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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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14 Galeria Danilo Albero Vergara, moderador de "El enigma Di Benedetto", 46 Feria 2022, 1 mayo.
15 Galeria Carlos Dámaso Martínez, Jaime Correas, Danilo Albero, 46 Feria del libro
16 Galeria Danilo Albero y Ana María Shua, 46 Feria del libro 2022, 28 abril inauguración
17 Galeria Nelly Espiño, Danilo Albero, María Rosa Lojo, Silvia Plager, 46 Feria del libro 2022
18 Galeria 46 Feria libro 2022, 28 abril, inauguración, Danilo Albero y Gustavo Nilsen
19 Galeria 46 Feria libro 2022, 28 abril, inauguración, Danilo Albero y Nelly Espiño
20 Diario de marear Relictos y derelictos
21 Notas de Joe Turner Hipocondría y humor negro
22 Diario de marear Rastas amarillo intenso
23 Notas de Joe Turner Voladores, ictiandros, somormujos
24 Diario de marear Flaubert, derivas y diacronías
25 Notas de Joe Turner Traidores
26 Homo legens Fásmidos y pairedolias
27 Diario de marear Recuerdos y un satori
28 Notas de Joe Turner Sesgo de supervivencia
29 Homo legens Cachipún o parinoni
30 Diario de marear Acuaterrario

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Balas de plata
Balas de plata

Mi primera incursión en el mundo de los vampiros fue a los seis años, de vacaciones en Santiago de Chile. Una historieta en blanco y negro; un cowboy que, al caer la noche pide refugio en un lujoso rancho, lo recibe una bella mujer quien, luego de invitarlo a cenar, le ofrece un cuarto para que descanse. Al salir cierra la puerta con llave. Desde el lado de afuera, le dice que es una vampira y que, más tarde, volverá porque será su hora de cenar. El héroe sabe que a los vampiros se los mata con una estaca con la punta de plata clavada en el corazón, no tiene estaca pero en el cuarto hay una jarra de plata. Con su puñal labra un proyectil usando el mango de la jarra y reemplaza con este el plomo de una bala de su revólver; cuando la puerta se abre, se acabó la historia.

No pasó mucho tiempo, para enterarme que la historieta era algo falsa; las balas de plata no funcionan con estos hematófagos vivos después de muertos; contra ellos son efectivos ristras de ajos, estacas de madera con la punta aguzada, rosarios y cruces, estas últimas son mucho más simples todavía; el cowboy podría haber roto una silla y hacer una cruz con trozos de las patas. Las balas de plata son letales para otros monstruos nocturnos, comunes a muchas culturas ─y con versiones mucho más ricas que la del conde vinchuca macho de dos patas que vino de Transilvania─: los hombres lobo. Los hombres lobos, llamados lobisones en Iberoamérica, loup-garou en la América francófona y werewof en la angloparlante, aparecen las noches de luna llena, hora de la metamorfosis.

La primera alusión literaria a hombres lobos que conozco es del siglo I antes de Cristo; la comedia Asinaria, de Plauto. En el acto segundo, el mercader, a propósito de una transacción que no ve clara, le dice a Leónidas ─uno de los buenos que lo termina estafando─: “A pesar de todo, no me convencerás a que confíe mi dinero a un desconocido como tú. Cuando no se le conoce, el hombre es un lobo, no un hombre, para con el hombre”. De aquí surge el proverbio ─sin duda de origen anterior─ “Homo homini lupus”.

Ya con el cine, mi relación fue mucho más frecuente con hematófagos de frac que con hombres lobo. De los dos géneros de películas rescato una de cada uno, las dos con matices cómicos, que rompen con el canon de terror, y que vuelvo a ver cada tanto en canales culturales de televisión: La danza de los vampiros de Polanski (1967); y Lobo con Jack Nicholson quien, como es de esperar, cuando le viene la viaraza licantrópica aún sin pelos ni hocico lobuno es mucho más lobo que el lobo más pintado.

El paso de los lobos al lenguaje usado en comentarios y reflexiones de periodistas, políticos y estadistas es la expresión “bala de plata”, como sinónimo de solución a un problema para una causa justa. La historia empezó con un famoso justiciero: el Llanero Solitario, el héroe de Felipito, el amiguito de Mafalda.

El Llanero Solitario es viejo conocido, devoré sus historias en revistas mexicanas. Era un ranger de Texas, dado por muerto por los malos, junto con su patrulla, fue rescatado por un amigo de la infancia, un piel roja vestido de nativo americano, vincha y pluma incluida, que lo llama kemo sabay (amigo fiel). En contrapunto kemo sabay tiene un atuendo bastante vulgar y bizarro: ropas celestes, sombrero blanco; guantes, botas, pañuelo al cuello y antifaz negros. Su caballo se llama Silver y usa balas de plata, en razón de que jamás tira a matar a los malos, los hiere para que la justicia se haga cargo de ellos. De allí su gesto al final de cada historieta, sobre una colina, el caballo rampante, el Llanero Solitario con el sombrero en la mano y su famoso grito de batalla “Yahoo Silver, a luchar por la justicia”.

A su vez las balas de plata de kemo sabay, tienen tatarabuelo, en el cuento “Los dos hermanos” de los hermanos Grimm. Mellizos que son excelentes tiradores; en un momento se separan prometiendo volverse a ver. Al tiempo, uno de ellos recibe la noticia de que su hermano ha sido petrificado por una bruja; va en su busca y esta lo espera arriba de un árbol, le advierte que es inmune a las balas, lo cual resulta cierto, pero el tirador reemplaza el plomo por botones de plata, lo que da origen al final feliz del relato. Así tenemos hoy la expresión “bala de plata” como una solución segura, simple e instantánea para un problema aparentemente intratable o insoluble.

Recuerdo la primera vez que escuché esta expresión, a finales de septiembre 2003, a raíz del atentado de las Torres Gemelas, la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Condoleezza Rice, dijo una frase que resonó en todo el mundo: “There was no silver bullet that could have prevented the nine eleven attacks” (No hubo bala de plata que pudiera haber evitado los ataques del nueve once).

Otro término ─anterior a la expresión de Condoleezza Rice─ relaciona la balística con fines médicos, pero acuñado en alemán: “zauberkugel” (bala mágica); acuñado a principios del siglo pasado por el premio Nobel Paul Ehrlich, refiere a fármacos que actúan de forma específica contra algún patógeno sin ocasionar daños en otras células del enfermo. Paul Ehrlich desarrolló, un derivado del arsénico que llamó “Compuesto 606” que resultó eficaz para combatir la sífilis y el precursor de la quimioterapia; su conclusión fue: “Debemos aprender a disparar a los microbios con balas mágicas".

Mi bala de plata favorita es el sobrenombre del rey, ─perdón, emperador─ de los cócteles, el dry martini. Brillante y frío como una bala de plata, seco y contundente como una puteada blasfema. El dry martini, tiene gin, con una gota de vermut blanco y seco ─Churchill sostenía que bastaba con que un rayo de sol atravesara la botella de vermut e incidiera en la copa─. La mezcla debe ser revuelta con mimo en vaso mezclador, nada de agitarlo en coctelera y de esto sabía Ian Fleming quien hizo que James Bond lo pidiera “stirred not shaken”; algún guionista de la primer película de la saga ─con toda seguridad abstemio─ que no tenía la mínima idea del asunto lo cambió por “shaken not stirred”. La mezcla va servida en una copa con dos aceitunas verdes ─yo uso cuatro─. Y un twist de cáscara de lima.

Cóctel literario si los hay y cosmopolita. Actor principal en muchas películas a la hora de escenificar cócteles mundanos.

Y una excelente inspiración que éste sábado me llevó a escribir sobre balas de plata.

 

 





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Otros viajes
Otros viajes

El Romance de Alejandro, escrito por el poeta español Juan Lorenzo Segura de Astorga a mediados del siglo XIII, es una versión de Li romans d'Alixandre, del escritor normando, Alexandre de Bernay, quien, a su vez, se habría inspirado en Vidas y hazañas de Alejandro Magno, escrita nueve siglos antes, por un autor cuyo nombre da la genealogía de esta saga, Pseudo Calístenes.

Poco se sabe de vida y obra Pseudo Calístenes, sólo que nació en Alejandría a principios del año 300, que nunca viajó más allá de los límites de Egipto y no era un escritor culto ni refinado, pero su libro ─o versiones y adaptaciones de él─ fue traducido al griego, árabe, persa, hebreo, inglés, turco, etíope, español y francés.

Vidas y hazañas de Alejandro Magno fue escrita siete siglos después de la muerte de Alejandro Magno, lo cual da una idea del peso de la trayectoria de las conquistas del macedonio en el imaginario colectivo de Europa y Asia. Y la razón del nombre de su autor es que Calístenes de Olinto, el auténtico Calístenes, a quien ─para diferenciarlo del Pseudo Calístenes─ podríamos llamar “Vero Calístenes”, fue el tutor de Alejando Magno y lo acompañó en sus conquistas.

Más allá de la historia de este relato, y las derivas de originales y versiones de versiones, Vidas y hazañas de Alejandro Magno tiene una similitud con las aventuras de otro viajero que demoró diez años en volver a Itaca, y quizás sea el mérito y la razón de su trascendencia literaria. Porque Vidas y hazañas de Alejandro Magno además de ofrecer una imagen idealizada de Alejandro Magno a un público ávido de relatos fabulosos y a tierras extrañas, también nos presenta ─y de alguna manera crea─ un arquetipo y un tópico literario: el viajero a la procura de conocimientos y saberes y no un comerciante, conquistador o emigrante en busca de mejores condiciones de vida.

Así, el Romance de Alejandro de Juan Lorenzo Segura de Astorga, tiene dos pasajes dedicados a viajar por geografías no accesibles a los contemporáneos del protagonista: el fondo del mar y el cielo. En ambos casos, el motivo es una simple curiosidad intelectual, veamos las razones: “Dizen que por saber que fazen los pescados / commo uiuen los chicos entre los mas granados / fizo cuba de uidrio con puntos bien çerrados / metio-s’ en ella dentro con dos de sus criados” (Dicen que por saber qué hacen los pescados / cómo viven los chicos entre los más notables / hizo cuba de vidrio con juntas bien selladas / se metió en ella con dos de sus criados); y: “Alexandre el bueno podestat sin frontera / asmo una cosa yendo por la carrera / commo aguisarie poyo & escalera / por ueer todo’l mundo commo iaz o qual era” (Alejandro el bueno de potestad ilimitada / ponderó una cosa yendo por el camino –andando– / como proveer poyo o escalera / para ver todo el mundo como existe tal cual era).

Pseudo Calístenes tuvo antecedentes en la literatura griega y latina prolífica en viajes por distintos motivos: con el objetivo de una búsqueda, Jasón; como víctima de circunstancias adversas, Odiseo; o en busca de un nuevo destino para su pueblo, el troyano Eneas. Pero además, el regreso de Odiseo agregará una variante a los riesgos del viaje, la del naufragio o llegar a tierras desconocidas como consecuencia de una tempestad, pueden ser los vientos liberados de los odres de Eolo, La Tempestad de Shakespeare, o el huracán que llevó al ingeniero Cyrus Smith y a sus compañeros a 12.000 kilómetros de Virginia en La isla misteriosa de Julio Verne.

Más allá de estas premoniciones y anticipos literarios de más de veinte siglos, el hombre debió esperar 1400 años al intento de Alejandro en Vidas y hazañas de Alejandro Magno para ver el mundo desde los aires, cuando dos franceses hicieron el primer viaje en un globo de aire caliente en 1783, invento de los hermanos Montgolfier; y hasta 1819 para poderse desplazar por el fondo del mar con una escafandra, inventada por Augustus Siebe; hasta 1961 para el primer viaje al espacio y ocho años más para poner el pie en la luna.

En este largo periplo, cambiaron las motivaciones de los viajeros literarios, entre otros: estados de ánimo o enfermedades que requieren convalecencia; tal el caso de Ismael en Moby Dick (1851), víctima de una fuerte melancolía cuya única opción fuera del viaje por mar era “la pistola y una bala” y el no ficcional viaje  de Richard Henry Dana quien, para recuperarse de una escarlatina que casi le hace perder la visión, emprendió un viaje como marinero desde Boston a California ida y vuelta vía Cabo de Hornos y que nos dejó el imprescindible Dos años al pie del mástil (1840, Two Years Before the Mast).

También los hay quienes viajan ─y han viajado─ huyendo de hambrunas o miserias, estas de macabra contemporaneidad, entre otras: pateras o gomones intentado cruzar el Egeo y el Mediterráneo, o espaldas mojadas intentando llegar a la ribera norte del Río Bravo. Emigraciones que tuvieron un antecedente en cifras difíciles de superar hasta el día de hoy con la “gran hambruna irlandesa” de mediados del siglo XIX, de resultas de la cual Irlanda pasó de casi nueve millones y medio de habitantes a los casi siete que tiene en la actualidad.

Hoy en día los viajeros han reducido las posibilidades de transformar sus derivas en aventuras; los mayores riesgos que acechan son huelgas imprevistas de transporte o una cuarentena por brote de COVID u otra enfermedad contagiosa en un megagrucero ─más parecidos a cargadores de containers que a los veleros de Richard Henry Dana o Ismael─. También están las variantes imaginables de “turismo aventura”, de reservas accesibles por Internet, tarjeta de crédito mediante, donde surgen otros riesgos como vino blanco tibio con el pescado o que falte nuestro postre favorito.

Hay otros viajes, los de las estantes de la biblioteca, uno de los más mentados Viaje alrededor de mi habitación (Voyage autour de ma chambre, 1794) de Xavier de Maistre, y un favorito de mi infancia, recuperado hace un par de años en una búsqueda por Internet, Un paseo por la casa (escrito en vísperas de la Segunda Guerra mundial) de M. Ilin, un ingeniero ruso. El libro está dividido en seis estaciones, ya que no capítulos, donde cuenta la historia de los objetos y comodidades de la vida cotidiana: desde la cocina al armario del dormitorio, desde el tenedor hasta la ropa de lana. Pero, si se lo presto a mis sobrinas para que lo lean, requeriría de una guía de viaje.

Porque hoy en día los relojes analógicos y de cuerda, el lechero que hace su entrega todas las mañanas, el correo y las estampillas y las ollas enlozadas sólo son visibles a través de otras ventanas; y luego de voluntarias búsquedas. Las ventanas de Windows.

 

 





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Tiene dientes y los muestra
Tiene dientes y los muestra

Busco un libro de Carl Sagan a la pesca de una referencia, diez centímetros más adelante, junto a The Catcher in the Rye, el único remanente de mis lecturas infantiles y adolescentes de Salgari, pero una edición comprada de adulto: Los tigres de Mompracem. Lo hojeé buscando las partes que me impresionaron y, ─como diría la canción de Rubén Blades: “La vida te da sorpresas / Sorpresas te da la vida”─, di con el pasaje en que Sandokán y el dayako Inioko se enfrentan con un tiburón, para mala suerte de éste.

Ignoro las razones que me llevaron a esa búsqueda, aunque soy consciente de que Los tigres de Mompracem fue mi primer encuentro literario con ese predador, del cual no hay muchas referencias en las artes y las letras ─incluido el tiburón en formol del olvidable Damien Hirst─. Pero el tiburón de Salgari no era uno común, recuerdo que en el texto de mi primera lectura era algo así como un “zigaene también llamado pez martillo o balance fish”. Para mi sorpresa esta versión sólo hablaba de “tiburón” a secas; confiado en mi memoria busqué por Internet otra edición, mi recuerdo no me había engañado: era un zigaene.

Para motivarme en esa deriva por el océano de la Internet puse como música de fondo el impactante tema de la película de Spielberg Tiburón (Jaws, 1975), el resto es tan olvidable como la novela de Beanchley y la obra de Damien Hirst. En esa búsqueda aparecieron de las profundidades abisales otros encuentros con escualos.

El primero fue una caricatura de Charlie Brown, en dos cuadros coincidente con el éxito de la película Tiburón: en el primero, Woodstock el pajarito amarillo de la historieta, visto de perfil, se zambulle en el bebedero del jardín, pero por detrás y de frente aparece Snoopy con la boca abierta y mostrando los dientes al tiempo que grita “¡Jaws!”; en el segundo cuadro Snoopy palmea la espalda a Woodstock que, con las plumas erizadas, no para de tiritar al tiempo que le dice “Tranquilo, fue solo una broma”.

Las escualos que siguieron afloraron de mi primer viaje a Boston, en el New England Aquariun vi un zigaene pequeño, un poco más largo que los dos hombres rana que, desde el fondo, abrían una bolsa de red y sacaban trozos de carne para alimentar a los peces carnívoros. El otro fue un cuadro en el Boston Fine Arts Museum, Watson y el tiburón (Watson and the Shark, 1782) de John Singleton Copler, el óleo registra un hecho real. En 1749, a los 14 años Brook Watson, joven aspirante a oficial de marina, fue atacado por un tiburón en el puerto de la Habana, de resultas, perdió la pierna derecha, lo cual no le impidió continuar su carrera militar un par de años, posteriormente tuvo una regresión mimética; se retiró de la armada y resultó ser un escualo de los negocios, banquero exitoso y miembro del parlamento.

Para la RAE tiburón tiene tres acepciones, la primera es la conocida, las otras dos hacen al mundo de las finanzas: “Persona que adquiere de forma solapada un número suficientemente importante de acciones en un banco o sociedad mercantil para lograr cierto control sobre ellos” y “Persona ambiciosa que a menudo actúa sin escrúpulos y solapadamente”. Estas dos definiciones llevan a otra entrada de la RAE, tiburoneo: “Actuación propia de un tiburón en las finanzas”. Fue el tiburón Brook Watson quien le encargó el cuadro a John Singleton Copler, para dejar constancia del incidente que lo catapultó al mundo de las finanzas y la política. Además la pintura tuvo el mérito de ser el primer registro pictórico que deja constancia de un acontecimiento que llamó la atención de la prensa y se anticipó en 80 años al insuperable La balsa de la Medusa de Gericault.

Luego aparecieron los tiburones que se comieron al marlín del viejo Santiago, los menos exitosos de Moby Dick, liquidados a arponazos por los marineros del Pequod cuando intentaron comerse a una ballena muerta a la espera de ser faenada. Otro fue ensartado por el arponero Ned Land, quien le salvó la vida al capitán Nemo, cuando defendía a un pescador de perlas en el mar de Ceylán. Vinieron luego los escualos de James Bond, que le comieron una pierna y una mano a Felix Leiter en Vive y deja morir, y luego reaparecen en Operación Trueno, cuando intentan meterse debajo de la red de camuflaje que tapa en el fondo del mar un avión con una bomba atómica y los cadáveres de los pilotos.

Pero mi tiburón favorito es el de Moritat, la canción de Mackie Navaja en La ópera de los tres centavos. Ese tiburón tiene dientes que se ven en su cara y dejan rastros de sangre, pero el cuchillo de Mackie nadie lo ve y tampoco tiene rastros de sangre porque él usa guantes. La música y la canción tienen su miga y sus derivas porque muchos cantantes y compositores han sucumbido a su llamado y su canto ─ya que no de sirenas, de tiburones─ entre otros: Chico Buarque, Frank Sinatra y Louis Armstrong.

Pero el giro en la historia lo da Pedro Navaja de Rubén Blades, quien nos da la biografía del asesino; sabemos que Pedro Navaja lleva lentes oscuros para que no sepan hacia donde mira y las dos manos en el bolsillo de su gabán para que tampoco sepan en qué bolsillo lleva el puñal. El resto de la historia es conocida. Como Pedro Navaja muchas historias que se nos aparecen en la hoja en blanco nos atrapan, nos atacan y resultan una sorpresa por aquello de: “Pedro Navaja, matón de esquina…Valiente pescador, pa'l anzuelo que tiraste / En vez de una sardina un tiburón enganchaste”.

Sólo nos queda, como Sandokán o el capitán Nemo, pelear contra los escualos aún a riesgo de perder todo, como el viejo Santiago. Siempre confiando en que, desde la oscuridad de la historia que no cierra, resuene la voz aguardentosa del afortunado borracho por aquello de: “La vida te da sorpresas / Sorpresas te da la vida”.

 





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El western goza de buena salud
El western goza de buena salud

Desde niño fui fan de los westerns; con certeza fue para alguna insoportable clase de lengua y cultura latina ─o griega─, en años de la facultad, que me hice una escapada al cine para ver Sol rojo. Nunca tuve nada contra las lenguas clásicas, sí en contra de los profesores de la facultad, una horda de reaccionarios de manual; por lo tanto, en vez de padecerlos tres veces por semana, en la carrera de letras, opté por cursar lo mínimo y rendir lenguas clásicas, libre. Con el tiempo me arrepentí, tres latines y tres griegos rendidos en esas condiciones me aportaron seis cuatros en mi promedio ─la nota máxima que les colocaba a quienes rendían como libres.

Sea como fuera, Sol rojo, fue una revelación y, en ese momento, una decepción. Revelación porque es un western comme il faut, con bandidos, asaltos a un tren e indios; decepción porque aparecieron guerreros samuráis, uno de ellos, Toshiro Mifune, con los créditos a la hora de caracterizarlos. Aunque, en realidad, no me debió sorprender, ya que por aquellos años estábamos preparados para esa revolución del género, gracias a cineastas italianos que recrearon pueblos del far west en España en más de cien películas del llamado western spaghetti. De ellas, El bueno, el malo y el feo (1966) con la inolvidable banda sonora de Ennio Morricone, marcó mi universo cinéfilo y literario, aunque sin contar el mundo de las historietas; hasta Julio Verne y Emilio Salgari fueron seducidos por el wild west, asaltos a trenes y ataques de indios, embrujo al que no fue inmune James Joyce, quien menciona las historietas de cowboys en un cuento de Dublineses. La historia del género tiene su miga y tradición.

Hasta finalizada la Guerra Civil (1861-1865) ningún colono europeo había intentado llegar más allá de la frontera natural con los nativos de las grandes llanuras: la cordillera de los Apalaches. Mientras que, hacia el sur, cuando los españoles avanzaron por las grandes llanuras de Norteamérica, comprendieron de inmediato que en esas extensiones no había recursos explotables ─oro y plata─ además que sus nativos no eran ─ya que hablo de cowboys─ de arrear con las riendas; eran belicosos, difíciles de conquistar y amantes de las peleas. Vivían entrenándose para la caza y el combate, no se adaptarían a la vida en ciudades o la agricultura y, mucho menos, a la servidumbre. De los escasos contactos que tuvieron los españoles con los indígenas norteamericanos, conocieron los caballos, aprendieron a cabalgarlos y los usaron para saquear tribus enemigas y colonos.

Además, la escasa presencia de la ley facilitó violencias y desmanes, los ganaderos se transformaron en cowboys para luchar contra los indios y cuatreros; tomaron atuendos y prendas de los mexicanos, que a su vez, las heredaron de los españoles: sombreros, espuelas, útiles y herramientas para la ganadería. De hecho, mucha terminología que alude a cowboys y su entorno es de origen español: ranch, lariat (la reata), lasso, chaps (chaparras), bronco, cimarron, stampeede (estampida), barbecue. Ya estaban dados los elementos para el origen del western.

El género western, nació antes que el cine o la narrativa, se originó en crónicas de la prensa; con toques de fábula y sensacionalismo. Y los consumidores de esas noticias fueron los habitantes de la civilizada costa este que leían, del avance del ferrocarril rumbo al Pacifico, asaltos, cuatrerismo, tiroteos, cacerías de búfalos; y la demanda de más relatos llevó a la aparición de circos ambulantes, obras de teatro y novelas. Era, como lo narró en su monumental película D.W. Griffith, El nacimiento de una nación (1915), por lo tanto, demandó una épica propia y fundante; no tuvo su espada Excalibur o Colada o Tizona, tuvo el cuchillo Bowie, no tuvo a Babieca ni a Bucéfalo, tuvo a Trigger (gatillo) el caballo de Roy Rogers. La nueva nación encontró en el western su equivalente de La Eneida para los romanos y, antes, La Ilíada, para los griegos, y luego, poemas épicos medievales o novelas de caballería. Y en su avance cultural el género llegó al cine, se impregnó de otros géneros e influenció en otras culturas.

Porque, visto a la distancia, en el western hay un componente importante: el paisaje, pero está desierto, entonces el creador lo puebla, crea una geografía y coloca los personajes ambientados, puede ser Robin Hood o una tragedia de Shakespeare, la idea es la historia de un individuo solitario que lucha contra los malos o la adversidad. Llenar ese espacio vacío admite préstamos de otras geografías e historias y nuevas readaptaciones. La diligencia, de John Ford (Stagecoach, 1939), le debe a Bola de Sebo de Maupassant el viaje en diligencia y la prostituta despreciada por el resto del pasaje. A la hora señalada (High Noon, 1952) tendrá una versión en el espacio en Atmósfera cero (Outland, 1981), solo que ahora la historia no transcurre en el far west sino en una luna de Júpiter, y el tren que trae a los asesinos es un transbordador espacial. Outland entra en el universo western como space western. Algo semejante ocurre con Jinetes del espacio (Space Cowboys, 2000), cuatro astronautas veteranos y retirados son convocados para volver a colocar en órbita un obsoleto satélite que, descontrolado, amenaza con caer sobre la tierra.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, con la ocupación norteamericana de Japón, la influencia del western se hizo sentir en los cineastas de ese país, y Los siete samurais (1954) de Akira Kurosawa, cruzará el Pacífico para su remake en el far west con Los siete magníficos (1960). En todos los casos, cowboys y samuráis son héroes solitarios, lobos extraviados o expulsados de la manada, y no es forzado pensar que muchos de los atributos del western: guerreros que luchan para que el bien triunfe sobre el mal, o como rebelión contra la injustica, son comunes a todas las culturas. El argumento nace con la literatura y se remontar a la historia, o leyenda, de Leónidas y sus 300 espartanos contra el ejército de Jerjes, el Cid Campeador, nuestro Juan Moreira y Mate Cosido, o Robin Hood. Unos pocos espadachines ─o pistoleros─ valerosos y decididos evitan que bandidos opriman a aldeanos pacíficos y desarmados.

Sólo cambian geografías y contextos, el viejo género goza de buena salud, para siempre remozado con la frase de Clint Eastwood a Eli Wallach casi al final de El bueno, el malo y el feo. Clint Eastwood le apunta a Eli Wallach con su pistola, le tiende una pala y le dice: “You see, in this world, there are two kinds of people, my friend: those with loaded guns and those who dig. You dig”.

 

 





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Parábolas añejas, relatos nuevos
Parábolas añejas, relatos nuevos

En Retrato del artista adolescente, de James Joyce, vemos cómo, en la infancia de Stephen Dedalus, por las tardes, leía y releía un ajado ejemplar de la novela El conde de Montecristo (1845) de Alejandro Dumas y, por las noches, empezaba a construir con recortes de revistas, papel de regalo y papel dorado y plateado –envolturas de chocolates–, la cueva de oropel de la gruta de la isla Montecristo. Primero Stephen era Edmundo Dantés, en Marsella, junto a su prometida Mercedes. Terminado el decorado, Stephen se veía en París, adulto y desencantado, en el invernadero de la amada, que lo había despreciado; ahora, Edmundo Dantés es el conde de Montecristo y Mercedes es la condesa de Morcef que le tiende un racimo de uvas moscatel. En sus recuerdos literarios de infancia Stephen ya es dos: joven y adulto simultáneamente.

En el prolífico universo narrativo dos escritores del siglo XIX han dejado un par de personajes arquetipos; Víctor Hugo, en Los miserables: al inspector Javert, tenaz e implacable perseguidor de prófugos de la ley, sin cuestionarse si realmente son culpables. Setenta años después de Los miserables, en la versión cinematográfica de El fugitivo (1993), al borde de la catarata y un salto al vacío espectacular, Richard Kimble ─interpretado por Harrison Ford─ le dirá al comisario Samuel "Big Dog" Gerard ─interpretado por Tommy Lee Jones y reencarnación de Javert─ “yo no maté a mi esposa”, a lo que “Big Dog”, con las esposas en una mano, responde: “no me importa”.

Por su parte, Edmundo Dantés es todos los que, ante errores de la justicia la toman por su propia mano y se vuelven vengadores. Para la RAE, venganza (del latín vindicare, con el mismo significado) es: “tomar satisfacción de un agravio o daño”; a su vez el verbo vengar viene del latín vindicatio (reclamar justicia o castigo). En la sociedad, los jueces se encargan de que se haga Justicia, con mayúscula: la alegoría es una estatua con una balanza en la mano y los ojos vendados; pero en el mundo la Justicia suele tener un olfato increíble para detectar de qué lado están los poderosos y, como tiene los ojos vendados, suele dictar sentencia para el lado equivocado. Es allí donde se da la metamorfosis de Edmundo Dantés para lograr su reivindicación (del latín rei vindicatio = vindicación de una cosa).

Sesenta y nueve años después de El conde de Montecristo, Edmundo Dantés reencarna en Simón Fisher ─interpretado por Ricardo Darín─, alias “Bombita”, el personaje del relato homónimo de la película Relatos salvajes (2014) quien se toma la justicia en sus manos, en contra de la Justicia que ha sido responsable de que pierda su trabajo, que la hija lo desprecie y la esposa le pida el divorcio.

La justicia por mano propia nace con la tragedia griega y con Ulises cuando regresa a Ítaca. Pero no sólo la venganza: los avatares de Prometeo y Sísifo han reencarnado a lo largo de la historia infinidad de veces, con otros rostros y distintas circunstancias. También otras parábolas, como la de Gulliver, viajero que en distintas geografías es un gigante o un enano, o descubre un mundo donde los caballos se comportan como humanos civilizados y los hombres son bestias irracionales. O la demanda de eterna juventud que le fue solicitada por Eos (Aurora para los romanos) a Zeus como don para su amado Titono. Titono reencarnará en El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y, en la actualidad, en cirugías estéticas, fundas dentales y bótox. Como Titono, el paso del tiempo terminará con Dorian Gray y las cirugías estéticas, bótox y fundas dentales, transformando en caricaturas a otrora bellas y bellos que no se resignaron a envejecer con dignidad.

También, como Titono y Dorian Grey, asistimos a nuevos valores estéticos o éticos para la relevancia cultural; los funerales de Amado Nervo en México y, antes, Víctor Hugo en Francia convocaron a multitudes, que terminaron asistiendo al velorio de la otrora “mano de Dios”. Julio Cortázar, Carlos Fuentes y José Saramago fueron, con sus declaraciones ─no siempre acertadas ni pertinentes─, referentes de peso en la sociedad; y antes, con los rechazos y adhesiones que despertaron sus declaraciones y posturas: Camus y Sartre; Yo acuso de Zola sigue siendo un modelo vigente. Hoy somos espectadores de otras instancias de injusticia poética, lectores que no han transitado por La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, lapidan a Mario Vargas Llosa y su obra por ideas políticas; como otrora lo hicieron con Jorge Luis Borges, también sin leerlo, comunistas y peronistas; los unos por derechista, los otros por antiperonista.

Aunque parezca simplista, se puede afirmar que la valorización de la opinión de artistas e intelectuales se ha desplazado a la de figuras mediáticas, actrices y actores mediocres, influencers y deportistas. Youtubers, instagramers o tiktokers convocan más lectores de lo que otrora lo hacían escritores o ensayistas. Vuelvo Stephen Dedalus y a El conde de Montecristo.

Llegaba la hora de cenar, Stephen repetía aquellas palabras de Edmundo Dantés, ahora conde de Montecristo, en momentos en que su venganza está, en parte, consumada; Stephen desarma su isla con la cueva de oropel de la gruta de la isla Montecristo; mientras, guarda la utilería en una caja, se ve adulto y vuelve al invernadero de la condesa de Morcef, ella le tiende un racimo de uvas moscatel, él las rechaza con elegancia: “Señora, le suplico que me disculpe, pero nunca como moscatel”, se dice Stephen en voz alta. Lo parafraseo: “señores, no leo literatura ni ensayos de figuras mediáticas, influencers, instagramers, tiktokers ni youtubers.

Stephen Dedalus que en Retrato del artista adolescente se vio de niño y de adulto reencarnará en otra obra del autor, Ulises, de nuevo como Stephen Dedalus ─Joyce joven─ y Leopold Bloom ─Joyce viejo─. Y la novela recreará la travesía de Odiseo, ahora en Dublín en 1904, y los diez años serán veinticuatro horas. Una añeja parábola reencarna en un relato nuevo. Los dos añejos y eternos. Como la injusticia y la venganza poéticas.

Como la injusticia del Premio Nobel negado a James Joyce y a Borges.

 





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