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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

ULTIMAS publicaciones

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3 Homo legens Pintar poesía
4 Notas de Joe Turner Diablos, diablitos y diablejos
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8 Notas de Joe Turner La irrealidad condición del arte
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11 Notas de Joe Turner Sirenas en la niebla
12 Notas de Joe Turner Calderón, Hemingway y Miranda
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15 Notas de Joe Turner Los nostoi del coronavirus
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19 Homo legens Les Luthiers, Hemingway y Piglia
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22 Notas de Joe Turner Un cuento de navidad
23 Diario de marear Don Casmurro 11
24 Diario de marear Don Casmurro 8
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26 Diario de marear Don Casmurro 2
27 Notas de Joe Turner Volver del Leteo. Tío Oscar
28 Homo legens Gibson y sus trece perspectivas
29 Diario de marear Dos efemérides de junio
30 Gramatica Hipérbole e hipérbaton

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Acuaterrario
Acuaterrario

Al nombre lo relacioné de entrada con Shaka Zulú ─de quien leí la vida novelada, en historieta, de la revista El Tony─, lord of war negro, que a finales del XVIII y primeras décadas del XIX, unificó su nación luchando contra tribus y conquistadores ingleses y afrikáners; nunca supimos su apellido cuando los profesores lo convocaban. Por eso al bedel ─aunque, dadas sus múltiples funciones, mejor es hablar de “hombre orquesta”─ lo llamábamos, como el director, preceptores y docentes, “señor Chaca”; para mí “señor Shaka”. Señor Shaka tenía dos oficinas, una en el segundo patio, y otra en el edificio anexo donde era el responsable del laboratorio durante el turno tarde; en el querido y entrañable Liceo Agrícola y Enológico. Desde primer año teníamos doble escolaridad. Por la mañana entregaba el material didáctico a los profesores: escuadras, compases y transportadores en las clases de geometría, Jolly Roger ─de nuevo influencia de las historietas─, como llamábamos al esqueleto completo suspendido por la cabeza y montado sobre una plataforma con rueditas, en anatomía y al que, en horas del recreo, solíamos vestir con un parche negro en el ojo, como corresponde a un pirata de ley; y las dos joyas de la corona, en horas de física, la pesada máquina electrostática de Wimshurst y el más pesado planetario de metal.

Hacia finales de primer año compartí, con algunos compañeros de otras divisiones, jornadas de trabajo en el laboratorio con el señor Shaka, por una propuesta del profesor de zoología para armar un acuaterrario; yo tenía el mejor promedio en esa materia y fui uno de los pocos que se ofrecieron. Siguiendo una práctica de la época, los padres compraban los libros que se usarían durante el año, en las vacaciones previas al comienzo de clases; desde la primaria, tuve la costumbre de leer los manuales de historia, geografía y ciencias no bien los tenía en las manos. Así, cuando ingresé a primer año, ya había leído completa la Zoología de Ángel Gallardo, aunque entendí menos de la mitad del contenido, pero me gustó el tema. Tan entusiasmado quedé que compré un bisturí con la secreta esperanza de usarlo en alguna disección futura –quizá la razón haya sido otra, de niño me fascinan cuchillos y cortaplumas.

Nuestro acuaterrario era una combinación de acuario con una zona de tierra firme y vivero de sabandijas variopintas; tuvo de inquilinos una tortuguita de agua y un cangrejo de agua dulce, un par de lagartijas, plantitas fluviales y hierbas, algunas mojarritas, caracoles de agua y de tierra; en algún momento, el señor Shaka agregó renacuajos que vimos evolucionar, perder la cola a la par que nacían patas traseras, luego delanteras, hasta ser pequeños sapitos que ganaron su estado natural de anfibios. Pasadas las vacaciones, con la volubilidad de los años de adolescencia, el acuaterrario cedió lugar a otros intereses; pero, en los momentos en que la acaparó, resultó una experiencia iniciática, ver convivir distintas especies, interactuar, crecer y evolucionar.

En la segunda semana de primer año, a finales de la clase de física, el señor Shaka pasó por el aula para llevarse la máquina electrostática de Wimshurst, y pregunté por el acuaterrario, “los bichitos crecieron y los devolvimos al lugar donde deben estar, a finales de año armaremos uno nuevo”. Recuerdo la charla porque no terminamos la jornada de clases del turno mañana, cuando aparecieron ratas en el patio y cerraron el colegio por dos días, a la espera de que un equipo especializado con perros ratoneros rastreara los nidos. Con unos compañeros volví caminando por la calle Alberdi, por la vereda del colegio que bordeaba el canal que, salpicado de pequeños remansos e islotes de cañaverales, corría paralelo a la calzada; en avenida Godoy Cruz, tomé el troley para volver a casa y se empezó a escribir esta nota, cuyo título debería ser “Acuaterrario, la máquina electrostática y Griselda”.

En tercer año de la primaria, era la más y linda presumida de la escuela y estábamos enamorados de ella; decía que su papá era “autero” –suerte que no decía autista–, vendedor de autos usados, con que sustentaba sus vuelos de superioridad entre los compañeros, hijos de asalariados. A final de año informó que dejaba el colegio por “uno de más categoría”, dejó corazones rotos.

Feliz y alegre por los dos días de inesperadas vacaciones, subí al troley planeando llegar a casa, recoger el bolso con el equipo de gimnasia e ir al Club de Regatas a remar; me reencontré con Griselda, iba con una amiga, ambas con el ruedo del guardapolvo recogido con alfileres de gancho para hacerlo minifalda; ya adolescente y un par de tetas que prometían seguir el camino de las de su mamá, en términos cinematográficos: ubres más tirando a Anita Ekberg que a senos de Keira Knightley. Cuando la amiga bajó, se acercó y me preguntó si nos conocíamos de alguna parte, “no creo”, y no sé si tartamudeé, “le dije a mi amiga: a este muchacho lo conozco de alguna parte”, “no creo”; la miré fijo y sentí los dedos acalambrarse alrededor del pasamanos; “bueno, me bajo en la próxima, chau, ¿a qué colegio vas?”; “al Liceo Agrícola, ¿y vos?”, “al Liceo de señoritas”; se despidió con la inolvidable sonrisa de hija de “autero”. En el club, el profesor Imperiale me invitó a conformar la tripulación de un ocho largo, por mi estatura indicó que debería ir a proa “de uno o de dos, son puestos especializados porque son los encargados de mantener el equilibrio y evitar bandazos”, volví a casa y, antes de dormir, terminé con una novela que suelo revisitar, Sin novedad en el frente. Como soy razonablemente ambidextro, con el tiempo fui indistintamente uno o dos en los ocho largos.

En estos quince meses de pandemia he construido otro acuaterrario, ahora con narraciones de todo tipo: lecturas, hacer fotos durante las caminatas, tres películas semanales que saco del Video Club y un par de series de televisión que sigo con fervor de fundamentalista, clases de fotos con Ricardo –ahora por Zoom–, escribo y preparo una serie de charlas para subir por YouTube, reviso mis diarios, cuadernos y apuntes de la primaria y secundaria en busca del tiempo perdido, o para inventarlo, con una seguridad y una certeza: que “el lugar donde los bichitos deben estar” del señor Shaka, es de donde fueron enrolados, en los remansos y charcos alrededor del canal que bordeaba la calle Alberdi: como en “La carta robada” de Poe, el acuaterrario lo teníamos delante de nuestros ojos. La certeza es que las ratas las metieron de contrabando y las soltaron en el patio –los de quinto o sexto del Liceo Agrícola.

Ahora los estudiantes son más prácticos, hacen una llamada desde un locutorio y dicen que han colocado una bomba en el colegio. Y pienso que, muchas veces, todo tiempo pasado fue mejor.

 





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De piratas y falsificadores
De piratas y falsificadores

Leemos en algunos cantos de Odisea que a Ulises, en algunas de sus escalas, los anfitriones preguntan si ejerce el oficio de la piratería ─actividad aceptada por los usos y costumbres de la época─, palabra polisémica si las hay. En griego homérico, del verbo peirao (esforzarse, hacer un intento) deriva peiratés, que pasa casi sin variantes al latín pirata y de allí al español, francés e inglés. Ahora, entre los siglos XVI y XVII, cuando el auge de la conquista y saqueo de América, los ingleses se dedicaron a piratear galeones españoles y acuñaron un término para autodenominarse: freebooter, más o menos “saqueadores libres”, y esto le da a la actividad un toque empresarial, o deportivo tipo fair play, al acto de robar, por aquello de: “el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón”; y, como legado dejó las novelas de piratas. Aunque Ulises no ejerció el oficio de pirata, no quita que en algunas de sus escalas, él y sus hombres, se llevaran todo lo comestible, bebible y “mujeres de cóncavas cinturas”. La historia de la literatura comienza con actos de piratería y saqueos; como el de Troya, cuya toma fue precedida de un ardid: el conocido caballo, con el cual los troyanos fueron vencidos.

No se estafa a un incrédulo, todo estafado, de alguna manera, ve cumplido su deseo ─¿qué otra cosa deseaban más los troyanos sino que los griegos desistieran del asedio?─ y esto ocurre porque verdad y mentira tienen rasgos que concuerdan: el porte, el modo de andar y el gesto, las contemplamos con los mismos ojos y, una no existe sin la otra; no sólo somos débiles ante el fraude sino que lo buscamos e incitamos para que nos atrape.

Pero el saqueo de Troya nos remite a otra acepción de pirata: corsario, derivada del francés antiguo cursaire “marinero que practica la carrera, es decir la captura de buques mercantes enemigos” (marin qui pratique la course, c'est-à-dire la capture des vaisseaux ennemis marchands); el corsario es un ladrón patriota ya que es necesario un conflicto que justifique la legalización de su oficio. Casi todas las naciones se fundaron por obra de conquistadores que, a su vez, eran corsarios ─los grandes museos deben a este oficio, parte de su patrimonio─. Venecia ostenta monumentos provenientes del saqueo de Alejandría y Constantinopla ─capital del imperio bizantino que, a su vez, había saqueado ciudades para su embellecimiento─. De donde queda en claro que las obras de arte son uno de los botines más preciados de los corsarios.

La semana pasada volví a ver La noche de los generales (The Night of the Generals, 1964) de Anatole Litvak, cuya banda sonora es del mítico Maurice Jarré ─películas eran las de antes, cuando se componía la música que la acompañaba─ que, entre otras, musicalizó: El día más largo; Arde París y Lawrence de Arabia─, vuelvo a La noche de los generales. En 1942, en Varsovia ocupada, una prostituta es asesinada al estilo de Jack el Destripador; un testigo alcanza a ver los pantalones del asesino que corresponden al uniforme de un general alemán. El mayor Grau, comisario incorporado al ejército, comienza la investigación y ve que, en ese momento, hay tres generales en la ciudad, pero no puede terminar su trabajo porque es enviado a París. Ahora es 1944, los aliados se acercan a París y el mayor Grau y los tres generales vuelven a estar juntos en una misma ciudad. El general de las SS Tantz, un Peter O’Toole con una cara de degenerado capaz de asustar a Nosferatu, resulta ser el asesino y no espoileo nada porque no cuento ni subtramas ni final, a los cuadros me remito. Tantz toma dos días de licencia en un auto con un chofer y guía. En el tour, el general ─que, hasta entonces en las reuniones sociales bebía solo agua, de civil fuma como un murciélago y bebe como un cosaco─ pide visitar el Louvre, donde corsarios de tierra firmes están separando obras de arte para ser enviadas a Alemania. Entra a la sala de autores decadentes y se detiene frente a obras de Toulouse-Lautrec, Renoir y Gauguin, pero es el autorretrato de Van Gogh el que lo perturba y su cara frente a él le pondría los pelos de punta a M, el vampiro de Düseldorf; por la noche pide ir a un bar de alterne y ficha una prostituta, al día siguiente pide regresar al museo, vuelve al autorretrato y su cara ahora haría que Alien el octavo pasajero llame a los gritos a su mamá. Las dos escenas frente al autorretrato, tienen un pasaje musical de dos minutos y medio que eriza la piel. En todo caso, la escena del saqueo del Louvre remite a una película reciente Operación Monumento (The Monument Men, 2014) donde a finales de la guerra, con París ocupada por los alemanes, un grupo de oficiales aliados tiene como objetivo seguir el rastro de las obras robadas y los depósitos adonde fueron enviadas. Las dos películas remiten a la obra primigenia, la magnífica El tren (The Train, 1964) de John Frankenheimer, con final inesperado.

Los corsarios que roban obras de arte van a lo seguro: cuadros y esculturas conocidas. En la película El último Vermeer (The Last Vermeer, 2019) la historia toma otro ribete. En Amsterdam de 1946, un oficial holandés debe investigar a un pintor y marchand acusado de conspirar con los nazis y venderle, por una fortuna, un cuadro de Vermeer poco conocido, a Herman Göring, jefe de la Luftwaffe y segundo hombre más poderoso de Alemania. La sospecha que pesa sobre el pintor y marchand es que, al no poseer recibo de compra, habría obtenido esa obra de alguna familia judía en apuros, motivo por el cual se enfrenta ante los tribunales, acusado de colaboracionista, con la amenaza ser ejecutado. Y ahora si espoileo el final, porque Han Van Meegeren, el pintor y marchand, había falsificado una obra inexistente de Vermeer.

Si para Picasso: “los malos pintores copian y los buenos roban”, Hans Van Mergereen hizo las dos cosas, robó y copió, pero alcanzó el objetivo del estafador, encontró al incrédulo, Herman Göring que, de alguna manera, andaba a la búsqueda de un engaño al comprar una obra desconocida de Vermeer. Y esta historia, como la de los saqueos de obras de arte de los nazis dio pie a una serie de películas, tiene dos antecedentes literarios.

El primero atañe a Hans Van Mergereen y es comentado en El club Dumas de Pérez Reverte: la mayor frustración de un falsario es que el reconocimiento público por su trabajo implica ir a la cárcel, de allí que deberá permanecer en el anonimato de por vida. El segundo atañe a Herman Göring y está en el Martín Fierro: “Porque el zorro más matrero / Suele cair como un chorlito; / Viene por un corderito/ Y en la estaca deja el cuero”.

 





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Pintar poesía
Pintar poesía

Frente a la pregunta boba “¿qué libro llevaría si se tuviera que quedar solo en una isla?” ─Fogwill respondió alguna vez “un manual para construir embarcaciones”─, me he preguntado qué cuadro llevaría para decorar mi choza en esas circunstancias; la lista de favoritos es extensa, pero ciertamente me quedaría con “Las hilanderas” de Velázquez, por las innumerables asociaciones que cuadro y autor convocan.

El disparador de esta pregunta ha sido la exposición que se inauguró hace poco en el Museo del Prado “Pasiones mitológicas”, de la cual bajé y leí ─y anoté con algunas observaciones─ el archivo PDF del catálogo, también escuché las publicaciones a las que se pueden acceder por YouTube; actualmente espero que se abra la inscripción virtual para poder visitarla por internet. Nueva modalidad de visitar museos en momentos en que la pandemia amenaza con ser interminable.

Esta exposición, ha logrado reunir por primera vez 29 obras, alojadas en museos muy distantes, ligadas al eje temático de la mitología greco latina, y cuya fuente literaria es, en su gran mayoría, Metamorfosis de Ovidio. Estas pinturas tienen como poética, en común, el cambio de actitud de los pintores en los siglos XV y XVI, cuando se inspiraron en temas de la mitología clásica para estos trabajos y, al asumir esa postura, se identificaron con los poetas al decir que “pintaban poesías”. Hasta ese momento, además de retratos, los pintores se habían basado en sucesos históricos o los que por aquellos siglos eran tenidos por tales: pasajes bíblicos o de los apóstoles y que, para el espectador de la época, eran “la verdad”. El movilizador del nuevo enfoque y de referentes a la hora de elegir los temas fue el hecho de que poetas y dramaturgos ─quienes, al igual que los humanistas, leyeron y tradujeron textos clásicos para inspirarse─ eran considerados artistas; mientras que los pintores eran vistos socialmente como simples artesanos, cuyo trabajo era identificado con labores manuales ─i.e. carpinteros o herreros─. La búsqueda de reconocimiento de un nuevo estatus social conllevaba la libertad en la búsqueda de fuentes de inspiración, textos literarios y, también, libertad de interpretación de los mismos. A tal fin, los pintores se fundamentaron en la famosa reflexión de Horacio “ut pictura poesis” (“La poesía es como la pintura”, Epístola a los Pisones, 361) y con ella encontraron la libertad para buscar la inspiración más allá de retratos o sucesos históricos. Así, el tema “poesía” aplicado a la pintura en esta exposición se basa en seis de las representaciones exhibidas, pintadas por Ticiano para Felipe II e inspirado Metamorfosis: Dánae, Venus y Adonis, Perseo y Andrómeda, Diana y Acteón y Diana y Calisto y El rapto de Europa.

Pero la diferencia entre poesía e historia es anterior a Horacio, tres siglos antes Aristóteles le había anticipado la letra a los pintores del siglo XV y XVI cuando reflexionó: “Pues el historiador y el poeta no difieren porque el uno utilice la prosa y el otro el verso (se podría trasladar al verso la obra de Heródoto, y no sería menos historia en verso que sin verso), sino que la diferencia reside en que el uno dice lo que ha acontecido, el otro lo que podría acontecer. Por eso la poesía es más filosófica y mejor que la historia, pues la poesía dice más sobre lo universal, mientras que la historia es sobre lo particular” (Poética, Capítulo 9), y es en este “lo universal” donde los artistas pusieron el énfasis al realizar sus obras. Al visualizar la antigüedad clásica y los relatos mitológicos, los pintores representan los momentos de mayor dramatismo, que “dicen más sobre lo universal”, de los relatos aludidos. Y esta característica ─o enfoque─ se aprecia en el modo de narrar de los dos géneros: por lo general, la obra literaria es lineal, tiene principio, desarrollo y fin; por su parte, la pintura es espacial, muestra un fragmento del hecho narrado. Y este “lo universal” al pintar poesía se puede ver en el tratamiento del tema de Venus y Adonis y cómo tres pintores en menos de un siglo ─Ticiano, 1544; Veronese, 1580; José de Ribera, 1637─ enfatizaron en tres momentos del relato. Veronese lo hará en el tierno reposo de los amantes; Ticiano, en la desesperación de Venus porque sabe que la partida de Adonis lo llevará a su muerte; José de Ribera, en el llanto de la diosa sobre el cadáver de su amado.

De nuevo, puesto en la disyuntiva de elegir alguna obra, ahora de esta exposición, para llevarme a mi choza en una isla desierta, me quedaría con otros dos cuadros de Ticiano exhibidos, ahora inspirados en un texto de Filóstrato. En el siglo II ─“después de”, como dirían los diablos protagonistas de El viaje de los siete demonios de Mujica Lainez─ Filóstrato el viejo, escribió Imágenes (Eikones), allí describe lo representado en 64 cuadros que se hallaban en un palacio de Nápoles; el palacio y las pinturas han desaparecido y no se sabe si esas descripciones o écfrasis son reales o inventadas. Lo que sí queda en claro es que, en consonancia con el espíritu de este libro, todos los cuadros de la exposición “Pasiones mitológicas”, es pintura ecfrástica es decir: describe imágenes a partir de textos literarios.

Y estas dos obras que me llevaría a una isla desierta son dos cuadros de Ticiano: La bacanal de los andrios y Ofrenda a Venus, inspirados en descripciones de Imágenes. Cuando leí el archivo PDF de catálogo volví a visitar mi edición de Imágenes y busqué las referencias. La bacanal de los andrios, corresponde a la descripción 25, “Los andrios” y Ofrenda a Venus a la descripción 6, “Amores”. Que, entre otros, Dalí o Picasso vuelvan sobre pinturas clásicas para recrearlas es una operación estética dentro de la tradición de representación de las imágenes. Pero los pintores de la exposición “Pasiones mitológicas”, partieron de la palabra e inventaron un mundo iconográfico, un paso fundamental para su reconocimiento y libertad como artistas.

Velázquez lo transformará en un manifiesto al colocarse en la centralidad de Las meninas y desplazar a los nobles a un segundo plano.

 





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Diablos, diablitos y diablejos
Diablos, diablitos y diablejos

Diablos, diablitos y diablejos

 

En un pequeño pueblo francés, madame Husson, viuda, piadosa y rica, siguiendo la moda de París, resolvió otorgar un premio a una doncella virtuosa. Lo consultó con el párroco, quien concordó y le ofreció una lista de candidatas. Ninguna pasó por la investigación de la empleada de madame, quien junto con las compras diarias, rastreaba el historial ─mejor el prontuario─ de las postuladas. Madame, comentó estos resultados con el párroco y llegaron a la conclusión que “la virtud” no era exclusivamente femenina, bien podía ser masculina ─insólita versión avant la lettre del cupo de igualdad de género─. Y la elección recayó en Isidoro, hijo de la verdulera.

La fiesta de entrega del premio fue un éxito con la presencia del alcalde y autoridades locales, la guardia nacional y su banda. Isidoro, ─de allí en más “el doncel de madame Husson”─ vestido de blanco con un collar de rosas, recibió los quinientos francos de oro y, del brazo de madame fueron al banquete, en su honor. Isidoro, de costumbres hasta ese momento austeras, comió todas las delicias y bebió, todos los vinos y licores, ofrecidos, sin saltear nada. Ya en casa, mientras se le aventaba la borrachera, cayó en la cuenta que en un bolsillo tenía el premio de quinientos francos oro, los contó. Salió, fue hasta el centro del pueblo, subió a la diligencia que iba a Paris y desapareció. Volvió meses después y, siempre borracho, murió en un zaguán del pueblo.

Años después, de Guy de Maupassant, Manuel Mujica Lainez, volverá a recontar esta historia en El viaje de los siete demonios; la circunstancia es similar, Belcebú, el demonio de la gula, deberá tentar a don Antonino Robles, beato piadoso que pasaba el día orando y manteniéndose de las pitanzas que le acercaban sus vecinas; el lugar: La Paz, Bolivia, en 1865. Los siete demonios usan sus artes para invitar al dictador Melgarejo, que se hallaba en un festejo en la Plaza Mayor, y llevarlo a la casa de don Antonino, donde Belcebú ha preparado el banquete. Luego de hesitar ─poco─ al amparo de sus rezos, Antonino Robles, en compañía de Melgarejo y su escolta, sigue los pasos de Isidoro: come y bebe todo lo que puede y se repite hasta el hartazgo. Cumplida la misión, los siete demonios se retiran y Lucifer, jefe de la expedición, concluye que don Antonino no había pecado antes por falta de posibilidades; lo mismo que “el doncel de madame Husson”. La moraleja de los dos relatos es que virtuoso, o virtuosa, no es quien no cae en manos de los pecados capitales, sino aquel que, habiendo caído, es capaz de sobreponerse a su dominio.

Se dice que fue santo Tomás de Aquino quien enlistó los siete pecados capitales asignándole un titular a cada uno: la Soberbia, Lucifer; la Ira, Satanás; la Avaricia, Mammon; la Lujuria, Asmodeo; la Gula, Belcebú; la Envidia, Leviatán; la Pereza, Belfegor. Mi primera conclusión es que Santo Tomás se quedó corto al relevar pecados, agrego uno imperdible: Schadenfreude, placer o alegría ante la humillación, sufrimiento, o desgracia de los demás, no soy experto en demonología ni en santorales, y no puedo asignarle su correspondiente demonio.

La presencia del Diablo, en acordes mayores y evidentes, es parte de la literatura y el cine, en todos los registros posibles, de excelente a pésimo. Sin embargo la presencia de los siete demonios, de manera artera, se diluye en toda la literatura; empezando por mi candidato, Schadenfreude quién, como un camaleón se oculta entre las páginas de la Poética de Aristóteles, cuando expresa que el desenlace de la tragedia provoca en el espectador una catarsis o efecto purificador en los espectadores ─supuestamente los hacía más buenos o menos malos─. Goethe en su interpretación de la Poética, sostiene que el público no acude a los espectáculos trágicos para aprender los arcanos de la condición humana, sino para divertirse; detrás de esta reflexión aflora Schadenfreude.

En El diablo cojuelo (1640) Luis Vélez de Gevara, anticipándose a Guy de Maupassant y Manuel Mujica Lainez, nos cuenta las aventuras del estudiante Cleofás Pérez Zambullo quien, huyendo de la justicia, se oculta en el desván de un nigromante y astrólogo que tiene al Diablo Cojuelo encerrado en una redoma. El Diablo Cojuelo le cuenta que los expulsados del cielo luego de la rebelión fueron decenas, pero él fue el primero, y el resto le cayó encima, de resultas quedó cojo y con pocos dientes. Cleofás rompe la redoma, lo libera y éste, agradecido, lo lleva por los cielos levantando los tejados de Madrid, Sevilla y otras ciudades, para que el estudiante aprenda miserias, engaños y verdades nunca dichas de sus conciudadanos.

El bien, o la ausencia de maldad, no influyen en la historia de la narrativa; tampoco mucho el amor, campo más bien reservado a la poesía. Buenos y malos, villanos, felones, mentirosos, ladrones dan el sustento para la trama de relatos y novelas, cada uno con su propia ética y sentido del honor, como dijo Hemingway refiriéndose a España: “tierra del honor: lo tienen, toreros, almaceneros, comerciantes, prostitutas y ladrones; simplemente varían los puntos de vista”. Ya en el exclusivo mundo de las y los elegantes, la alta costura y los desfiles de ropa, por el cine sabemos que El diablo viste a la moda (The Devil Wears Prada, 2006) y que muchos venderían su alma por lograrlo. El hábito hace al monje, por estas razones el diablo, y sus demonios, siempre aparecerán donosos, elegantes, intachables, vestidos a la moda por los mejores sastres y de níveas sonrisas. La excepción: el desdentado y contrahecho Diablo Cojuelo, apoyado en las muletas y marcado desde su atributo ─el sufijo “uelo”, un diminutivo que agrega un color despectivo, no es lo mismo ser ladrón que ladronzuelo, bribón que bribonzuelo ni escritor que escritorzuelo.

Pero, detrás de toda obra literaria aparece alguno de los siete demonios, diablos, diablitos y diablejos, y, mucho más omnipresente, el Diablo Cojuelo, levantando tejados, abriendo recámaras, revelándole al escritor verdades ocultas, engaños, y miserias de los humanos. Empezando por el escritor mismo, que si tuviera vocación de santo, buscaría otro oficio.

 





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De proverbios y citas
De proverbios y citas

Un proverbio de Louisiana en lengua creole dice: “El agua dormida mata gente” (Dileau dourmi touyé dimounde), versión concisa de nuestro: “Del agua mansa me libre Dios, que de la brava me libraré yo”. En ambos casos, aluden al peligro que ocultan las aguas calmas de los ríos ya que suelen encubrir en sus fondos hoyas y remolinos. Ya en otra lectura, ambos refranes advierten sobre las personas calmas que, a menudo, enmascaran, como el río, aparentemente tranquilo, carácteres sumamente irascibles y violentos.

Paul Groussac, en un trabajo sobre refranes castellanos nos anoticia que nuestro idioma es el más prolífico y variado en proverbios y adagios y ese espíritu, de antigua solera, se remonta a la recopilación del marqués de Santillana, Refranes que dizen las viejas tras el fuego, publicada en 1508 ─leí una antología en mis años de secundaria, fue el germen de mi pasión por los refraneros─. Esta afinidad de nuestro idioma con los proverbios se entrevé en textos fundantes de nuestra literatura que son, a la vez, antologías de refranes; en una breve reseña: La Celestina, el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Don Quijote de la Mancha, El Criticón y, ya más cercano a nuestro tiempo, la obra de Perez Galdós. Una herencia que nos dejaron los españoles ha sido la afinidad, el cultivo y la pasión por crear nuevos refranes, que nos hermana, en las tres Américas hispanohablantes, de Argentina a México, y esta pasión nos fue legada junto con el idioma, como reflexionó Pablo Neruda: “Qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”; yo agregaría: “y los proverbios”.

Casi siempre un refrán es el resumen de una historia, o una historia condensada en una sentencia ─como la moraleja de una fábula─ de allí su difusión en todas las culturas; y a veces ni siquiera es necesario el refrán completo, basta con una alusión al mismo. Hace años, a raíz de alguna barbaridad de las que acostumbraba a decir el presidente Sarkozy, uno de sus adláteres, intentando mejorar lo que había dicho ─por estos andurriales se acostumbra a decir: “lo citaron fuera de contexto”, o “me citaron fuera de contexto”─ lo terminó de enterrar. Un periódico satírico aclaró que esta ayuda había sido para Sarkozy “el adoquín del oso” (le pavé de l’ours). Luego de varias vueltas caí en la cuenta que hacía alusión a la moraleja de una fábula de Lafontaine: un oso solitario y tonto empieza a seguir a un viejo jardinero, igualmente solitario, y se dedica a espantarle moscas y mosquitos, una tarde que el jardinero dormía la siesta recostado a la sombra de un árbol, un mosquito se posa en su nariz, el oso no puede espantarlo y, desesperado, agarra un adoquín (pavé) y lo estrella contra la nariz, mata al mosquito y al jardinero; la moraleja: “nada es más peligroso que un amigo ignorante, más valdría un enemigo sabio”.

A propósito de adoquines y proverbios, muchos son comunes a varios idiomas así “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” tiene sus equivalentes en inglés y francés, otro tanto pasa con “aves de la misma pluma vuelan juntas”. Muchas veces, un proverbio cambia de sentido al ser reinterpretado o recontado, así el agresivo “ave de paso cañazo”, que alude al forastero al que se puede estafar impunemente, cambió por nuestro amigable “de paso, cañazo”, que alude al hecho de que, cuando se realiza un trabajo o conciliación, se aprovecha para arreglar otros desperfectos o falencias.

Muchas veces los proverbios y las citas se hermanan o amanceban ─¿qué otra relación que no sea “ilegítima” o “clandestina” pueden tener entre ellos?─. Por eso, aparte de proverbios colecciono citas; en el caso de películas, muchas de ellas se pueden resumir en una sucesión de breves citas, así pasa en Casablanca, de la que atesoro dos. La primera, cuando el comisario Louie le pregunta a Rick por qué había ido a Casablanca y la respuesta: “Por el amor de dios, ¿qué lo trajo a Casablanca? / mi salud, vine por las aguas (termales) / ¿aguas, qué aguas?, estamos en el desierto / me informaron mal”. La otra, la del final cuando Rick se aleja con el comisario: “Louie creo que es el comienzo de una bella amistad” (Louie, I think this is the beginning of a beautiful friendship). De manera análoga, en El Padrino hay una que se repite un par de veces en boca de Don Corleone: “Le voy a hacer una propuesta que no podrá rehusar” (I'm gonna make him an offer he can't refuse) y que vibra en la misma frecuencia de un proverbio que singla los mares literarios de Refranes que dizen las viejas tras el fuego, Guzmán de Alfarache y Don Quijote de la Mancha: “Dádivas quebrantan peñas”.

Luego de la lectura que hicimos en la secundaria de la antología del marqués de Santillana, empecé un juego ─mejor, ejercicio literario─ cuya práctica mantengo hasta hoy, y es cambiar o cruzar los sentidos de un refrán, la primera experiencia fue con: “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía” y “en casas de herrero, cuchillo de palo”, de donde surgió “en casa de herrero, hasta el santo desconfía”; años después, hojeando libros en la mítica librería The Strand en Nueva York, vi un cartel con una reflexión de Mark Twain donde me había ganado de mano: “El camino del infierno está empedrado de proverbios” (The Road to Hell is Paved with Proverbs). Pero, siglos antes, Mateo Alemán nos ganó de mano a los dos en su Guzmán de Alfarache.

Un viejo proverbio español dice, refiriendo a los suertudos: “Cuando Dios nos quiere bien, la perra nos pare lechones”, entendiendo que el colmo de la buena suerte de un campesino español es tener muchos cerdos. Dice Guzmán de Alfarache: “A nosotros los pobretos, la cerda nos pare gozques”; o, como diría Gracián en Agudeza y arte de ingenio: “Inútilmente dan gritos, sujetos mal escuchados, que el que ha de ser desdichado, entre los remedios muere”.

 





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