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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

ULTIMAS publicaciones

1 Homo legens Rehabilitación vestibular
2 Diario de marear Lampião y Maria Bonita
3 Diario de marear Errancias hogareñas
4 Notas de Joe Turner Entorno, contorno, dintorno
5 Diario de marear Finales, medios y principios
6 Homo legens Enigmas metafóricos
7 Diario de marear Amalia fetichismo du temps jadis
8 Homo legens Un óculo en la falange distal
9 Galeria Tununa Mercado y Danilo Albero
10 Galeria Danilo Albero Vergara y Adriana Gayet
11 Galeria Homenaje a Noé Jitrik 47 Feria del libro 2023
12 Galeria Danilo Alberto Vergara, Nelly Espiño
13 Galeria Inauguración 2023 Feria del libro
14 Diario de marear Words, words, words
15 Notas de Joe Turner Plagiadores eran los de antes
16 Homo legens Percances de una traducción
17 Galeria Beatriz Colombi. Diccionario de Términos Críticos de la Literatura y Cultura Latinoamericana.
18 Diario de marear Vitrinas, ventanas y vidrieras
19 Diario de marear Octógonos mexicas
20 Notas de Joe Turner El papel impreso prevalece
21 Diario de marear Nocturnalia
22 Homo legens Funcionalidad, forma, contenido
23 Diario de marear Balas de plata
24 Notas de Joe Turner Otros viajes
25 Homo legens Tiene dientes y los muestra
26 Notas de Joe Turner El western goza de buena salud
27 Homo legens Parábolas añejas, relatos nuevos
28 Galeria Danilo Albero y Ezequiel Martinez, 46 Feria Internacional del Libro 2022
29 Galeria Hinde Pomeraniec y Danilo Vergara, Premio Crítica Fundación El libro, 2022.
30 Galeria Premio Crítica Fundación El libro, en la 46 Feria Internacional del libro 2022.

Ultimas publicaciones

Rehabilitación vestibular
Rehabilitación vestibular

Derivas de la caminata matutina para realizar los ejercicios de rehabilitación vestibular. Antes de partir acomodé en mi escritorio el libro que había revisado antes de dormir y las notas en papel sobre la relación con esta nota.

El libro, Epístola a los Pisones de Horacio, edición bilingüe, texto, traducción y versión interlineal de Helena Valentí. Baedeker a la hora de transitar clásicos greco latinos y libros o ensayos sobre la relación palabra imagen. Lo he leído y vuelto a transitar en la universidad en Mendoza, durante el exilio en Brasil y, en Buenos Aires, en la Maestría en Historia del Arte Latinoamericano. Epístola … fue el primer encuentro con Rovetti, cuando, en Introducción a la Literatura, el profesor recomendó adquirirlo advirtiendo que sólo estaba en su librería.

En la puerta de calle, una desconocida pareja de jóvenes madrugadores me dio los buenos días, mientras ella acomodaba, sobre la vereda y al sol, las alfombras del auto que acababan de lavar. En la ochava de Güemes y Gurruchaga, al amparo del alero, refugio de sin techo, ahora sin los habituales colchones, dos pares de sandalias de taco chino cuasi nuevas, una se notaba de buena factura; tela estampada en tonos celestes y ocres. El otro par, un modelo semejante en plástico negro brillante. Parecía que sus dueñas se las acabaran de quitar y arrojar a un costado de la cama.

Remonto Gurruchaga, con la rutina de rehabilitación vestibular, cuatro pasos mirando a la izquierda, lo mismo a la derecha. Tres series de treinta pasos, cruzo Paraguay; la misma serie, mirando hacia el suelo luego hacia arriba.

Rehabilitación vestibular, ejercicios para retomar el equilibrio por disturbios de estabilidad motriz, consecuencia de mi alergia crónica, que el año pasado alcanzó su clímax hasta ser estabilizada; pero dejó como secuela, problemas con el oído interno izquierdo concretamente en ─palabras del especialista y perpetuadas en mi libreta─ “los conductos semicirculares, que contienen receptores para el equilibrio”. Dentro de las 10 sesiones semanales a realizar, una batería de ejercicios cotidianos, caminar mirando a los costados y hacia arriba y abajo; más ameno en la calle que en casa.

Google aclaró qué son los arcanos “conductos semicirculares”, tres ramificaciones como una letra ce imprensa mayúscula ─con un punto de partida común ─. En la “caminata vestibular”, relacioné las ce con las galerías de la Biblioteca de Babel borgeana.

Desando Gurruchaga, concentrado en esta nota; desentierro recuerdos sepultos en mi Epístola… La exquisita versión de editorial Bosch (Barcelona 1961); 74 páginas, una maravilla de traducción cuasi inhallable ─aparece en dos portales españoles a 30 euros─. La maravilla de la traducción es porque el texto tiene tres presentaciones: una, la versión de Horacio, latín virtuoso de complicados hiperbatons encadenados y entrelazados como las galerías hexagonales de “La biblioteca de Babel”; en nota al pie, la segunda, en latín ordenado de acuerdo a la sintaxis española. Enfrentada, tercera: la traducción. Cuando la adquirí a Rovetti, por sugerencia de mi padre, que tenía su librería en una galería cercana, solicité un descuento. En la esquina con Güemes solo quedan las sandalias de plástico, al lado, con su carro de manos, un recolector municipal de residuos hace una llamada por su celular.

Rovetti y mi padre cultivaron una cauta amistad basada en el respeto profesional, sorteando diálogos políticos. Mi padre seguía con las secuelas de estalinista de pata negra. Rovetti era un caballero de alguna ciudad medieval del norte de Italia, de cultura exquisita, que complementaba nuestras clases de la facultad y hacía del hecho de visitarlo una clase de literatura y pintura europea. Llevaba un modo de vida rumboso, un dandy salido del Jardín de los Finzi Contini, nos fiaba sin límites y no llevaba la cuenta de lo adeudado. Jamás dejamos de pagarle, si algún estudiante, por aquellos años donde no eran frecuentes tarjetas de crédito, al contar sus dineros veía que no le alcanzaba para una compra, seguía un: “¿cuánto tienes?... Está bien, llévalo”.

Con otros libros era una luz y cobraba con la contudencia de un folgore o rayo, cuando se anunció el estreno de la película El exorcista, previendo que el libro de Blatty se agotaría compró cien ejemplares y los retuvo hasta que no quedó un solo ejemplar en las librerías de la ciudad y los lectores estaban desesperados, en aquel momento los puso en venta al triple de su valor, los liquidó en pocos días. De esta maniobra me enteré cuando todavía los tenía escondidos y le pregunté si no tenía algún ejemplar, en mi carácter de cliente e hijo de un colega, me lo vendió al precio normal; conjurando complicidad me mostró los libros ocultos en su depósito y anotició de sus intenciones.

En tercer año de la facultad, Rodolfo Borello, profesor de Argentina I y II, sabedor de mi amistad con Rovetti e interés por las dos Guerras Mundiales, me contó la historia del guerrero, yo le comenté la anécdota de los El exorcista, nos reímos juntos y eduje que la habilidad del librero para golpear como un rayo, arma de los belicosos Thor y Zeus, debió venir de su pasado. El niño Rovetti tuvo una infancia de Balilla, luego activista del fascio, estudiante de abogacía para terminar oficial de paracaidistas de la división de elite Folgore, usado la camisa negra durante quince años participó en desfiles triunfales de la remake hollywoodense del imperio romano de Mussolini. En el norte de África, con uniforme color arena camuflada, amarillo verde y negra, combatió en Tobruk y El Alamein. De vuelta a Italia junto con su batallón debió defender una colina en algún lugar no precisado por Rodolfo Borello. Le pregunté a Rovetti por esta historia, la confirmó, pese a mi notoria falta de discreción, no me atreví a preguntarle donde fue su último combate. Murieron casi todos sus camaradas, él como oficial al mando, se encargó de guardar las placas de identificación de los caídos, se rindió y se enteró de que la rendición de Italia y de su unidad se había firmado hacía horas; él y sus camaradas lo ignoraban al defender la colina; muchos de los que estaban bajo su mando se podrían haber salvado.

Estuvo preso de los ingleses, “los de la Folgore nos dieron lo nuestro en África”, luego de los norteamericanos. Su primera decepción fue cuando vio los depósitos de los aliados; “en uno de ellos vi más neumáticos de los que había visto en mi vida; me di cuenta que Ciano, tuvo razón cuando los Estados Unidos entraron en la guerra y le dijo aquella recordada frase de advertencia a Mussolini: Duce ¿usted ha visto la guía telefónica de Nueva York?, es más grande que todas las de Italia juntas”.

Consecuencia del cautiverio, Rovetti se cayó del caballo como Saulo y se convirtió, se volvió pro británico, pro norteamericano y antifascista rabioso. Murió anticomunista, detalle sobreentendido y obviado a lo largo de años de amistad profesional con mi padre.

 

 





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Lampião y Maria Bonita
Lampião y Maria Bonita

En Poética, Aristóteles, marca la diferencia de caracteres en Sófocles y Eurípides. El primero representa a los hombres como deberían ser; el segundo como son. De los grandes de la tragedia griega, Eurípides anticipa una sintonía de sus protagonistas con dramatis personae actuales; sus heroínas en rebeldía contra la injusticia, están más cerca de Ibsen que de sus contemporáneos; las motivaciones de Medea se adelantan veinticinco siglos a las disconformidades de Nora.

Esquilo y Sófocles creían en la inmanente decisión de los dioses; en Eurípides, los protagonistas son juguetes del azar y el terror que experimentaba el espectador ante el cumplimiento de designios divinos es sustituido por el asombro por el imprevisible destino humano y la confusión ante los cambios de la fortuna terrenal. Con Eurípides, los caracteres trágicos acusan y justifican; adquieren rasgos patológicos que permiten al espectador tenerlos por culpables e inocentes al mismo tiempo; lo trágico tiene así el doble propósito de satisfacer la predilección de la época por lo extraño y servir de justificación psicológica del héroe. Con Eurípides, la trama se vuelve terrenal y cotidiana. Por estas razones, Lampião y María Bonita son caracteres euripideanos.

El vasto semidesierto del Nordeste Brasileño, el sertão (aféresis de desertão, “desiertón”), comprende parte de Sergipe, Alagoas, Bahía, Pernambuco, Paraíba, Rio Grande do Norte, Ceará y Piauí. En la región, la época de lluvias va de diciembre a junio, luego viene la seca del verano. Muchas veces las lluvias no llegaban, sobrevenían años de vacas flacas y la zona se tornaba inhóspita y yerma; fértil en sertanejas y sertanejos tan duros y crueles como solidarios. Ellos fueron protagonistas de la literatura y el arte brasileño, de Euclides da Cuña a Graciliano Ramos y Jorge Amado, a la literatura de cordel, y llega a su acmé con Lima Barreto y el premiado film Cangaçeiro.

Durante el período de sequías prolongadas la mayoría de pobladores emigraban (retirantes) hacia el litoral en marchas de hambre; magistralmente retratadas en Vidas secas. Una minoría de castigados sobrevivía, organizada en pequeñas bandas armadas que empezaron a florecer con las secas del último tercio del siglo XIX. Fueron llamados cangaçeiros, derivado de canga, yugo utilizado con los bueyes para el transporte de carga pesada ─alusión a las cananas y bolsos que llevaban en bandolera─. Con su clásica estampa de ropas y sombreros de dos picos confeccionadas con cuero crudo ─atuendo que Euclides da Cunha en Os sertões llamó “armadura flexible”─ apto para moverse entre la vegetación espinosa, los cangaçeiros formarán parte del paisaje sertanejo con sus asaltos y enfrentamientos con las fuerzas armadas.

El advenimiento del nuevo siglo trajo alguna bonanza a la zona, apaciguó ánimos y en 1897, o 1899, nació Virgulino Ferreira, epítome de los cangaçeiros, y responsable de hacer conocer el cangaço al resto del mundo. Entre 1920 y 1940, la situación climática del nordeste volvió a empeorar, el padre de Virgulino Ferreira fue asesinado y éste se enroló en la banda de Sinhô Pereira. La legendaria puntería, que no perdía ni en la oscuridad, le valió el sobrenombre Lampião (farol), aunque, sobre el origen de este apodo existen variantes que difieren en momentos y razones. Había nacido una leyenda que tendrá en vilo al ejército y la policía durante dos décadas. Pronto su banda se hizo famosa por los golpes de mano, generosidad y brutalidad con los enemigos; los nordestinos son duros y crueldad por crueldad optaron por la fidelidad a Lampião, quien en 1929 formó pareja con María Bonita, la mujer de un zapatero al que abandonó para seguirlo y compartir la vida de cangaçeira. Ahora, los asaltos y combates secundados por el lugarteniente Corisco, o diabo loiro (Relámpago, el diablo rubio) y María Bonita, correrían de boca en boca, de fogón en fogón y de allí a canciones populares, hasta elevarlos al rango de leyenda en vida.

Sin embargo, el ciclo de los bandoleros, románticos o no, llegaba a su fin. Los cangaçeiros eran anacrónicos; en un siglo que, por desigualdades sociales, en menos de un lustro, fue testigo del éxito de las revoluciones mexicana y rusa. Antes de la caída, tuvieron al país en vilo durante décadas.

El 28 de junio de 1938, el teniente Becerra, que llevaba años persiguiéndolo y había adoptado, junto con su tropa, hábitos y vestimentas de los cangaçeiros, logró emboscar a una columna dirigida por Lampião y lo mató, junto con María Bonita y media docena de los compañeros. Fue el fin del cangaço; Corisco y los sobrevivientes murieron dos años después.

En 1953, volvieron a la realidad, ahora desde las pantallas, con Cangaçeiro de Lima Barreto, clásico por excelencia de la cinematografía brasileña y primer film de esa nacionalidad en ganar reconocimiento mundial, empezando por dos premios en el festival de Cannes: mejor película de aventuras ─en Francia estuvo cinco años en cartelera─ y mejor banda sonora por el tema central: Mulher Rendeira.

Los premios no fueron azar, en Cangaçeiro, escenografía y vestuario estuvieron a cargo de Héctor Páride Bernabó, más conocido como Carybé, pintor grabador, escultor y muralista nacido en Lanús, nacionalizado brasileño, ilustrador de la obra de Jorge Amado, y el músico Dorival Caymmi. Por su parte, Mulher Rendeira, logró, como Garota de Ipanema, años después, cautivar a cantores extranjeros, entre otros a Joan Baez. La cautivante cadencia inicial de Mulher rendeira: “Olê, mulé rendeira / Olê, mulé rendá / Tu me ensina a fazê renda / Que eu te ensino a namorá”, es obra del musicólogo y compositor Gabrie Migliori; un ritmo de xaxado, danza popular del sertão; y muy apreciada por el cangaço para festejar sus victorias.

Las cabezas de Lampião, María Bonita y sus camaradas, primorosamente acondicionadas en cajas de regalo recorrieron Brasil, para certificar sus asesinatos. Una foto de ese año muestra la vidriera de la elegante confitería Manon en la rua do Ouvidor en Río de Janeiro, decorada con éstos despojos.

Los sobreviven: la memoria colectiva, el arte popular, la “literatura de cordel”, innumerables canciones, films y series de televisión. Y el permiso oficial, vigente desde 1939, para usar el disfraz de cangaçeiro en las fiestas de carnaval.

 





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Errancias hogareñas
Errancias hogareñas

Empecé a llevar en un cuaderno el registro de los libros leídos después de casarme. A finales del siglo pasado, pasé esa lista a un documento Word; la innovación tecnológica marcó cambios importantes en el registro, pude buscar con facilidad en qué año leí determinado título. Leo por familias y afinidades; cuando abordo un libro nuevo, averiguo por Internet las lecturas mencionadas o influencias del autor, las rastreo y quedo al acecho de sus futuras publicaciones. Más atrás de mi casamiento, salvo autores grecolatinos, del Siglo de Oro y grandes novelistas, todo queda confiado a mi memoria.

De ese incierto y caprichoso registro ─incierto por ignorado, caprichoso porque los recuerdos afloran cuando se les antoja─, rescaté dos libros que no tenía anotados, los leí a los ocho o nueve años por primera vez, y siguieron infinitas lecturas. La primera fue allá por el '56 o '57, cuando una epidemia de poliomielitis obligó a los niños a recluirnos tres semanas en casa a un régimen de agua y verduras hervidas. Los primeros días fueron un infierno, de nada sirvieron libros, juguetes y microscopio, por cuya platina pasaron los cadáveres de las hormigas, arañuelas y algún que otro mosco que sobrevivía al invierno como podía entre las hojas secas de las macetas. Clamaba por una salida a la calle, nada podía apaciguar a un monstruo sin hermanos mayores de los que recelar ni menores para tener bajo su férula. Hasta que un día, mi padre llegó con dos libros que me hicieron olvidar del mundo fuera de mi prisión hogareña y me llevaron a nuevos universos, más que literarios, existenciales.

El primero Un paseo por la casa, de M. Ilin que, según me enteré no hace mucho, era el seudónimo de un ingeniero ruso; hace dos lustros lo encontré por Internet, no más ver la foto de la portada supe que era el mismo que me había traído mi padre, editado por la extinta Editorial Calomino de La Plata en 1949. Como el título lo indica trata sólo de eso ─pero supera al viaje de los Argonautas─, un tour guiado por la casa, empezando por cañerías de agua y gas, estantes de la cocina y la alacena. Historias que hablaban de la química de la cocción de distintos tipos de alimentos, fósforos, materiales y técnicas con que se confeccionaba y servía la comida: ollas, cubiertos, vajilla. Seguía por el cuarto de estar, la biblioteca y la historia de la escritura en tabletas de arcilla, pergaminos, papiros, el papel y la imprenta. Luego saltaba a los relojes: clepsidras, de arena, de péndulo y de muñeca. El fin del viaje, el dormitorio: el espejo del ropero y la historia de la fabricación y soplado del vidrio, de allí a las prendas del armario y diferentes tipos de tejidos.

“Sésamo ábrete”, ese libro me influyó en dos direcciones. Una, de repente, la prisión hogareña se transformó en un palacio encantado lleno de secretos y tesoros, me interesé en seguir los pasos de mi madre con ollas y sartenes di mis primeros pinitos de chef, debuté con mis primeros tucos y tortas fritas. Como recordaba haber visto a mi padre cambiar los anillos de cuero de un grifo, me empeñé, bajo su mirada, en hacer otro tanto. Además influyó en la elección de mi colegio secundario.

El otro libro que devoré en esas tres semanas fue la pasteurizada Mitología griega y romana de J. Humbert, al igual que Un paseo por la casa literalmente desintegrada luego de infinitas lecturas, y a la que reencontré hace años en una librería de Quito, pero en otra edición, de Gustavo Gili Mexicana. Con Humbert entré en el Olimpo y sus vecindades y nunca más volví a dejar ese barrio.

Al poco tiempo devine lector de la revista “Mecánica Popular” que coleccionaba un vecino, a la par que crecía mi familiaridad con los clásicos grecolatinos, de Homero y los que sobrevendrían hasta finalizar en, este siglo, con Luciano de Samosata. De manera paralela: Cosmos, Los dragones del edén y los dos volúmenes de Historia de la Tecnología de Kranzberg-Purcell.

Estas errancias hogareñas, con los años me llevaron a senderos inesperados que me han traído hasta el presente. La primera fue el bachillerato con formación en química y, en el Liceo Agrícola y Enológico, cuando empecé a cursarlo vi que incluía formación humanística ─uno de los pocos secundarios donde se enseñaba latín y cultura grecorromana.

En la secundaria, con mis compañeros, al igual que alumnos otros colegios, aunque, sin duda, no tan hiperbólicos como nosotros, celebrábamos los fines de curso, navidad y año nuevo con explosiones, con el agregado de nuestros saberes en química. Salvo algunos fuegos artificiales nocturnos, jamás recurrimos a la pirotecnia tradicional sino a nuestros entrañables "tornillos". En realidad eran pernos de 3/8 de pulgada ─sólo se conseguían en algunas ferreterías especializadas─ a los cuales desatornillábamos la tuerca hasta la última vuelta de rosca. Poníamos en la cavidad un preparado de clorato de potasio y azúcar glas en partes iguales y, cuidando que la mezcla se repartiera en el intersticio helicoidal de la rosca del tornillo y la tuerca, atornillábamos la tuerca hasta que llegaba a la punta roscada del perno. Paso siguiente: estrellar el bulón contra las baldosas de la acera; una llamarada coincidía con el wagneriano estruendo.

Los pasos de estas hordas artificieras eran rastreables ─no por miguitas de pan como Hansel Gretel─ nuestro hilo de Ariadna eran las huellas de las explosiones sobre las baldosas. Las pacientes mamás de aquellas décadas sabían que, si bien algo tenaces, estas manchas pardo amarillentas con bordes negruzcos salían, y evitaban limpiarlas hasta que nuestro furor pirotécnico se aletargaba. Participé de estas tropelías durante los seis años de secundaria y no registro en mi memoria quemados, mutilados, o tuertos como los que proliferan en las estadísticas de radio y televisión durante las fiestas de navidad y año nuevo.

El próximo paso fueron dos años de ingeniería química. A finales del segundo vino la influencia de Mitología griega y romana de J. Humbert, cambié por la carrera de Letras y me recibí. Ya graduado, volvió un recuerdo del Liceo Agrícola años después, en un bar de Boston descubrí el dry martini ─hasta ahora coctail aparece en dos de mis novelas─, “Stirred, not shaken”, como pidió por primera vez el double o seven, en Casino Royale y no “Shaken, not stirred”, licencia poética cinematográfica en la película homónima y que responde a efectos auditivos.

 





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Entorno, contorno, dintorno
Entorno, contorno, dintorno

La RAE da tres acepciones de contorno, si bien circunscriptas a lugar o dibujo, esclarecedoras a la hora de escribir ─o interpretar─ textos literarios o arte figurativo: 1- territorio que rodea un lugar; 2- conjunto de líneas que limitan una composición o figura; 3- conjunto de elementos que informan sobre el contexto. Esta última acepción se puede asimilar con entorno, siempre según la RAE: lo que rodea, el ambiente o la atmósfera.

En literatura y artes plásticas, estas precisiones aparecen ligadas con otro concepto, contexto ─del latín contextus del verbo contexere: unir tejiendo, hacer tejiendo, conectar, vincular, asociar estrechamente, combinar─ para la RAE: 1- entorno lingüístico del que depende el sentido de una palabra, frase o fragmento determinados; 2- entorno físico o de situación, político, histórico, cultural o de cualquier otra índole, en el que se considera un hecho.

Al igual que en un tejido o un tapiz, sobre los hilos longitudinales de la urdimbre se van pasando los hilos horizontales de la trama que van escribiendo la historia, definiciones que se entrelazan, en sus acepciones, con las artes plásticas.

En dibujo, diseño o trabajo literario, contorno es el trazo que delinea una figura, forma de representación que no es fiel ni clara para quien no esté compenetrado con la idea a que refiere y es válida sólo como boceto que será aclarado en el próximo paso: el dintorno, las líneas, texturas y colores que conforman una figura; o relato.

A su vez, volviendo al eje de la literatura y artes plásticas, estas precisiones aparecen ligadas al contexto.

Cada vez que traduzco un relato literario, surge la duda: ¿prescindir o colocar notas al pie colocando al texto en su contexto cronológico? No siempre es necesario, pero enriquece la perspectiva del lector, tal el caso de las novelas de Ian Fleming sobre James Bond, si se ignoran los vericuetos de la guerra fría; o Los duelistas de Conrad, sin tener presente las rígidas y absurdas reglas de los lances de honor, caras a los oficiales de caballería, vigentes en los ejércitos napoleónico y de otros países; o Feria de Vanidades, sin estar al tanto de la aristocracia y rica burguesía británica del siglo XIX que prestaba servicios en la India. Por otra parte, no hay que estar informado de la vida en barcos balleneros del siglo XIX para adentrarse en Moby Dick; y, si bien no es imprescindible haber leído La Ilíada y Odisea para transitar por el Ulysses de James Joyce, haberlo hecho es de gran ayuda.

En el caso de la parodia, diría que conocer o tener una idea somera de los autores u obras escritas en guasa, ponen en valor las ideas de entorno, contorno y dintorno, porque multiplican el placer de la lectura y permiten apreciar el arte del escritor. De esta ventaja da cuenta la etimología del término griego parodós (pasaje, a través de, al lado del; también de para: al lado de y odós: camino).

Uno de los capítulos más divertidos de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, recorrido al que acudo con frecuencia, porque es como un taller literario, ayuda a la hora de buscar inspiración ꟷo copiar técnicasꟷ es un pasaje de la novela ─valga una digresión, brillante la traducción en inglés que mantiene el sentido de trabalenguas del español: Three Trapped Tigers─. En el capítulo “La muerte de León Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después ꟷo antes” se pueden rastrear distintos procedimientos narrativos: homenaje, escribir al modo de o imitación y parodia. Los autores elegidos son: José Martí, José Lezama Lima, Lydia Cabrera, Lino Novás, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén.

Se sabe que Alejo Carpentier no le perdonó jamás la parodia y fue uno de los dinamos de la veda sobre la obra de Cabrera Infante en Cuba, incluida su obra previa a la caída del dictador Fulgencio Batista. Ignoro si hubo alguna reacción de Guillén sobre la parodia, de la cual retengo algunos fragmentos de memoria, que siguen la musicalidad, ritmo y aliteraciones del original: “Trotsky: ¡Iba yo por un camino cuando con la muerte dí! (Leía la frase ‘un camino’ cuando me dieron a mí)./ Mornard: No sé por qué piensas tú / León Trotsky que te di yo. / Al hacha que tenía yo / diste con la nuca tú.” Imposible de disfrutar en su plenitud ─sin dejar de lado el resto de la parodia sobre este autor─ si se ignora aquel: “No sé por qué piensas tú, / soldado, que te odio yo, / si somos la misma cosa / yo, / tú / tú, yo”.

Todas estas comparaciones, al igual que los relatos dibujados en los tapices a través de los hilos verticales de la trama y la urdimbre tienen su entorno. En el siglo IV a.C. el poeta griego Simónides de Ceos reflexionó: “la pintura es una poesía silenciosa y la poesía, una pintura que habla”. La idea, anticipada por Aristóteles en Poética y reelaborada por Horacio en Epístola a los Pisones, aparece reforzada por el verbo griego grápehin, utilizado tanto para referir al acto de escribir como para pintar, y al sustantivo graphé, que se aplica tanto a la poesía como la pintura.

Borges utilizó un procedimiento que se aproxima a lo paródico en Historia Universal de la infamia, ahora tras los pasos de Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Digo se aproxima porque la ironía e ingenio desplegados en este libro lo identifican con una variante del humor. Me gustaría pensar que si uso el término inglés wit para referirme al tono dominante en Historia Universal de la infamia, Borges estaría de acuerdo.

De nuevo con entornos y dintornos, sus definiciones, válidas para el dibujo, diseño o trabajo literario, son aplicables en el ámbito empresario. Leo en un portal mexicano para especialistas en comunicación “Entorno, contorno y dintorno de las empresas” valga su glosa u homenaje.

Con los mensajes que hay detrás de la imagen de un reclamo publicitario se puede hacer otra aproximación con las ideas de entorno, contorno y dintorno; veamos el caso del dibujo publicitario de una casa en un barrio, sabemos que está rodeada de calles, vecinos, parques y tiendas; su entorno. Si nos fijamos detenidamente en esa casa veremos sus paredes, ventanas, techos, el color de la fachada; su contorno. Lo que requiere un mayor detalle para ser apreciado desde otra perspectiva y que no ha aparecido todavía: la distribución interna, estilo de decoración, cuartos, baños, salones; su dintorno.

Visión empresarial que me remonta a la génesis de estas líneas, el primer boceto y las referencias cruzadas: estantes de bibliotecas, libros, diccionarios y sitios web consultados.





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Finales, medios y principios
Finales, medios y principios

Hace algunos años, leyendo una novela de Pierre Lemaitre, recibí una lección ejemplar a mi manera de leer. Cuando empecé con Nos vemos allá arriba, me atrapó la trama y la cantidad de personajes que iba involucrando, al llegar al capítulo 9 me interesó saber cómo terminaría.

Busqué el índice, pero la novela no lo tiene. Empecé a hojearla página por página y escribí, al inicio, debajo del título, uno en lápiz indicando donde comenzaba cada uno de los 42 capítulos y el epílogo. Más tranquilo volví al capítulo 9 y de allí directo al 42. Pero, al leerlo me enteré de la existencia de Pauline, que no había aparecido todavía en el 9. ¡Chapeau al ardiloso Pierre Lemaitre!; me tendió una trampa tan artera como la armada por Red Scharlach a Lonrröt y que es una prolepsis ─“Es verdad que Eric Lönrrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó”.

Uno de mis esquemas narrativos favoritos es la anticipación o prolepsis, figura retórica que consiste en comenzar un relato por el final en vez del esquema secuencial principio (ab initio), medio (in media res) y final (in extrema res). Y la prolepsis se presta como anillo al dedo al género cuento y relato; pero también para titular una crónica policial: “Sorpresa para los tres ladrones. Un final inesperado en su planificado asalto relámpago”.

En el caso de cuentos, esta prolepsis al inicio de Ambroice Bierce me parece difícil de superar: “Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época.”, comienzo de Una conflagración imperfecta, que lleva, como una carnada, al lector a morder el anzuelo y no abandonar el relato.

Al correr de estas líneas me acude otra prolepsis magistral en el segundo duelo del Martín Fierro. Luego de una breve descripción del boliche y el ingreso provocador del guapo que: “a la llegada metió / el pingo hasta la ramada” y continúa con sus atropellos; pero: “¡Ah pobre, si el mismo creiba / que la vida le sobraba! / Ninguno creiba que andaba / aguaitandolo la muerte”.

Esta manía particular ─y para muchos amigos, abominable─ de, empezadas las primeras páginas, saltar al final para saber cómo va a terminar lo que estoy leyendo, se debe a que soy un ansioso compulsivo y quedarme atrapado en la intriga que el autor crea para despertar el interés del lector me distrae de su estilo y vocabulario. Con respecto al vocabulario agrego otra manía, padezco nomofobia ─neologismo acuñado hace un par de años en Inglaterra, un acrónimo de no-mobile phone phobia, miedo irracional a estar sin celular─. En mi caso se aplica para el uso de diccionarios, de los cuales en mi celular tengo links con tres, de manera que, cuando estoy leyendo cualquier cosa y no sé cuál es el sentido de una palabra o expresión no puedo continuar hasta saber el significado.

Mi recuerdo más distante de esta manera de leer me llevan, allá lejos y hace tiempo, al secundario cuando, por la mitad de Orgullo y prejuicio, salté al final del libro para saber si el fato de tiras y aflojes de la señorita Elisabeth y el señor Darcy terminaba en el altar con la marcha nupcial y desde allí se me hizo hábito que continuó con Feria de vanidades. El caso extremo se me da con las novelas policiales, género del cual no soy devoto pero, si se da el caso, empiezo el libro por las últimas páginas y luego sigo tranquilo por el comienzo. In altre parole, la prolepsis me evita una cita a ciegas con el texto.

Pero hay otros relatos con prolepsis que son de rilar y casi insuperables en narrativa, sobre todo porque el público que lo consume ya no es un lector, inquieto o no, que disfruta o sufre ─ los masoquistas forman una tribu muy grande dentro del universo de los lectores─. Me refiero a ciertos discursos políticos en los cuales hay que tener agallas para recurrir a la prolepsis y pienso en aquel famoso y comentado comienzo de Churchill en su discurso del 13 de mayo de 1940 en la Cámara de los Comunes: “I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat. We have before us an ordeal of the most grievous kind. We have before us many, many long months of struggle and of suffering.” (No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor. Tenemos ante nosotros una ordalía muy penosa. Tenemos ante nosotros muchos, muchos y largos meses de lucha y de sufrimiento). De poner los pelos de punta, como leer La pata del mono.

Pero no conozco novelas que comiencen por el final, pero el Tristam Shandy se podría tomar como un intento para nada descabellado. Aunque podría entenderse como prolepsis, la extensa descripción al principio de cada capítulo en las novelas que se publicaban en el siglo XIX, primero por entregas y luego compiladas en forma de libro, y que también aparece en el índice. El que me acude es el de una novela de Julio Verne que terminé de releer, La vuelta al mundo en ochenta días: “Capítulo 1. En el que Phileas Fogg y Passepartout se aceptan mutuamente, uno como amo y otro como criado”. Pero el comienzo de La isla misteriosa, es magistral: “Capítulo 1. El huracán de 1865. Gritos en el espacio. Un globo arrastrado por una tromba. La envoltura desgarrada. Nada más que el mar a la vista. Cinco pasajeros. Lo que ocurre en la barquilla. Una costa en el horizonte. El desenlace del drama.”

Aunque este recurso aparece ya en la primera novela moderna, Don Quijote de La Mancha donde, además, el autor utiliza las tres formas de narrar en el desarrollo del relato: ab initio, in media res e in extrema res. Con esto nos revela que la prolepsis no necesariamente deber figurar al comienzo, puede aparecer en el medio, de cualquier manera su efecto siempre es fuerte y sacude, anticipa un final que no siempre es el que el lector imagina.

Lo que me llevó a estas analectas de reflexiones sobre la prolepsis fue terminar con la novena ─y, me he jurado, última─ reescritura de una novela, donde en el índice, que ubico al comienzo como el que escribí en lápiz en la página del título de Nos vemos allá arriba, sigo el esquema de los de Julio Verne y Cervantes.

Vuelvo al comienzo de Una conflagración imperfecta y se me ocurre un microrrelato perverso ─que habría hecho las delicias de algún personaje de Fogwill─ que podría cerrar con uno de los finales sugeridos por Horacio Quiroga en su Manual del perfecto cuentista: “El cuento concluye aquí. Lo demás, apenas si tiene importancia para los personajes.” Veamos: “Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época. El cuento concluye aquí. Lo demás, apenas si tiene importancia para los personajes.”

 

 





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