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Escritor Argentino

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Danilo Albero, nació en Mendoza en 1947. Es licenciado en letras, narrador y librero. Como narrador ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (1994) y Al mejor cazador (2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (1997), Jorge Newbery el señor del coraje (2003) -de cuyo título, imposición de asesor de marketing de la editorial, siempre renegó- y Variaciones Turner (2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (1993) -recopilación de 36 artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga, que incluye 9 textos inéditos-. Ha traducido del portugués a autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo y Machado de Assis y del inglés a Lafcadio Hearn (a publicar en 2016).

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, organizado por la Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Ensayo, organizado por la Fundación El Libro (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea (2007).

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, Week End y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ambito Financiero, El Cronista, y La Jornada Cultural de México.

Entre 1993-2000 fue miembro electo de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro.
 

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Don Casmurro 11
Don Casmurro 11

Por si algún lector se entusiasmó con los capítulos anteriores, publicados en Don Casmurro 1, Don Casmurro 2, Don Casmurro 3,Don Casmurro 4, Don Casmurro 5, Don Casmurro 6Don Casmurro 7,y Don Casmurro 8, Don Casmurro 9 y Don Casmurro 10, les anticipo el onceavo.

 

 

XIV - La inscripción.

 

            Todo lo que conté al final del capítulo anterior fue obra de un instante. Lo que le sucedió fue todavía más rápido. Di un salto y, antes de que ella borrase el muro, leí estos dos nombres, grabados con el clavo y así dispuestos:

 

BENTO

CAPITOLINA

 

            Me volví hacia ella, Capitú tenía los ojos fijos en el suelo. Luego los levantó, despacio, y nos quedamos mirándonos el uno al otro Confesión de niños, tú bien merecerías dos o tres páginas, pero quiero ser breve. En realidad ni siquiera hablamos, el muro habló por nosotros. No nos movimos, las manos se extendieron poco a poco, las cuatro, tomándose, apretándose, fundiéndose. No anoté la hora exacta de aquel gesto. Debía haberla anotado; siento la falta de una nota escrita aquella misma noche y que yo pondría aquí, con los errores de ortografía que tuviese, pero no tendría ninguno, ésa era la diferencia entre el estudiante y el adolescente. Conocía las reglas de escribir, sin sospechar las de amar; tenía orgías de latín, era virgen en mujeres.

            No nos soltamos las manos ni ellas se dejaron caer por cansancio u olvido. Los ojos se miraban fijamente, dejaban de mirarse y, después de perderse en las cercanías, volvían a encontrarse los unos con los otros Futuro sacerdote, estaba ante ella como ante un altar, siendo una de sus mejillas la Epístola y la otra el Evangelio. La boca podía ser el cáliz; los labios, la patena. Faltaba decir la primera misa con un latín que no se aprende y que es la lengua católica de los hombres. No me tengas por sacrílego, mi lectora devota; la limpieza de la intención lava lo que pudiera haber de poco curial en el estilo. Estábamos allí con el cielo en nosotros. Las manos, uniendo sus nervios, hacían de las dos criaturas una sola, una sola criatura seráfica[1]. Los ojos continuaron diciendo cosas infinitas, las palabras eran las que no intentaban salir de la boca, volvían al corazón calladas como venían

 

XV - Otra voz repentina.

 

            Otra voz repentina, pero esta vez una voz de hombre:

            — ¿Ustedes están jugando al siso?

            Era el padre de Capitú, que estaba en la puerta del fondo, junto a su mujer. Nos soltamos las manos y nos quedamos confusos. Capitú fue hasta el muro y, con el clavo, disimuladamente, tachó nuestros nombres escritos.

  • ¡Capitú!
  • ¡Si, papá!
  • No me estropees el revoque del muro.

            Capitú tachaba sobre lo tachado para borrar bien lo escrito. Padua salió al huerto a ver de qué trataba, pero su hija ya había comenzado a grabar otra cosa, un perfil que, dijo, era el retrato de su padre, pero que podía ser tanto el suyo como el de la madre; lo importante era hacerlo reír. Pero además, él se acercó sin estar enfadado, muy cariñoso, pese a la actitud dudosa, o menos que dudosa, en que nos había sorprendido. Era un hombre bajo y grueso, piernas y brazos cortos, espalda arqueada, de donde le vino el apodo de Tartaruga que José Dias le había puesto. Nadie lo llamaba así en casa, solamente el agregado.

  • ¿Están jugando al siso? —preguntó.

            Miré hacia un saúco que estaba cerca, Capitú respondió por los dos.

  • Sí, señor; pero Bentinho se ríe enseguida, no se aguanta.
  • Cuando llegué a la puerta, no se reía.
  • Ya se había reído varias veces antes, no se puede contener. ¿Papá, quieres ver?

            Y seria, fijó en mí sus ojos, invitándome al juego. El susto es por naturaleza serio; yo todavía estaba bajo el efecto causado por la aparición de Padua y fui incapaz de reír, por más que hubiera debido hacerlo para legitimar la respuesta de Capitú. Ésta, cansada de esperar, desvió la mirada, diciendo que yo no me reía esa vez porque estaba allí su padre. Y ni siquiera así me pude reír. Hay cosas que sólo se aprenden tarde; es menester nacer con ellas para hacerlas pronto. Y es mejor naturalmente temprano que artificialmente tarde. Capitú, después de dar dos vueltas, se fue con su madre, que continuaba en la puerta de la casa, dejándonos a mí y a su padre encantados con ella; su padre, mirándola a ella y a mí, me decía, lleno de ternura:

  • ¿Quién diría que esta pequeña tiene catorce años? Parece que tuviera diecisiete. ¿Tu madre está bien? —continuó mirándome fijo.
  • Sí señor.
  • Hace muchos días que no la veo. Quisiera hacerle morder el polvo en el juego al doctor, pero no he podido, estoy haciendo trabajos de la repartición en casa; todas las noches escribo como un desesperado, trata de informes. ¿Has visto mi fruterito amarillo? Está allí al fondo. Ahora mismo iba ver la jaula, ven a verlo.

            Que yo no tenía ningún deseo, es fácil de creer, sin que sea necesario jurarlo por el cielo ni por la tierra. Mi deseo era ir tras Capitú y hablarle de lo que se nos venía encima; pero el padre era el padre, y además le gustaban especialmente los pajaritos. Los tenía de varias especies, color y tamaño. El patio que había en el centro de la casa estaba rodeado de jaulas con canarios que hacían un ruido de todos los demonios, cantando. Intercambiaba pájaros con otros aficionados, los compraba; capturaba algunos en su propio huerto, preparando trampas. También, si enfermaban, los cuidaba como si fueran personas.



[1] Del original en bastardilla.

 





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Don Casmurro 8
Don Casmurro 8

Por si algún lector se entusiasmó con los capítulos I a VI, publicados en Don Casmurro 1, Don Casmurro 2, Don Casmurro 3, Don Casmurro 4 y Don Casmurro 5, yDon Casmurro 6 y Don Casmurro 7, les anticipo el octavo.

 

 

X - Acepto la teoría.

 

            Que sea demasiada metafísica sólo para un tenor, no cabe duda; pero la pérdida de la voz lo explica todo y hay filósofos que son, en resumen, tenores desempleados.

            Amigo lector, acepto la teoría del viejo Marcolini, no sólo por la verosimilitud, que muchas veces es toda la verdad, sino porque mi vida casa bien con su definición. Canté un dúo tiernísimo, después un trío, después un cuarteto… Pero no nos adelantemos; vamos a la primera tarde, cuando me enteré de que ya cantaba, porque la denuncia de José Dias, mi caro lector, me la hizo principalmente a mí. Ante mí es ante quien me denunció.

 

XI - La promesa.

 

            Apenas vi desaparecer al agregado por el pasillo, dejé el escondrijo y corrí a la galería del fondo. No quise saber ni de las lágrimas ni de la causa que las hacía verter a mi madre. La causa era probablemente sus proyectos eclesiásticos y el motivo de éstos es lo que voy a contar, porque ya entonces era una historia vieja; ocurrida dieciséis años atrás.

            Los proyectos venían del tiempo en el que fui concebido. Habiendo nacido muerto su primer hijo, mi madre se encomendó a Dios para que el segundo viviera y le prometió que, de ser varón, entraría en la iglesia. Quizá esperase una hija. No le dijo nada a mi padre ni antes ni después de darme a luz; pensaba hacerlo cuando yo fuera a la escuela, pero enviudó antes. Ya viuda, sintió terror de separarse de mí; pero era tan devota, tan temerosa de Dios, que buscó testigos de su promesa, confesándola a parientes y familiares. Únicamente, para que nos separásemos lo más tarde posible, me hizo aprender en casa las primeras letras,; latín y doctrina, con el padre Cabral, viejo amigo de tío Cosme, que iba allí por las noches a echar una partida.

            Los plazos largos son fáciles de suscribir, la imaginación los hace infinitos. Mi madre esperó a que los años fuesen pasando. Mientras tanto, me iba acostumbrando a la idea de la iglesia; juegos de niños, libros devotos, imágenes de santos, las conversaciones en la casa, todo convergía hacia el altar. Cuando íbamos a misa, me decía siempre que era para que aprendiese a ser padre y que reparase en el padre, que no quitase los ojos del padre. En casa jugaba a celebrar misa, un poco a escondidas, porque mi madre me decía que la misa no era cosa de juego. Capitú y yo, preparábamos un altar. Ella hacía de sacristán y alterábamos el ritual, en el sentido de repartirnos la hostia entre nosotros; la hostia era siempre un dulce. En la época en que jugábamos así era muy común oír a mi vecina preguntarnos: “¿Hoy hay misa?” Yo ya sabía lo que eso quería decir, respondía que si e iba a pedir la hostia con otro nombre. Volvía con ella, ordenábamos el altar, engolábamos el latín y acortábamos las ceremonias. Dominus, non sum dignus[1]… Esto, que yo lo tenía que repetir tres veces, creo que sólo lo decía una, tal era la gula del cura y del sacristán. No bebíamos vino ni agua, no teníamos vino y el agua nos habría quitado el sabor del sacrificio.

            Últimamente no me hablaban del seminario, hasta tal punto que yo creía que era un asunto ya olvidado. Quince años, sin vocación, pedían antes el seminario del mundo que el de São José. Mi madre se quedaba muchas veces mirándome como alma en pena, o me agarraba la mano sin ningún pretexto y me la apretaba mucho.



[1] Cita de un trecho del ritual católico de la misa, que en aquellos años era oficiada en latín: “Señor, yo no soy digno” (F.L.).

 





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Don Casmurro 5
Don Casmurro 5

Por si algún lector se entusiasmó con los capítulos primero, segundo, tercero, cuarto y quinto, publicados en Don Casmurro 1, Don Casmurro 2 y Don Casmurro 3 y Don Casmurro 4; les anticipo el capítulo VI.

 

VI - Tío Cosme.

 

            Tío Cosme vivía con mi madre desde que ella enviudó. Entonces ya era viudo como la prima Justina, era la casa de los tres viudos.

            La fortuna cambia muchas veces los encartes que reparte la naturaleza. Formado para las serenas funciones del capitalismo, tío Cosme no se enriquecía en el foro, subsistía. Tenía su bufete en la antigua Rua das Violas, cerca del juzgado, que era el extinto Aljube[1] en la antigua prisión. Se dedicaba a lo penal. José Dias no se perdía las defensas orales de tío Cosme. Era quien le ponía y le quitaba la toga, con muchos elogios al final. En casa contaba los debates. Tío Cosme, por más modesto que quisiese ser, sonreía persuadido.

            Era gordo y pesado, tenía poco aliento y los ojos dormilones. Una de mis recordaciones más antiguas era verlo montar, todas las mañanas, la bestia que mi madre le regaló y que lo llevaba al despacho. El negro que la había ido a buscar a la caballeriza, sostenía el freno, mientras él alzaba el pie y lo posaba en el estribo; a esto le seguía un minuto de descanso o de reflexión. Después se daba un impulso, el primero, su cuerpo amenazaba con subir, pero no subía; segundo impulso, idéntico resultado. Finalmente, después de algunos largos instantes, tío Cosme reunía todas sus fuerzas físicas y morales, daba el último impulso desde el suelo y esa vez caía encima de la silla. Raramente la bestia podía disimular con un movimiento que acababa de caerle el mundo encima. Tío Cosme acomodaba sus carnes y el caballo partía al trote.

            Tampoco se me ha olvidado lo que él me hizo una tarde. Aunque nacido en el campo —desde donde vine con dos años—, y a pesar de las costumbres de la época, yo no sabía montar y les tenía miedo a los caballos. Tío Cosme me agarró y me montó encima del animal. Cuando me vi en lo alto —tenía nueve años—, solo y desamparado, el suelo allí abajo, empecé a gritar desesperadamente: “¡Mamá! ¡Mamá!” Ella acudió, pálida y trémula, pensó que me estaban matando, me apeó y me acarició, mientras su hermano le preguntaba:

  • Mana Gloria, ¿cómo es que semejante grandulón tiene miedo de un animal manso?
  • No está acostumbrado.
  • Pues debería acostumbrarse. Por más sacerdote que sea, aunque sea vicario en el campo, va a ser necesario que monte a caballo; y, aquí mismo, incluso no siendo cura, si quiere florearse, como los demás muchachos, y no sabe montar, se disgustará contigo, mana Gloria.
  • Que se disguste; me da miedo.
  • ¡Miedo! ¡Qué miedo!

            La verdad es que sólo pude aprender equitación más tarde, menos por gusto que por vergüenza de confesar que no sabía andar a caballo. “Ahora comenzará a cortejar en serio” —dijeron cuando comencé las clases. No se podría decir lo mismo de tío Cosme. En él era una vieja costumbre y una necesidad. Ya no estaba para enamoramientos. Cuentan que, de joven, tenía mucha aceptación entre las damas, además fue un político exaltado; pero los años le llevaron la mayor parte de su ardor político y sexual, y la obesidad acabó con el resto de sus ideas públicas y específicas. Ahora sólo cumplía con las obligaciones del oficio y sin amor. En las horas de descanso pasaba el tiempo mirando o jugando a las cartas. De vez en cuando contaba algunas picardías.

 



[1] Edificio construido en la primera mitad del siglo XVIII, como prisión de eclesiásticos que habían cometido delitos graves. A principios del siglo siguiente fue transformado en prisión común y, hacia 1840, juzgado.



 


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Don Casmurro 2
Don Casmurro 2

Por si algún lector se entusiasmó con el primer capítulo publicado en Don Casmurro, anticipo el segundo.

Capítulo II - El libro

            Ahora que he explicado el título, paso a escribir el libro. Antes que eso, sin embargo, digamos los motivos que me ponen la pluma en la mano.

            Vivo solo con un criado. La casa en que habito es mía la hice construir a propósito, llevado de un deseo tan particular que me avergüenza confesarlo, pero ahí va. Un día, hace bastantes años, me vino a la cabeza reproducir en Engenho Novo la casa en que me crié, en la antigua Rua de Matacavalos, dándole el mismo aspecto y calidad de aquella otra, que ya no existe. El constructor y el pintor entendieron bien las especificaciones que di: el mismo edificio con piso entarimado, tres ventanas al frente, galería en el fondo, los mismos dormitorios y salas. En la principal, la pintura del techo y las paredes es más o menos igual, unas guirnaldas de flores pequeñas y grandes pájaros que, de trecho en trecho, las llevan en sus picos. En las cuatro esquinas del techo las figuras de las estaciones y, en el centro de las paredes, los medallones de César, Augusto, Nerón y Masinisa[1], con sus nombres debajo… Ignoro las razones de estos personajes. Cuando fuimos a vivir a la casa de Matacavalos ya estaba con esta decoración; era de la década anterior. Naturalmente era el gusto de aquellos años dar un toque clásico y poner figuras antiguas en las pinturas americanas. El resto de la casa es también análogo y parecido. Tengo un pequeño huerto, flores, legumbres, una casuarina, un pozo y un lavadero. Uso loza vieja y mobiliario viejo. En fin, ahora como otrora, hay aquí el mismo contraste de la vida interior, que es pacata, con la exterior, que es agitada.

            Mi fin evidente era atar las dos puntas de mi vida y recuperar la adolescencia en la vejez. Pues bien, no conseguí recomponer lo que fue ni lo que fui. En todas las cosas, si el rostro es igual, la fisonomía es diferente. Si solo me faltasen los demás, sería aceptable; un hombre se consuela más o menos de las personas que pierde; pero falto yo y esta laguna lo es todo. Lo que aquí está es, en una mala comparación, semejante a la tintura que se pone en la barba y en los cabellos y que apenas conserva el aspecto exterior, como se dice en las autopsias; el interno no admite tinturas. Un certificado que me atestase veinte años de edad podría engañar a los extraños, como todos los documentos falsos, pero no a mí. Los amigos que me restan son recientes, todos los antiguos fueron a estudiar geología en los camposantos. En lo que hace a las amigas, algunas datan de hace quince años, otras de menos, y casi todas creen en la mocedad. Dos o tres se lo podrían hacer creer a los otros, pero el lenguaje que usan obliga más de una vez a consultar los diccionarios y tanta frecuencia cansa.

            Sin embargo, una vida diferente no quiere decir una vida peor; es otra cosa. En ciertos aspectos, aquella vida antigua se me aparece desprovista de muchos encantos que otrora le hallé; pero también es cierto que ha perdido muchas de las espinas que la hicieron molesta y, en mi memoria, conservo alguna recordación dulce y hechicera. En realidad, salgo poco y hablo menos. Escasas distracciones. La mayor parte del tiempo lo gasto en cultivar el huerto, cuidar el jardín y leer; como bien y no duermo mal.

            Ahora, como todo cansa, esta monotonía acabó por agotarme también. Quise variar y se me ocurrió escribir un libro. Jurisprudencia, filosofía y política me acudieron; pero no me acudieron las fuerzas necesarias. Después pensé en hacer una Historia de los suburbios, menos pesada que las memorias del Padre Luís Gonçalves[2] dos Santos, referida a la ciudad; sería una obra modesta, pero exigía, como preliminares, documentos y fechas, todo árido y largo. Fue en ese momento en que los bustos pintados en las paredes comenzaron a hablar y a decirme que, ya que ellos no bastaban para reconstruirme los tiempos idos, tomase la pluma y contase algunos. Tal vez el relato me produjese una ilusión y acudiesen las sombras a deslizarse ligeras, como al poeta, no al del tren, sino al del Fausto: ¿Aquí venís otra vez, inquietas sombras?[3]

            Quedé tan contento con esta idea que todavía me tiembla la pluma en la mano. Sí, a Nerón, Augusto, Masinisa, y a ti, gran César, que me incitas a hacer mis comentarios, os agradezco el consejo y voy a volcar en el papel las reminiscencias que me vayan acudiendo. De esta manera, viviré lo que viví y asentaré la mano para una obra de tono mayor. Vamos, comencemos la evocación por una célebre tarde de noviembre que nunca olvidé. Tuve muchas otras, mejores, y peores, pero aquella nunca se me ha borrado del espíritu. Lo entenderás, a medida que vayas leyendo.

 



[1] Los personajes retratados comparten el tema de la traición como parte de sus vidas (F.L.).

[2] Luís Gonçalves dos Santos (1767-1844) sacerdote, escritor y cronista. La obra a la que hace alusión el protagonista es Memórias Para Servir à Historia do Reino do Brasil (1825) considerada una de las más importantes fuentes de información sobre la vida y las costumbres de la ciudad de Río de Janeiro en los inicios del siglo XIX. En ella hay una cuidada descripción del tejido urbano de la ciudad: edificios y espacio público, tanto en sus características arquitectónicas como en sus funciones.

[3] Del original en bastardilla.

 





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Volver del Leteo. Tío Oscar
Volver del Leteo. Tío Oscar

A. G., amigo, comprovinciano y profesor de literatura en la Universidad de Tulane, escribió anunciándome su viaje a Buenos Aires y Mendoza por un trabajo que está realizando y sobre el cual quería consultar; no me dio detalles.

Hace una semana, nos encontramos en un café y, tras preguntarnos por las familias me descerrajó su proyecto: recopilar las actividades culturales en Mendoza en los dos años previos al golpe militar de 1976. Fui uno de los protagonistas de un evento que investiga y me preguntó si le podía ofrecer información; me tomó desprevenido. No fue nocaut como el de Ike Williams a Gatica pero, siguiendo con metáforas boxísticas: “me contaron hasta ocho apoyado en las cuerdas”. Una experiencia olvidada, cuya mención me llevó a la inesperada vivencia de volver sobre mis pasos y a cruzar el Leteo, río que borra los recuerdos de quienes lo atraviesan, pero en dirección inversa, a la recaptura de recuerdos du temps jadis.

Al día siguiente de nuestra charla, inquieto por la conversación, como en sueños, hurgué en un par de cajas en la oficina donde archivo proyectos de escritura desechados, correspondencia y notas. Veía los rótulos y no surgían pistas. Una caja tenía sólo una referencia: “1982”; revistas del año, borradores de una novela y cuentos; un sobre con fotos familiares y ¡cerise sur le gâteau!, los recortes de diarios de la provincia que cubrieron el evento que A. G. indaga con el programa oficial del mismo. Envié un mensaje de texto notificándole el hallazgo, luego me dediqué a las fotos, casi todas de mi niñez y adolescencia y algunas antiguas de familia, entre ellas una de Tío Oscar y de allí en más todo fue precuelas.

Hace años dejé de creer en casualidades, pero en la última semana he pensado en reconsiderar este credo. Porque el día que me encontré con A. G., acababa de publicar una nota: Precuelas y secuelas. Digeridas ꟷa mediasꟷ las remembranzas que despertó nuestra charla y el posterior hallazgo de la información, el inesperado sobre con fotos me hizo transitar impensadas precuelas, que se han ido encadenado desde que tenía seis o siete años.

Tío Oscar, era el menor de los tres hermanos de mi madre. Vivía en Santiago de Chile en casa de mi abuela Emperatriz junto a dos hermanos, todavía solteros: Tío Nene, el mayor, y Tía Moty. Fui el primer sobrino y nieto de la familia por lo que era el mimado del otro lado de la cordillera y, en los viajes a Santiago, quedaba al cuidado de Tío Oscar durante salidas semanales, sábados y domingo con toda la familia; menos mi padre que permanecía en Mendoza por razones de trabajo. Tío Oscar era maestro de un colegio en el turno mañana y tenía el resto del día libre. Con él fui Jim Hawkins de Treasure Island; él, Long John Silver. No era un pirata, pero se las traía. Él, Tío Nene y Tío Mario, por aquel entonces novio de Tía Moty, me enseñaron a jugar al poker, por dinero “el poker es cosa seria”, pontificaba Tío Long John Oscar.

Tío Oscar no formó parte de la tripulación del pirata Capitán Flint; pero tuvo su equivalente: fue seminarista y estudió en Córdoba, de este lado de la cordillera; ya ordenado, de regreso a Chile, fue enviado a terminar sus estudios en Talca. Allí lo visitamos con mi madre y Tía Moty; del sobre rescaté una foto suya: un primer plano de sotana con antojos sin armazón ꟷescribo estas líneas y caigo en cuenta del origen de mi preferencia, desde siempre, por ese tipo de anteojosꟷ. En el próximo viaje ya vivía en Santiago, en casa de la abuela Emperatriz, y era maestro de escuela primaria. Años después me enteré que se había enredado con una viuda, muy beata ella; en la orden lo sorprendieron y no sólo lo expulsaron sino que le quitaron la ropa y lo dejaron encarcelado en un cuarto del convento, descalzo y sólo con camisón. Tío Nene viajó con ropa para traerlo de vuelta a la casa de la abuela. Fue una suerte para Tío Oscar: el capitán Flint lo hubiera hecho caminar por el tablón; también, para monaguillos y niños de la parroquia, una suerte que a él le gustaran las viudas. De haber sido pedófilo habría continuado su carrera eclesiástica.

El primer día que me llevó al colegio donde era maestro, en el recreo vi como los chicos jugaban batallas con espadas de madera y tapas de tarros de basura como escudo, experiencia en la que inicié a mis amiguitos al regreso a Mendoza. A la salida fuimos a comer panchos, de aquel lado les llamaban hot dogs, con palta pisada y tomate picado, como a mí me gustaban, luego un helado. De regreso sentimos una serie de aullidos seguidos de un disparo, “han atropellado un perro vamos a ver”. Nos acercamos y él me subió sobre los hombros para que no perdiera detalle: habían subido al perro a la vereda y acomodado sobre el cantero de un árbol. Un carabinero le disparó con su revólver, el perro seguía aullando, luego del segundo disparo salió de su hocico una burbuja de sangre y ladeó la cabeza. “No cuentes a nadie de esto en casa”.

Al año siguiente Tío Oscar no estaba en casa de la abuela Emperatriz. Se había ido a vivir con una viuda. Me fue a buscar en varias oportunidades para llevarme a su nuevo hogar y conocer a Gladys y la familia. De todos modos seguí siendo el mimado de los cuatro en la casa. Tío Nene se había llevado a vivir con él a Violeta, la recuerdo tan bella como cariñosa y atenta con mi abuela y conmigo; usaba arracadas y una esclava en el tobillo. Años después me enteré que Violeta había trabajado en un prostíbulo y que Tío Nene se la llevó vivir con él.





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