admite tinturas. Un certificado que me atestase veinte años de edad podría engañar a los extraños, como todos los documentos falsos, pero no a mí. Los amigos que me restan son recientes, todos los antiguos fueron a estudiar geología en los camposantos. En lo que hace a las amigas, algunas datan de hace quince años, otras de menos, y casi todas creen en la mocedad. Dos o tres se lo podrían hacer creer a los otros, pero el lenguaje que usan obliga más de una vez a consultar los diccionarios y tanta frecuencia cansa.

            Sin embargo, una vida diferente no quiere decir una vida peor; es otra cosa. En ciertos aspectos, aquella vida antigua se me aparece desprovista de muchos encantos que otrora le hallé; pero también es cierto que ha perdido muchas de las espinas que la hicieron molesta y, en mi memoria, conservo alguna recordación dulce y hechicera. En realidad, salgo poco y hablo menos. Escasas distracciones. La mayor parte del tiempo lo gasto en cultivar el huerto, cuidar el jardín y leer; como bien y no duermo mal.

            Ahora, como todo cansa, esta monotonía acabó por agotarme también. Quise variar y se me ocurrió escribir un libro. Jurisprudencia, filosofía y política me acudieron; pero no me acudieron las fuerzas necesarias. Después pensé en hacer una Historia de los suburbios, menos pesada que las memorias del Padre Luís Gonçalves[2] dos Santos, referida a la ciudad; sería una obra modesta, pero exigía, como preliminares, documentos y fechas, todo árido y largo. Fue en ese momento en que los bustos pintados en las paredes comenzaron a hablar y a decirme que, ya que ellos no bastaban para reconstruirme los tiempos idos, tomase la pluma y contase algunos. Tal vez el relato me produjese una ilusión y acudiesen las sombras a deslizarse ligeras, como al poeta, no al del tren, sino al del Fausto: ¿Aquí venís otra vez, inquietas sombras?[3]

            Quedé tan contento con esta idea que todavía me tiembla la pluma en la mano. Sí, a Nerón, Augusto, Masinisa, y a ti, gran César, que me incitas a hacer mis comentarios, os agradezco el consejo y voy a volcar en el papel las reminiscencias que me vayan acudiendo. De esta manera, viviré lo que viví y asentaré la mano para una obra de tono mayor. Vamos, comencemos la evocación por una célebre tarde de noviembre que nunca olvidé. Tuve muchas otras, mejores, y peores, pero aquella nunca se me ha borrado del espíritu. Lo entenderás, a medida que vayas leyendo.

 



[1] Los personajes retratados comparten el tema de la traición como parte de sus vidas (F.L.).

[2] Luís Gonçalves dos Santos (1767-1844) sacerdote, escritor y cronista. La obra a la que hace alusión el protagonista es Memórias Para Servir à Historia do Reino do Brasil (1825) considerada una de las más importantes fuentes de información sobre la vida y las costumbres de la ciudad de Río de Janeiro en los inicios del siglo XIX. En ella hay una cuidada descripción del tejido urbano de la ciudad: edificios y espacio público, tanto en sus características arquitectónicas como en sus funciones.

[3] Del original en bastardilla.

 





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Volver del Leteo. Tío Oscar
Volver del Leteo. Tío Oscar

A. G., amigo, comprovinciano y profesor de literatura en la Universidad de Tulane, escribió anunciándome su viaje a Buenos Aires y Mendoza por un trabajo que está realizando y sobre el cual quería consultar; no me dio detalles.

Hace una semana, nos encontramos en un café y, tras preguntarnos por las familias me descerrajó su proyecto: recopilar las actividades culturales en Mendoza en los dos años previos al golpe militar de 1976. Fui uno de los protagonistas de un evento que investiga y me preguntó si le podía ofrecer información; me tomó desprevenido. No fue nocaut como el de Ike Williams a Gatica pero, siguiendo con metáforas boxísticas: “me contaron hasta ocho apoyado en las cuerdas”. Una experiencia olvidada, cuya mención me llevó a la inesperada vivencia de volver sobre mis pasos y a cruzar el Leteo, río que borra los recuerdos de quienes lo atraviesan, pero en dirección inversa, a la recaptura de recuerdos du temps jadis.

Al día siguiente de nuestra charla, inquieto por la conversación, como en sueños, hurgué en un par de cajas en la oficina donde archivo proyectos de escritura desechados, correspondencia y notas. Veía los rótulos y no surgían pistas. Una caja tenía sólo una referencia: “1982”; revistas del año, borradores de una novela y cuentos; un sobre con fotos familiares y ¡cerise sur le gâteau!, los recortes de diarios de la provincia que cubrieron el evento que A. G. indaga con el programa oficial del mismo. Envié un mensaje de texto notificándole el hallazgo, luego me dediqué a las fotos, casi todas de mi niñez y adolescencia y algunas antiguas de familia, entre ellas una de Tío Oscar y de allí en más todo fue precuelas.

Hace años dejé de creer en casualidades, pero en la última semana he pensado en reconsiderar este credo. Porque el día que me encontré con A. G., acababa de publicar una nota: Precuelas y secuelas. Digeridas ꟷa mediasꟷ las remembranzas que despertó nuestra charla y el posterior hallazgo de la información, el inesperado sobre con fotos me hizo transitar impensadas precuelas, que se han ido encadenado desde que tenía seis o siete años.

Tío Oscar, era el menor de los tres hermanos de mi madre. Vivía en Santiago de Chile en casa de mi abuela Emperatriz junto a dos hermanos, todavía solteros: Tío Nene, el mayor, y Tía Moty. Fui el primer sobrino y nieto de la familia por lo que era el mimado del otro lado de la cordillera y, en los viajes a Santiago, quedaba al cuidado de Tío Oscar durante salidas semanales, sábados y domingo con toda la familia; menos mi padre que permanecía en Mendoza por razones de trabajo. Tío Oscar era maestro de un colegio en el turno mañana y tenía el resto del día libre. Con él fui Jim Hawkins de Treasure Island; él, Long John Silver. No era un pirata, pero se las traía. Él, Tío Nene y Tío Mario, por aquel entonces novio de Tía Moty, me enseñaron a jugar al poker, por dinero “el poker es cosa seria”, pontificaba Tío Long John Oscar.

Tío Oscar no formó parte de la tripulación del pirata Capitán Flint; pero tuvo su equivalente: fue seminarista y estudió en Córdoba, de este lado de la cordillera; ya ordenado, de regreso a Chile, fue enviado a terminar sus estudios en Talca. Allí lo visitamos con mi madre y Tía Moty; del sobre rescaté una foto suya: un primer plano de sotana con antojos sin armazón ꟷescribo estas líneas y caigo en cuenta del origen de mi preferencia, desde siempre, por ese tipo de anteojosꟷ. En el próximo viaje ya vivía en Santiago, en casa de la abuela Emperatriz, y era maestro de escuela primaria. Años después me enteré que se había enredado con una viuda, muy beata ella; en la orden lo sorprendieron y no sólo lo expulsaron sino que le quitaron la ropa y lo dejaron encarcelado en un cuarto del convento, descalzo y sólo con camisón. Tío Nene viajó con ropa para traerlo de vuelta a la casa de la abuela. Fue una suerte para Tío Oscar: el capitán Flint lo hubiera hecho caminar por el tablón; también, para monaguillos y niños de la parroquia, una suerte que a él le gustaran las viudas. De haber sido pedófilo habría continuado su carrera eclesiástica.

El primer día que me llevó al colegio donde era maestro, en el recreo vi como los chicos jugaban batallas con espadas de madera y tapas de tarros de basura como escudo, experiencia en la que inicié a mis amiguitos al regreso a Mendoza. A la salida fuimos a comer panchos, de aquel lado les llamaban hot dogs, con palta pisada y tomate picado, como a mí me gustaban, luego un helado. De regreso sentimos una serie de aullidos seguidos de un disparo, “han atropellado un perro vamos a ver”. Nos acercamos y él me subió sobre los hombros para que no perdiera detalle: habían subido al perro a la vereda y acomodado sobre el cantero de un árbol. Un carabinero le disparó con su revólver, el perro seguía aullando, luego del segundo disparo salió de su hocico una burbuja de sangre y ladeó la cabeza. “No cuentes a nadie de esto en casa”.

Al año siguiente Tío Oscar no estaba en casa de la abuela Emperatriz. Se había ido a vivir con una viuda. Me fue a buscar en varias oportunidades para llevarme a su nuevo hogar y conocer a Gladys y la familia. De todos modos seguí siendo el mimado de los cuatro en la casa. Tío Nene se había llevado a vivir con él a Violeta, la recuerdo tan bella como cariñosa y atenta con mi abuela y conmigo; usaba arracadas y una esclava en el tobillo. Años después me enteré que Violeta había trabajado en un prostíbulo y que Tío Nene se la llevó vivir con él.





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Gibson y sus trece perspectivas
Gibson y sus trece perspectivas

La palabra perspectiva viene de perspicio (mirar, buscar, mirar a través de, examinar, estudiar a fondo). De perspicio derivan nuestro sustantivo perspicaz y otro término en latín, sin equivalente en nuestro idioma, perspicientia (percepción clara, conocimiento cabal).

Por este abolengo y árbol genealógico, perspectiva es un término polisémico; la RAE le da nueve acepciones. Y a los fines de artistas plásticos, músicos y escritores, cinco de ellas son válidas; la primera: "Sistema de representación que intenta reproducir en una superficie plana la profundidad del espacio y la imagen tridimensional con que aparecen las formas a la vista"; la tercera: "Panorama que desde un punto determinado se presenta a la vista del espectador, especialmente cuando está lejano"; la cuarta: "Apariencia o representación engañosa y falaz de las cosas"; la quinta: "Punto de vista desde el cual se considera o se analiza un asunto"; y la sexta: "Visión, considerada en principio más ajustada a la realidad, que viene favorecida por la observación ya distante, espacial o temporalmente, de cualquier hecho o fenómeno".

En Proxémica otra musa aludí a La dimensión oculta, libro que leí hace añares; rescaté de un estante, apapaché en mi mesa de luz y, desde hace un par de noches, releo al azar. Rescato "las trece perspectivas de Gibson".

Nuestros sentidos, en especial la vista, no están adaptados a captar más allá de ciertas velocidades o situaciones. Desde mediados del siglo XIX, el incremento de la velocidad de los ferrocarriles llevó al hombre a desplazarse, por primera vez en su historia evolutiva, a más de 100 kilómetros por hora, el cambio, sumado a nuevas invenciones, mutó de manera irreversible la relación de los humanos con el medio entre sí. Estas alteraciones llevaron a Jorge Luis Borges a reflexionar en "El libro", sobre las extensiones del cuerpo: teléfono, microscopio y telescopio –hoy podríamos sumar visor nocturno, radar y satelites–, para concluir que la extensión de la memoria es el libro –hoy habría que agregar Internet.

Del psicólogo James Gibson no tengo más información que la que obtuve en La dimensión oculta y la web; es suficiente. El problema de la visión que lleva a "las trece perspectivas..." deviene del desplazamiento a grandes velocidades; pese al incremento exponencial de la rapidez de los aviones a partir de la Primera Guerra Mundial, el "mundo civilizado" no se incomodó. El comienzo de la Segunda Guerra Mundial trajo aparejado el aumento del tráfico aéreo, resultado de bombardeos masivos y combates en el espacio. Los pilotos descubrieron que, en momentos extremos; la necesidad de trasladar las lecturas de agujas e indicadores del tablero de control a un mundo tridimensional, y en movimiento, requería demasiado tiempo y podía ser fatal. Los estudios de Gibson permitieron diseñar instrumentos que crearon un mundo visual artificial que replicase al real. De esta manera, los aviadores terminaron volando por espacios electrónicos trazados en el cielo. De sus trece variedades de perspectiva, divididas en cuatro clases, rescato las aplicables a la plástica, música y letras.

a) Perspectiva de posición

 1- De textura: a medida que una superficie se aleja se incrementa la textura. Cuando nos alejamos, el detalle de los árboles y del bosque se funde en una compacta masa verde. En la Narración de Alcinoo, título del Libro VIII de Odisea, el citarista Demódoco canta la caída de Troya; Ulises al escucharlo, revive su partida de Ítaca, el demorado regreso y rompe a llorar, así es reconocido y completa la historia para la audiencia.

 2- De tamaño: los objetos se hacen más pequeños a medida que nos alejamos de ellos. El olor de la magdalena (En busca del tiempo perdido, Marcel Proust) y la taza de té de tilo son el hilo de Ariadna que lleva de regreso a una maraña de recuerdos para internarse en el bosque del tiempo.

 3- Lineal: las vías de ferrocarril se unen en el horizonte; o en "El Aleph" Borgeano.

b) Perspectiva de paralaje.

 4- Perspectiva binocular: Cada ojo recibe una imagen distinta, las dos se unen en nuestra conciencia. Si observamos un paisaje urbano complejo y luego lo hacemos sólo con un ojo, somos conscientes de esta fusión. El poema sinfónico de Doukas El aprendiz de hechicero, funde un relato de Luciano de Samosáta y un poema de Goethe. Goya, El Guido, y Caravaggio hacen otro tanto en "Guernica", de Picasso.

 5- Perspectiva de movimiento: los objetos que se alejan parecen hacerlo más lentamente a medida que su distancia con el observador aumenta. Por el contrario, si se acercan parecen hacerlo más de prisa a medida que la distancia disminuye. Y esto lo vive Drogo en El desierto de los tártaros y se repite en parte de la narrativa de Dino Buzatti.

c) Perspectivas independientes de la posición o el movimiento.

 7- Perspectiva de foco: si miramos con detalle un objeto cercano el fondo se esfuma, y viceversa. Los pintores y fotógrafos conocen este fenómeno; los últimos la llaman profundidad de campo.

 8- Perspectiva ascendente del campo visual: uno mira hacia abajo los objetos cercanos y hacia arriba los distantes. Los lectores compulsivos la aplican con anteojos bi y mutifocales.

 9- Cambio de textura o espaciado lineal: las tallas de veinte centímetros de alto de El Quijote y Sancho Panza, que tengo sobre mi escritorio se ven más grandes que el balcón del edificio de enfrente. Otro tanto pasa con El llano en llamas y la obra completa –escrita y por escribir– de Federico Andahazi.

12-Cabalidad o continuidad de una silueta: la mejor idea la da un objeto que se funde con el fondo, el principio del camuflaje que tan bien utiliza Julio Cortázar en varios de sus cuentos entre otros, algunos de Un tal Lucas, "El ídolo de las cicladas" y "Continuidad en los parques".

A la luz de estas perspectivas, entre todas las posibilidades de representación y narrativas que existieron a lo largo del tiempo en distintas culturas, hay un ejemplo que me parece notable, la obra del cronista andino, Guaman Poma de Ayala: El primer nueva corónica y buen gobierno, escrita entre finales del siglo XVI y principios del XVII, que narra los primeros cien años posteriores a la conquista española del Nuevo Mundo. El lector de El primer nueva corónica... necesita comprender y conocer la concepción espacial andina para interpretar los dibujos que acompañan al texto y que, muchas veces, subvierten la concepción cósmica de colonizadores y catequizadores. Este indígena puro, criado entre indios, mestizos y blancos, para expresar su conciencia histórica, jugó no sólo con la concepción espacial andina; también alteró la cronología bíblica en sus dibujos. Allí, per visiblia ad invisiblia, las ilustraciones encubren mensajes ocultos que sólo los iniciados pueden leer. Como las marcas que ven el chevalier Dupin, el detective de Baker Street y Calibar en Facundo.

 





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Dos efemérides de junio

 

Hace un siglo, el 14 y el 28 de junio de 1919, ocurrieron dos hechos singulares del siglo XX: el primer cruce aéreo del Atlántico y el fin de las conferencias del Tratado de Versalles. De niño, me enteré de estos sucesos cuando leí, préstamos de un vecino, la revista "La ilustración española y americana", y los cinco tomos de Historia de la guerra del mundo, de editorial Jackson, publicada entre 1917 y 1920. De la última colección tengo datos precisos: la reencontré en la Feria de Tristán Narvaja. Mi contienda literaria favorita es la Primera Guerra Mundial. Mi frustración es no haber hecho un curso de piloto civil;. He avanzado en ambos temas con la literatura.

En doce años (1853-1865) se sucedieron las guerras de Crimea y la de Secesión; ambas, por primera vez en la historia, con amplia cobertura en la prensa –consecuencia del desarrollo del telégrafo, que permitió conocer sucesos distantes de manera casi simultánea–. Frente a este nuevo mercado, algunos periódicos empezaron a promocionar proyectos de exploración, noticias que los lectores consumieron con la misma pasión con que siguieron las peripecias de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne, en entregas periódicas. El pionero fue el tycoon Gordon Bennett, dueño de New York Herald, quien financió la expedición de Henry Stanley en 1869 en busca de David Livingstone. Gordon Bennett redobló la apuesta costeando carreras de globos y, con la vuelta del siglo, autos y aviones.

Los británicos siguieron el ejemplo y en 1909 el Daily Mail, por aquellos años con una tirada diaria de más de un millón ejemplares, ofreció un premio de mil libras al primer aviador que cruzara el Canal de la Mancha. Louis Bleriot las ganó con un titular ad hoc: "Inglaterra ha dejado de ser una isla". En 1913, el Daily Mail ofreció diez mil libras –a valores actuales: multiplicar ese valor por cien– al primer aviador que cruzara el Atlántico, desde algún punto de Estados Unidos o Canadá hasta algún punto de Gran Bretaña o Irlanda. En aquel momento la travesía era técnicamente inviable; y el atentado de Sarajevo lo postergó seis años. Al comienzo de la Primera Guerra los aeroplanos eran máquinas primitivas y poco confiables, cuando finalizó los bombarderos bimotores eran una realidad, el cambio de bombas por combustible les dio una autonomía insospechada y fueron reciclados como aviones de pasajeros.

Las deliberaciones del tratado de Versalles duraron del 18 de enero al 28 de junio de 1919; el nuevo orden mundial resultante fue un descalabro del que la humanidad no se recupera. Catorce días antes de su fin, el 14 de junio a las 11,30, John Alcock y Arthur Brown, veteranos de la Primera Guerra, despegaron desde Terranova rumbo a Irlanda. Alcock, interesado por el premio del Daily Mail desde 1913, fue piloto de un bombardero bimotor en Medio Oriente, preso en la Batalla de Gallipolli, maduró la travesía durante su cautiverio.

Los inconvenientes empezaron poco después del despegue, la rotura del generador eléctrico los dejó sin radio y sin calefacción, parte del vuelo fue entre nubes y lluvias; de noche, un claro en las nubes permitió que Brown controlara el rumbo con el sextante; pero su rol más riesgoso estuvo más ligado al de un acróbata aéreo. En tres oportunidades el hielo obturó el carburador del motor derecho lo que lo obligó a caminar entre las alas, azotado por el viento y la nevisca para limpiarlo a mano. A punto de llegar a la costa de Irlanda, una falla mecánica en el motor de estribor casi frustra el viaje que culminó con un aterrizaje forzoso. Una travesía de casi dieciséis horas; acorde con aquellos años donde un valor casi suicida se empardaba con la tecnología en desarrollo.

Ignoro si existen novelas como Sin novedad en el frente, Tres soldados o Adiós a las armas, donde los protagonistas sean aviadores; sólo me acude El amante de la guerra de John Hersey –imperdible la versión cinematográfica con Steeve McQueen el papel de Buzz Marrow, violento y mujeriego comandante de un bombardero–, pero pasa en la Segunda Guerra Mundial. La sin par Hiroshina de Hershey resuena en el "Los sobrevivientes de la bomba atómica" de Tomás Eloy Martínez, relato publicado en Lugar común la muerte.

En 1916 William Faulkner se alistó como voluntario en Canadá, pretendía ser aviador militar. Lo fue en la vida civil, su novela Pylon trata de pilotos y paracaidistas de un circo aéreo cuyas peripecias están muy próximas a las de Brown en 1919. Pena que no haya incursionado en una novela bélica. Porque, ocho años después del primer cruce del Atlántico, el frío y cerebral ingeniero Lindberg, tras nueve años de preparativos, logró unir Nueva York con Paris; la regla de cálculo se impuso al coraje, y mis ambiciones de lector, continúan frustradas. Debería intentarlo como narrador.

 





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Hipérbole e hipérbaton
Hipérbole e hipérbaton

Escucho por radio alguna versión de Te lo juro yo, de Miguel de Molina, una hipérbole contundente –¿qué hipérbole no lo es?–: "por ti contaría la arena del mar"; que, un poco más adelante, marca la fijación del letrista con los ojos "y que mis acais (ojos) / si digo mentira / se queden sin luz". No contento el narrador de la copla, da otro paso adelante cuando, en su demanda de amor le sugiere al –o a la– que lo despecha que lo lleve "por calles de hiel y amargura" y que le arroje a los ojos "un puñado de arena"; todo con tal de que lo quiera.

Otra canción melosa de Agustín Lara fatiga la hipérbole:

 

Acuérdate de Acapulco

de aquella noche

María Bonita, María del alma;

acuérdate que en la playa,

con tus manitas las estrellitas

las enjuagabas.

 

La hipérbole es la figura retórica de la exageración; y la lleva hasta los límites de lo verosímil. A tal fin suele apoyarse en comparaciones –o símiles– y metáforas. Esta característica de exageración suele ser aprovechada por difamadores, enamorados, políticos y pescadores. Con respecto al uso poético para desacreditar vaya un soneto modélico de Quevedo con el sugestivo título: A uno que se mudaba cada día por guardar a su mujer;

 

Cuando tu madre te parió cornudo

fue tu planeta un cuerno de la luna

de madera de cuernos fue tu cuna

y el castillejo, un cuerno muy agudo.

 

Otro uso de la hipérbole es el acto de fanfarronería puro y simple que antecede a un combate, donde cada uno de los contendientes empieza con una serie de autoalabanzas sobre su persona y linaje para avanzar con improperios contra los rivales y su prosapia. Los ejemplos abundan desde la Ilíada a los intercambios tan frecuentes –casi parte del espectáculo– en el pesaje de los boxeadores que antecede a la pelea. En la cultura indígena del noroeste de los Estados Unidos era frecuente el potlach, intercambio en las fiestas de regalos valiosos entre anfitriones e invitados que llegaba, en muchos casos, a la destrucción de propiedades y bienes. El objetivo era demostrar que se era lo suficientemente rico y poderoso como para prescindir de ellos.

Con respecto al uso de la hipérbole en las demandas de los enamorados Quevedo nos vuelve a dar en: Amor constante más allá de la muerte, un ejemplo que es un clásico;

 

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra, que me llevaré el blanco día;

y podrá desatar esta alma mía

hora, a su afán ansioso linsojera.

 

Esta primera cuarteta del soneto se articula con otra figura retórica, una serie de hipérbaton magistralmente encadenados.

La figura retórica del hipérbaton consiste en alterar el orden gramatical, de las palabras dentro del discurso y es un recurso más utilizado en poesía que en prosa ya que facilita la rima y el ritmo. En el cuarteto de Quevedo mencionado vemos, en el fin del primer verso y comienzo del segundo: "postrera / sombra", cuyo orden lógico sería: "sombra / postrera". Esta alteración tiene como fin la rima del primer verso con el cuarto: "postrera" / "lisonjera". De la misma manera, el hipérbaton del final del segundo verso: "blanco día"; tiene como fin rimar con el tercero: "alma mía".

 

A propósito del poema de Quevedo sobre el amor hay otro poema de Lope sobre el tema que pugna con Amor constante más allá de la muerte, por ocupar el lugar de mis preferidos dentro de la poesía amorosa. Un artificio literario que remite al primor de la arquitectura de Borromini; una serie de reflexiones melancólicas, no siempre optimistas, sobre el amor, que se enlaza con hipérboles de sentido opuesto –a modo de contradicciones, tropiezos o balbuceos– ,dentro del mismo verso, apenas separadas por comas: "alentado, mortal, difunto, vivo", "enojado, valiente, fugitivo". Así el amor termina siendo, en la visión del poeta, veneno o licor; y su reflexión empieza en la hipálage con que comienza el primer terceto: "huir el rostro al claro desengaño":

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

 

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

 

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor süave,

olvidar el provecho, amar el daño;

 

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

 

 





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