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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

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1 Diario de marear Recuerdos y un satori
2 Notas de Joe Turner Sesgo de supervivencia
3 Homo legens Cachipún o parinoni
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Recuerdos y un satori
Recuerdos y un satori

Un amigo escritor comprovinciano, me envió por e-mail el manuscrito de su última novela. Avancé en el primer capítulo y tuve una revelación que me llevó a adelantarme una decena de páginas, ahora, leyendo de manera sesgada y salteando párrafos. La novela devela una leyenda que se contaba, de una mansión ubicada en la Avenida de ingreso, casi frente a la escuela donde hice la primaria, y por cuya vereda pasé infinitas veces durante los siete años que vivimos en esa “cuadra”; escribí entre comillas porque tenía más de cuatrocientos metros de largo, y estaba delineada por muros, que ocultaban viñedos, pequeñas bodegas y una fábrica de aceite de oliva, intercalados con casas.

La mansión, construida en las primeras décadas del siglo pasado, se levantaba en la misma vereda del conventillo en que vivíamos, tenía un frente de rejas y estaba antecedida por un pequeño parque que dejaba ver el frente con una escalera en caracol que llevaba a un mirador; de ella se decía que por sus cuartos, rondaba el fantasma de un tapiado en vida. El hecho de que, por las noches, pese a ver alguna luz en el interior, no se observaba movimiento de gente, tampoco en cualquier hora del día, añadía condimento a la leyenda que la envolvía; misterio incrementado porque, frente al garaje, a veces, se vislumbraba una reluciente cupé Studebaker roja con neumáticos de banda blanca, siempre desocupada. Sabíamos de marcas de autos y camiones porque por la Avenida de ingreso era la ruta de acceso por la que pasaban los automóviles que corrían los Premios Nacionales de Turismo de Carretera y vía de salida de camiones tanque que llevaban vino rumbo a la capital.

El primer planeo sobre el manuscrito de mi amigo produjo una colisión entre palabras, recuerdos e imágenes que, así como la pleamar reflota y trae restos desde el fondo del océano que nos hablan de un antiguo naufragio, me llevaron al cuasi relegado período de mis seis a trece años, cuando descubrí el arcano de la correspondencia entre imágenes, palabras y experiencias narradas. Fueron años de lecturas: Verne, Salgari, Stevenson, Dumas y Poe… también un momento de mi vida en que pasé gran parte de mis horas libres en bicicleta, recorriendo el inmenso barrio y sus muy distantes alrededores, casi todos de huertas, olivares y viñedos.

De manera paralela a la lectura de la novela, empecé a tomar notas de estas evocaciones y mi primer paso fue, como un detective, cuando busca huellas en la escena de un crimen, consultar en Google Maps aquellos cuatrocientos metros de la Avenida de ingreso y su entorno; fue una sorpresa. Porque si bien la vereda de la mansión continúa, ha desaparecido la fábrica de aceite de oliva y, en su lugar, hay un supermercado con el mismo nombre de la familia; al lado, donde estaba nuestro conventillo, un edificio de dos pisos, y junto a él, donde estaba la fábrica de carrocerías Blasco, un matrimonio de refugiados republicanos, cuya hija Teresa, la menor de los tres hermanos, me prestaba revistas de historietas; un chalet tipo californiano.

Pero el cambio radical fue en la vereda opuesta, desde la escuela que estaba frente a la mansión hasta poco más allá de donde estaba nuestro conventillo, en esos cuatrocientos metros han desaparecido viñedos de varias cuadras de profundidad, y trazado una urbanización de calles que avanzan hacia el norte, cortadas por otras calles. Donde con mis amiguitos habíamos paseado en bicicleta, cruzado arroyos y pescado cangrejos de río y mojarritas, hay elegantes barrios, boutiques, un colegio bilingüe, un gimnasio con piscina cubierta y un par de clínicas.

Así pensé si aquellos seis años existieron o los he inventado. Salvo por un detalle: el nexo entre lo desaparecido y lo que permanece. Porque la casona sigue en pie. Por la charla telefónica con mi amigo supe que los actuales propietarios la han restaurado y recobraron su esplendor original, desconocido cuando yo vivía en el barrio. Los años en que pasé frente a ella, fueron del dominio del cine en blanco y negro, y películas de monstruos, como el de la Laguna Negra, Frankestein y Drácula, fotonovelas, revistas de historietas donde se recreaban novelas románticas y truculentas, protagonizadas por criminales como Arsène Lupin y Raffles, también relatos de terror y misterio, que nos hacían temer antes de apagar la luz para dormirnos.

Por eso atravesar de noche frente a esa mansión, con su jardín a oscuras, donde a veces titilaba una tenue luz, nos hacía imaginar alguna puerta entornada, donde bien podía asomarse el fantasma de la víctima intentando escapar o sus victimarios persiguiéndola por el jardín. Detalles que, por la noche nos llevaban a caminar lo más apartado posible de su verja, pegados al cordón de la calzada.

Hoy, la leyenda de la casa que escuché de niño está revelada, pero su historia, me llevó a exhumar e hilvanar mis recuerdos para reunirlos en una versión definitiva, aunque ha desaparecido la geografía que los contenía ─así como la bombona resguarda un perfume─; por lo tanto, si no los encuentro deberé inventarlos. Entonces, de mis remembranzas fluirán mentiras, pero también se mezclarán con algunas verdades que son refutación de mentiras. Pero, lo más importarte, la novela me ha provocado un satori, concepto budista del instante en que se nos revela que solo existe el presente y de él nacen nuestro pasado y futuro. Y que, es el momento de empezar a fijar mis recuerdosen el papel.

Porque palabras y recuerdos vuelan, lo escrito permanece y los fija, como la historia oculta detrás de una foto, cuyos protagonistas sólo conocen sus parientes e íntimos.

 

 





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Sesgo de supervivencia
Sesgo de supervivencia

La excesiva confianza en la omnipotencia de pretensos homo sapiens puede abrir, por descuido, flancos desprotegidos donde somos particularmente vulnerables. Durante siglos la historia viene dando ejemplos de estos errores; y la literatura comienza por uno de ellos.

La amurallada Ilión cayó, luego de diez años de asedio, porque los incautos troyanos, cuando los griegos se retiraron, introdujeron en la ciudad al caballo que, simulando una ofrenda a los dioses para asegurar a los frustrados sitiadores el regreso a los hogares, ocultaba a los guerreros enemigos. La historia, con variantes, se repitió en 1453 con la caída de Constantinopla, la de tres murallas.

Hace décadas que ecólogos y biólogos advierten a los líderes mundiales del peligro que acarrea la pérdida de biodiversidad, muralla de seguridad para los humanos. El sucesivo deterioro de la biodiversidad ─entre otros, la contaminación oceánica por partículas y desechos plásticos─ hizo que muchas especies desaparecieran, dejando nichos ecológicos desprotegidos que fueron ocupados por la superpoblación de otras especies. Tal el caso de la desforestación para realizar cultivos intensivos, en algunos lugares, junto con los bosques, desaparecen grandes felinos que son cazadores de roedores portadores de patógenos; desaparecida la reserva arbórea, desaparecidos los felinos, proliferaron los roedores que ─sin saberlo, agradecidos─ se encargaron de contagiar a los desforestadores.

Siempre en el plan de modificar la naturaleza en busca del bienestar del pretenso homo sapiens, a finales del siglo pasado en Asia, algunos hábitats de murciélagos fueron destruidos y, debieron emigrar. Los murciélagos son los únicos mamíferos voladores que, además, han desarrollado un sistema inmunitario eficaz y son vectores de infinidad de patógenos, algunos de ellos peligrosos para el hombre.

El resto es historia conocida, los murciélagos eran atrapados vivos para el consumo o usos medicinales ─tan ancestrales como ineficaces─. Ahora la superabundancia aumentó la oferta del manjar, o medicamento, en los grandes mercados populares; los murciélagos contaminaron a otras especies y a sus captores. La globalización se encargó del resto. No es ningún secreto que esta pandemia la creamos nosotros.

Y somos responsables de su continuidad y afincamiento. Ahora, los países ricos, amparados en muros de vacunas, en algunos casos a razón de más de media docena de dosis por habitante, dejan desprotegida a gran parte de la población de países pauperizados, donde el virus del COVID muta en nuevas cepas, quizás inmunes, a las vacunas; y así se pasó de las dos dosis necesarias a la más insegura seguridad de tres.

Tres dosis que, como muralla, bien pueden ser tan ineficaces como, historia conocida, el encierro del príncipe Próspero en “La máscara de la muerte roja”. Ante el avance de la peste Próspero se refugió, junto con su corte, en un castillo protegido; en vano, el morbo encontró un recoveco, como los jenízaros del sultán Mehmed II ante el hallazgo de la kerkaporta.

Luego de meses de asedio, las tropas de Mehmed II, lograron ocupar el espacio entre el primer y segundo muro de Constantinopla, pronto cayó el segundo. El tercero restaba indemne; una noche, una patrulla de jenízaros, investigado los deterioros descubrieron la pequeña puerta noreste, la kerkaporta, que permanecía abierta toda la noche para permitir a los habitantes de la ciudad entrar cuando las principales estaban cerradas; pero, ahora el que entró con sigilo fue el ejército otomano; tres días después Mehmed II desmontaba enfrente de la catedral de Santa Sofía, de ahí en más: mezquita Hagia Sophia.

Ahora, las huellas del confinamiento y del teletrabajo, nuestras murallas contra el coronavirus, empiezan a mostrar las primeras grietas, aumentaron las consultas con oftalmólogos, para atender ojos deteriorados por horas de pantalla y teletrabajo ─que además, acarrean insomnios, que acarrean consumo de hipnóticos para poder dormir─, la acompañan visitas a fisioterapeutasy traumatólogos por inesperados dolores en la espalda, y a sicólogos, para sobrellevar las neurosis. De remate, pérdida de masa corporal acompañada, curiosamente, con el aumento de peso, producto del forzado sedentarismo. Cualquiera de estos disturbios puede ser una kerkaporta para nuevas cepas y solo queda acorazarnos, y aquí puede aparecer lo imprevisible.

Durante la Segunda Guerra Mundial, técnicos aliados revisaron las zonas más afectadas en la estructura de los bombarderos que regresaban luego de cada misión contra los nazis y lograron hacer un mapa de ellas: la propuesta ─lógica, puesto que eran las más afectadas─fue blindarlas o reforzarlas. Pero un matemático llegó a otra conclusión: las zonas marcadas en el mapeo eran la de los aviones que habían regresado, por lo tanto era necesario blindar las otras. A ese tipo de falacia de razonamiento se la llamó “sesgo de supervivencia”.

El sesgo de supervivencia es una falla en una argumentación lógica; falla que nos hace fijar nuestra atención y objetivos en los componentes que han superado una selección, pero ─y al mismo tiempo─ se descarta a los que no los superaron. Y este error puede llevar a que el observador, en un exceso de injustificado optimismo, tome resoluciones erróneas.

Contra las murallas triples y encierros en nuestros castillos de príncipes Prósperos, atentan inesperada kerkaportas. Contra los planteos errados que sólo se han de salvar algunos privilegiados, en desmedro del resto y del medio ambiente, el sesgo de supervivencia.

Por ahora sólo podemos esperar una tercera dosis y meditar en qué puntos deberíamos centrar nuestra atención, en estos momentos de una crisis, que amenaza instalarse definitivamente en nuestro modo de vivir y relacionarnos con nuestros familiares, amigos y semejantes. Porque este encierro no nos saldrá gratis.

Nos resta el consuelo de que el resto de la humanidad nos acompaña.

 





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Cachipún o parinoni
Cachipún o parinoni

Hace unos días,una amiga envió un breve e-mail con link de YouTube:la canción Menduco, que alude al autónimo de los mendocinos. El ritmo y letra ─hasta donde mi erudita ignorancia de música popular me permite discernir─ es un rap que enumera lugares y geografías icónicas de la ciudad y la provincia: comidas, hábitos y maneras de hablar. Por el mensaje que acompañaba al link, la letra me dejó pensando: “pese a tus negativas por volver a visitar Mendoza, nunca dejaste de ser menduco”; hechas las cuentas, sumando los ocho años en Brasil y los que llevo en Buenos Aires, he vivido más tiempo fuera de la provincia que en ella y me considero porteño del barrio de Palermo. Pero, hay vivencias que no desaparecen, simplemente se aletargan, como menduco, dos de ellas se remontan a la secundaria: una, la reflexión de un profesor, algo así como: “los mendocinos somos como las casas antisísmicas, tenemos cimientos muy fuertes y profundos”; la otra, el arrogante mote que tenía mi división en el Liceo Agrícola y ligado a nuestra futura profesión de “bachilleres fruticultores enólogos”, centrada en la actividad agrícola de la provincia, un semidesierto poblado de oasis, productos del riego artificial y el cuidado intensivo: “Dios creó el mundo en seis días, de Mendoza nos encargamos los mendocinos”.

Además, desde comienzos de la pandemia, se vienen sucediendo una serie de circunstancias, personales, biográficas y literarias, que me retrotraen a los años en que viví en la provincia; recuerdos que afloran en mis escritos, sueños, desvelos y duermevelas. Quizás los más frecuentes aparecen en los frecuentes insomnios ─peor, me duermo alrededor de medianoche y despierto cuatro horas después hasta que logro volver a dormir─ es el segundo sueño cuando se repite el comienzo que María Kodama repite, como apertura clásica de ajedrez, las raras veces que nos vemos, el de su cuento favorito: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”; en las escenografía oníricas desembarcan unánimes sueños donde estoy en Mendoza, en hechos imaginarios, pasados y futuros donde, de alguna manera, soy protagonista.

En este segundo sueño, desde esas horas de duermevela, entre las penumbras del laberinto ─ya que no del Minotauro, de evocaciones─ y la imaginación, resuenan ecos de las primeras historias que recuerdo: mi casi solitario aprendizaje a leer,entre los cuatro y cinco años, con ¡Upa! Libro para aprender a leer. Hace un par de semanas encontré un ejemplar, mucho más viejo que el que usé, en la feria de libros usados de Plaza Italia, casi ochenta años de edad y sigue contundente con sus dibujos, palabras y frases con letras mayúsculas y minúsculas; cursiva e imprenta: "papá, mamá, casa, copa"; los anagramas: "saco-cosa", "pata-tapa"; "El conejo sale de paseo en bote". Sonidos y sabores esfumados: la siringa del afilador, la corneta del vendedor de maní tostado, el altoparlante de la carreta del verdulero, los tres timbrazos seguidos del vendedor de hielo, el algodón de azúcar, las radionovelas de las seis de la tarde, los Barros Luco acompañados de Cerveza Andes en las tardes de rata en el Cap Polonio de la calle Rivadavia, las maratónicas lecturas en casa, las inolvidables pizzas de “Un rincón de la boca”, en el Mercado Central. Mi pelea con un compañerito del kínder en un recreo, acosado por sus provocaciones ─hoy le llamarían bullying─ le clavé la hoja de un pequeño limpiauñas que me había regalado mi abuela en un parietal; recuerdo la manera como lo empuñé, el nombre del apuñalado y la sensación en mi mano de la diminuta hoja al atravesar el cuero cabelludo y topar con el hueso; muy semejante al acto de dactilografiar en el teclado en estos momentos. Y siguen recuerdos, las primeras novias, los cursos de andinismo, los años en la facultad, el coup de foudre que todavía ilumina, más atrás, las conservas caseras, las competencias de remo y yudo, los años de paracaidismo y, de nuevo, más atrás, otra pandemia, de parálisis infantil, que el segundo año de escuela primaria nos tuvo a los niños casi tres semanas encerrados en casa y una palabra que era temida como el “viejo de la bolsa”: “pulmotor”; el aroma acre de las hojas secas de plátano en otoño cuando las mamás las quemaban en la vereda.También afloran las lecturas y relecturas, desde mi infancia al presente, de Las mil y una noches argentinas de Draghi Lucero que, sin saberlo por aquellos años, desde la primaria marcaron mi opción vivencial por la literatura.

Marcos, del videoclub Blackjack, me consiguió ayer los CD de las primeras temporadas serie Babylon Berlin; en un momento una showgirl, travestida en ambiguo showman, canta en el escenario de un cabaret una canción tan decadente como lo pudieron ser aquellos luminosos y premonitorios años de la República de Weimar: A cenizas, a polvo (Zu Asche, zu Staub), busqué la letra en la Internet. Y la busqué porque el estribillo, en alemán suena hermoso “Los milagros esperan hasta el final” (“Wunder warten bis zuletzt”).

De la misma manera, las coincidencias y recuerdos esperan hasta el momento final en que uno resuelve fijarlas, con un cierto orden cronológico, por escrito. Y este acto ─que en mi caso es fiel a los aprendizajes de primaria, redacto la primera versión a mano y con lapicera estilográfica o lápiz, jamás soporté los bolígrafos─me da el hilo de Ariadna para internarme en el laberinto de recuerdos y luego poder salir de ellos. Me levanto y busco Las mil y una noches argentinas, una edición facsimilar de la que leí de niño y adolescente, la de 1953, ilustrada con xilografías de Víctor Delhez. “Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”, los libros de Draghi Lucero están muy cerca de los de otro menduco, que fue amigo de la familia e invitado frecuente a cenar en mi departamento de Palermo, durante los últimos años de su vida en Buenos Aires: Antonio Di Benedetto. Estoy seguro que en mi oficina tengo los antediluvianos casettes con casi hora y media de conversación grabada con Draghi Lucero, debo buscarlos y desgrabarlos.

Eternamente menduco, sin tomar conciencia de ello, pese a unánimes sueños de los últimos meses, hasta el e-mail de mi amiga, veo que proponerse abordar, en orden, recuerdos se parece a los intentos de ganar en los juegos parinoni o cachipún; sobre éste último reflexiona James Bond en alguna novela, pero llamándolo por su nombre más conocido: “papel, piedra o tijera”. Y esa reflexión es que en “papel, piedra o tijera” hace falta la misma suerte si uno intenta ganar o perder. Lo mismo pasa con los recuerdos que, fugaces, titilan en la unánime noche hasta que uno los atrapa y fija por escrito. Porque con ese acto o se gana o se pierde.

 





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Acuaterrario
Acuaterrario

Al nombre lo relacioné de entrada con Shaka Zulú ─de quien leí la vida novelada, en historieta, de la revista El Tony─, lord of war negro, que a finales del XVIII y primeras décadas del XIX, unificó su nación luchando contra tribus y conquistadores ingleses y afrikáners; nunca supimos su apellido cuando los profesores lo convocaban. Por eso al bedel ─aunque, dadas sus múltiples funciones, mejor es hablar de “hombre orquesta”─ lo llamábamos, como el director, preceptores y docentes, “señor Chaca”; para mí “señor Shaka”. Señor Shaka tenía dos oficinas, una en el segundo patio, y otra en el edificio anexo donde era el responsable del laboratorio durante el turno tarde; en el querido y entrañable Liceo Agrícola y Enológico. Desde primer año teníamos doble escolaridad. Por la mañana entregaba el material didáctico a los profesores: escuadras, compases y transportadores en las clases de geometría, Jolly Roger ─de nuevo influencia de las historietas─, como llamábamos al esqueleto completo suspendido por la cabeza y montado sobre una plataforma con rueditas, en anatomía y al que, en horas del recreo, solíamos vestir con un parche negro en el ojo, como corresponde a un pirata de ley; y las dos joyas de la corona, en horas de física, la pesada máquina electrostática de Wimshurst y el más pesado planetario de metal.

Hacia finales de primer año compartí, con algunos compañeros de otras divisiones, jornadas de trabajo en el laboratorio con el señor Shaka, por una propuesta del profesor de zoología para armar un acuaterrario; yo tenía el mejor promedio en esa materia y fui uno de los pocos que se ofrecieron. Siguiendo una práctica de la época, los padres compraban los libros que se usarían durante el año, en las vacaciones previas al comienzo de clases; desde la primaria, tuve la costumbre de leer los manuales de historia, geografía y ciencias no bien los tenía en las manos. Así, cuando ingresé a primer año, ya había leído completa la Zoología de Ángel Gallardo, aunque entendí menos de la mitad del contenido, pero me gustó el tema. Tan entusiasmado quedé que compré un bisturí con la secreta esperanza de usarlo en alguna disección futura –quizá la razón haya sido otra, de niño me fascinan cuchillos y cortaplumas.

Nuestro acuaterrario era una combinación de acuario con una zona de tierra firme y vivero de sabandijas variopintas; tuvo de inquilinos una tortuguita de agua y un cangrejo de agua dulce, un par de lagartijas, plantitas fluviales y hierbas, algunas mojarritas, caracoles de agua y de tierra; en algún momento, el señor Shaka agregó renacuajos que vimos evolucionar, perder la cola a la par que nacían patas traseras, luego delanteras, hasta ser pequeños sapitos que ganaron su estado natural de anfibios. Pasadas las vacaciones, con la volubilidad de los años de adolescencia, el acuaterrario cedió lugar a otros intereses; pero, en los momentos en que la acaparó, resultó una experiencia iniciática, ver convivir distintas especies, interactuar, crecer y evolucionar.

En la segunda semana de primer año, a finales de la clase de física, el señor Shaka pasó por el aula para llevarse la máquina electrostática de Wimshurst, y pregunté por el acuaterrario, “los bichitos crecieron y los devolvimos al lugar donde deben estar, a finales de año armaremos uno nuevo”. Recuerdo la charla porque no terminamos la jornada de clases del turno mañana, cuando aparecieron ratas en el patio y cerraron el colegio por dos días, a la espera de que un equipo especializado con perros ratoneros rastreara los nidos. Con unos compañeros volví caminando por la calle Alberdi, por la vereda del colegio que bordeaba el canal que, salpicado de pequeños remansos e islotes de cañaverales, corría paralelo a la calzada; en avenida Godoy Cruz, tomé el troley para volver a casa y se empezó a escribir esta nota, cuyo título debería ser “Acuaterrario, la máquina electrostática y Griselda”.

En tercer año de la primaria, era la más y linda presumida de la escuela y estábamos enamorados de ella; decía que su papá era “autero” –suerte que no decía autista–, vendedor de autos usados, con que sustentaba sus vuelos de superioridad entre los compañeros, hijos de asalariados. A final de año informó que dejaba el colegio por “uno de más categoría”, dejó corazones rotos.

Feliz y alegre por los dos días de inesperadas vacaciones, subí al troley planeando llegar a casa, recoger el bolso con el equipo de gimnasia e ir al Club de Regatas a remar; me reencontré con Griselda, iba con una amiga, ambas con el ruedo del guardapolvo recogido con alfileres de gancho para hacerlo minifalda; ya adolescente y un par de tetas que prometían seguir el camino de las de su mamá, en términos cinematográficos: ubres más tirando a Anita Ekberg que a senos de Keira Knightley. Cuando la amiga bajó, se acercó y me preguntó si nos conocíamos de alguna parte, “no creo”, y no sé si tartamudeé, “le dije a mi amiga: a este muchacho lo conozco de alguna parte”, “no creo”; la miré fijo y sentí los dedos acalambrarse alrededor del pasamanos; “bueno, me bajo en la próxima, chau, ¿a qué colegio vas?”; “al Liceo Agrícola, ¿y vos?”, “al Liceo de señoritas”; se despidió con la inolvidable sonrisa de hija de “autero”. En el club, el profesor Imperiale me invitó a conformar la tripulación de un ocho largo, por mi estatura indicó que debería ir a proa “de uno o de dos, son puestos especializados porque son los encargados de mantener el equilibrio y evitar bandazos”, volví a casa y, antes de dormir, terminé con una novela que suelo revisitar, Sin novedad en el frente. Como soy razonablemente ambidextro, con el tiempo fui indistintamente uno o dos en los ocho largos.

En estos quince meses de pandemia he construido otro acuaterrario, ahora con narraciones de todo tipo: lecturas, hacer fotos durante las caminatas, tres películas semanales que saco del Video Club y un par de series de televisión que sigo con fervor de fundamentalista, clases de fotos con Ricardo –ahora por Zoom–, escribo y preparo una serie de charlas para subir por YouTube, reviso mis diarios, cuadernos y apuntes de la primaria y secundaria en busca del tiempo perdido, o para inventarlo, con una seguridad y una certeza: que “el lugar donde los bichitos deben estar” del señor Shaka, es de donde fueron enrolados, en los remansos y charcos alrededor del canal que bordeaba la calle Alberdi: como en “La carta robada” de Poe, el acuaterrario lo teníamos delante de nuestros ojos. La certeza es que las ratas las metieron de contrabando y las soltaron en el patio –los de quinto o sexto del Liceo Agrícola.

Ahora los estudiantes son más prácticos, hacen una llamada desde un locutorio y dicen que han colocado una bomba en el colegio. Y pienso que, muchas veces, todo tiempo pasado fue mejor.

 





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De piratas y falsificadores
De piratas y falsificadores

Leemos en algunos cantos de Odisea que a Ulises, en algunas de sus escalas, los anfitriones preguntan si ejerce el oficio de la piratería ─actividad aceptada por los usos y costumbres de la época─, palabra polisémica si las hay. En griego homérico, del verbo peirao (esforzarse, hacer un intento) deriva peiratés, que pasa casi sin variantes al latín pirata y de allí al español, francés e inglés. Ahora, entre los siglos XVI y XVII, cuando el auge de la conquista y saqueo de América, los ingleses se dedicaron a piratear galeones españoles y acuñaron un término para autodenominarse: freebooter, más o menos “saqueadores libres”, y esto le da a la actividad un toque empresarial, o deportivo tipo fair play, al acto de robar, por aquello de: “el que le roba a un ladrón tiene cien años de perdón”; y, como legado dejó las novelas de piratas. Aunque Ulises no ejerció el oficio de pirata, no quita que en algunas de sus escalas, él y sus hombres, se llevaran todo lo comestible, bebible y “mujeres de cóncavas cinturas”. La historia de la literatura comienza con actos de piratería y saqueos; como el de Troya, cuya toma fue precedida de un ardid: el conocido caballo, con el cual los troyanos fueron vencidos.

No se estafa a un incrédulo, todo estafado, de alguna manera, ve cumplido su deseo ─¿qué otra cosa deseaban más los troyanos sino que los griegos desistieran del asedio?─ y esto ocurre porque verdad y mentira tienen rasgos que concuerdan: el porte, el modo de andar y el gesto, las contemplamos con los mismos ojos y, una no existe sin la otra; no sólo somos débiles ante el fraude sino que lo buscamos e incitamos para que nos atrape.

Pero el saqueo de Troya nos remite a otra acepción de pirata: corsario, derivada del francés antiguo cursaire “marinero que practica la carrera, es decir la captura de buques mercantes enemigos” (marin qui pratique la course, c'est-à-dire la capture des vaisseaux ennemis marchands); el corsario es un ladrón patriota ya que es necesario un conflicto que justifique la legalización de su oficio. Casi todas las naciones se fundaron por obra de conquistadores que, a su vez, eran corsarios ─los grandes museos deben a este oficio, parte de su patrimonio─. Venecia ostenta monumentos provenientes del saqueo de Alejandría y Constantinopla ─capital del imperio bizantino que, a su vez, había saqueado ciudades para su embellecimiento─. De donde queda en claro que las obras de arte son uno de los botines más preciados de los corsarios.

La semana pasada volví a ver La noche de los generales (The Night of the Generals, 1964) de Anatole Litvak, cuya banda sonora es del mítico Maurice Jarré ─películas eran las de antes, cuando se componía la música que la acompañaba─ que, entre otras, musicalizó: El día más largo; Arde París y Lawrence de Arabia─, vuelvo a La noche de los generales. En 1942, en Varsovia ocupada, una prostituta es asesinada al estilo de Jack el Destripador; un testigo alcanza a ver los pantalones del asesino que corresponden al uniforme de un general alemán. El mayor Grau, comisario incorporado al ejército, comienza la investigación y ve que, en ese momento, hay tres generales en la ciudad, pero no puede terminar su trabajo porque es enviado a París. Ahora es 1944, los aliados se acercan a París y el mayor Grau y los tres generales vuelven a estar juntos en una misma ciudad. El general de las SS Tantz, un Peter O’Toole con una cara de degenerado capaz de asustar a Nosferatu, resulta ser el asesino y no espoileo nada porque no cuento ni subtramas ni final, a los cuadros me remito. Tantz toma dos días de licencia en un auto con un chofer y guía. En el tour, el general ─que, hasta entonces en las reuniones sociales bebía solo agua, de civil fuma como un murciélago y bebe como un cosaco─ pide visitar el Louvre, donde corsarios de tierra firmes están separando obras de arte para ser enviadas a Alemania. Entra a la sala de autores decadentes y se detiene frente a obras de Toulouse-Lautrec, Renoir y Gauguin, pero es el autorretrato de Van Gogh el que lo perturba y su cara frente a él le pondría los pelos de punta a M, el vampiro de Düseldorf; por la noche pide ir a un bar de alterne y ficha una prostituta, al día siguiente pide regresar al museo, vuelve al autorretrato y su cara ahora haría que Alien el octavo pasajero llame a los gritos a su mamá. Las dos escenas frente al autorretrato, tienen un pasaje musical de dos minutos y medio que eriza la piel. En todo caso, la escena del saqueo del Louvre remite a una película reciente Operación Monumento (The Monument Men, 2014) donde a finales de la guerra, con París ocupada por los alemanes, un grupo de oficiales aliados tiene como objetivo seguir el rastro de las obras robadas y los depósitos adonde fueron enviadas. Las dos películas remiten a la obra primigenia, la magnífica El tren (The Train, 1964) de John Frankenheimer, con final inesperado.

Los corsarios que roban obras de arte van a lo seguro: cuadros y esculturas conocidas. En la película El último Vermeer (The Last Vermeer, 2019) la historia toma otro ribete. En Amsterdam de 1946, un oficial holandés debe investigar a un pintor y marchand acusado de conspirar con los nazis y venderle, por una fortuna, un cuadro de Vermeer poco conocido, a Herman Göring, jefe de la Luftwaffe y segundo hombre más poderoso de Alemania. La sospecha que pesa sobre el pintor y marchand es que, al no poseer recibo de compra, habría obtenido esa obra de alguna familia judía en apuros, motivo por el cual se enfrenta ante los tribunales, acusado de colaboracionista, con la amenaza ser ejecutado. Y ahora si espoileo el final, porque Han Van Meegeren, el pintor y marchand, había falsificado una obra inexistente de Vermeer.

Si para Picasso: “los malos pintores copian y los buenos roban”, Hans Van Mergereen hizo las dos cosas, robó y copió, pero alcanzó el objetivo del estafador, encontró al incrédulo, Herman Göring que, de alguna manera, andaba a la búsqueda de un engaño al comprar una obra desconocida de Vermeer. Y esta historia, como la de los saqueos de obras de arte de los nazis dio pie a una serie de películas, tiene dos antecedentes literarios.

El primero atañe a Hans Van Mergereen y es comentado en El club Dumas de Pérez Reverte: la mayor frustración de un falsario es que el reconocimiento público por su trabajo implica ir a la cárcel, de allí que deberá permanecer en el anonimato de por vida. El segundo atañe a Herman Göring y está en el Martín Fierro: “Porque el zorro más matrero / Suele cair como un chorlito; / Viene por un corderito/ Y en la estaca deja el cuero”.

 





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