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Escritor Argentino

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Danilo Albero (Mendoza, 1947). Es licenciado en letras, narrador y librero. Ha publicado los libros de cuentos: Estación Borges (Beas, 1994) y Al mejor cazador (Sudamericana, 2000); y las novelas: Confesiones de un dandy (Sudamericana, 1997), Jorge Newbery el señor del coraje (Sudamericana, 2003) y Variaciones Turner (Bajo la Luna, 2013) -finalista del concurso La Nación-Sudamericana 2005 con el título El Gran Oriental-. Junto con Beatriz Colombi publicó Los ‘trucs’ del perfecto cuentista (Alianza, 1993) -recopilación de  artículos periodísticos y de crítica literaria de Horacio Quiroga- que será reeditado en versión corregida y ampliada. Ha traducido del portugués autores brasileños clásicos y contemporáneos, entre otros: Aluzio de Azevedo (El conventillo, Simurg, 1997 y Amazon 2020), Machado de Assis (Ideas del canario y otros cuentos, Losada, 1993; Memorial de Aires, Corregidor, 2001; Don Casmurro, Amazon, 2020) y Rubem Fonseca, y del inglés a ErnestHemingway, George Orwell y Lafcadio Hearn.

Por su actividad como narrador y ensayista ha recibido premios nacionales e internacionales, entre otros: José Toribio Medina (1986), Primer concurso Play Boy de Cuentos en Español (1989), Primer Premio del Concurso Literario de Cuentos, Fundación Manuel Mujica Láinez Ana de Alvear de Mujica Láinez (1991), Fondo Nacional de las Artes (1993), Primer Premio de Narrativa del Concurso Felix Duarte de Santa Cruz de la Palma (España, 1994), Premio Edenor Fundación El Libro de Ensayo (1999), Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1998) y Premio Especial Eduardo Mallea de la Ciudad de Buenos Aires (2007).

Ha coordinado talleres literarios y dictó el seminario “Poéticas y prácticas del cuento” en la Maestría de Escrituras Creativas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Ha publicado notas en el área de ecología, deportes no convencionales y de alto riesgo, y turismo aventura en las revistas Cuerpos y Mentes en el Deporte, WeekEnd y Supervivencia y Aventura. Ha colaborado en las revistas literarias Maniático textual (reseñas y entrevistas) y Con V de Vian (traducciones); con notas y entrevistas en los suplementos culturales de los diarios Ámbito Financiero,El Cronista, y La Jornada Cultural de México. Desde finales de 2015 al presente publica semanalmente en distintos medios virtuales notas literarias, de arte y ensayos.

Entre 1993-2000 fue miembro de la Comisión Directiva de Cámara Argentina del Libro, donde formó parte de las comisiones de cultura, prensa y comercio exterior. A partir de esa fecha al presente es miembro de la Comisión de Cultura de la Fundación el Libro. Donde ha dictado cursos e integrado jurados literarios.

 

ULTIMAS publicaciones

1 Homo legens Dal Masetto y Washington Irving
2 Diario de marear El náufrago sin isla
3 Notas de Joe Turner Shibboleth
4 Notas de Joe Turner Plaza Italia, Barajas, Atocha
5 Homo legens Rehabilitación vestibular
6 Diario de marear Lampião y Maria Bonita
7 Diario de marear Errancias hogareñas
8 Notas de Joe Turner Entorno, contorno, dintorno
9 Diario de marear Finales, medios y principios
10 Homo legens Enigmas metafóricos
11 Diario de marear Amalia fetichismo du temps jadis
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16 Galeria Danilo Alberto Vergara, Nelly Espiño
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20 Homo legens Percances de una traducción
21 Galeria Beatriz Colombi. Diccionario de Términos Críticos de la Literatura y Cultura Latinoamericana.
22 Diario de marear Vitrinas, ventanas y vidrieras
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25 Diario de marear Nocturnalia
26 Homo legens Funcionalidad, forma, contenido
27 Diario de marear Balas de plata
28 Notas de Joe Turner Otros viajes
29 Homo legens Tiene dientes y los muestra
30 Notas de Joe Turner El western goza de buena salud

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Dal Masetto y Washington Irving
Dal Masetto y Washington Irving

No recuerdo cómo me las ingenié para contactar a Dal Masetto. Yo había visto la película Hay unos tipos abajo, de la cual fue coguionista y tuvo un cameo en la escena del tren; trascartón devoré la recién editada Siempre es difícil volver a casa y se la recomendé a un querido ex profesor, Rodolfo, con quien compartimos la expulsión masiva de la UNC con el golpe del ’76.

Ese 1985, Rodolfo Borello, radicado en Canadá, vino a pasar su año sabático en Buenos Aires; ni bien nos vimos le recomendé Siempre es difícil…. Cuando la terminó coincidimos en que, en la pelea entre centauros y lapitas librada en torno a cuál era ─por aquellos años─ el mejor escritor argentino, Antonio los podría arrear con las riendas a los otros dos en disputa, me fui por las ramas.

Antes del primer encuentro con Dal Masetto, lo seguía por sus notas en “El periodista”, ni bien acabé con Siempre es difícil… rastreé otros libros suyos: Siete de oro y Fuego a discreción. Cumplido el rito iniciático, me puse en campaña para contactarlo; nos encontramos en el bar El verde. Como era de esperar, empezamos hablando de Siempre es difícil volver a casa y expuse mi impresión sobre ella. Leí una metáfora de las masacres de la dictadura militar y el opio de los pueblos de un final de fútbol parecido a un final de básquet; la plaza de Mayo repleta agradeciéndole a Videla por la goleada y, años después con la plaza también repleta, vivando a Galtieri.

Antonio me escuchó, se encogió de hombros, esbozó aquella sonrisa leve que lo caracterizaba, apaciguadora como un Dry Martini bien helado y con cuatro aceitunas en el anochecer de un día agitado. Sacudió la cabeza en un gesto ambiguo, y no supe si era por considerarme un diabólico genio de la crítica o un pelotudo seráfico; fue un oráculo tan enigmático como el de una pitonisa. Siguió la pregunta naïf que ─Homero dixit─ “se escapó del cerco de mis dientes”: ¿cómo hacía para escribir una columna todas las semanas?, ¿en qué Fuente Castalia bebía? “Es práctica, ya te vas a dar cuenta”.

Hoy lunes 3 de junio de 2024, escribo estos recuerdos y pienso, a propósito de aquella sonrisa de Giocondo en El verde, en los versos de Cervantes cuando cuenta de su imaginario viaje con una caterva de poetas: “Llegóse en fin a la Castalia Fuente / y en viéndola, infinitos se arrojaron / sedientos al cristal de su corriente. / Unos no solamente se hartaron, / sino que pies y otras cosas / algo más indecentes se lavaron”. También que, en aquel primer encuentro, a propósito de su novela, me contó que tenía en mente la continuación; “algo así como la venganza del conde de Montecristo”.

Fiel y espaciada, la relación continuó, me visitó un par de veces en la librería, luego dejamos de vernos y hablarnos durante mucho tiempo. Pero Antonio resultó memorioso como Funes. Dieciséis años después de la primera cita en El verde, recibí un sobre con el resultado de su inspiración en El conde de Montecristo, Bosque con la dedicatoria: “Para Danilo Albero-Vergara, un fuerte abrazo. A. Dal Masetto”; le agradecí por teléfono y tuvimos una larga conversación. Nueve años más tarde el cálamo de Antonio fue más locuaz, “Para Danilo Albero-Vergara, un abrazo amistoso de Antonio Dal Masetto. 2010.", la dedicatoria en La Culpa; otra charla por teléfono y la promesa de juntarnos; como en casos anteriores, sólo fue promesa.

El martes 3 de noviembre 2015 leí en la contratapa de Página 12 “In God we trust” y, en la volanta la aclaración de que Antonio había fallecido el día anterior. El relato me recordó al cuento de “O anel de Polícrates”. En donde Machado de Assis relata la historia de Xavier que ve, desde la ventana de su casa, pasar a un jinete cuyo caballo se encabrita, sin embargo, la habilidad ecuestre del desconocido hace que el caballo retome el paso. A partir del incidente, Xavier piensa en acuñar una sentencia “La vida es un caballo chúcaro”, y acrecentó, “quien no es caballero, que lo parezca”, de inmediato fabula que esa reflexión se vuelva un dicho popular. Al día siguiente, como al pasar, se la dice a un amigo, semanas más tarde la escucha en el diálogo en una obra teatral; y, pocos días después, en la declaración de un político en el titular de un diario.

Con Xavier se repitió la historia del rey Polícrates quien, por su buena suerte, tuvo el desagradable presentimiento de quedarse sin ella y consultó un adivino; éste le vaticinó que, para conjurar sus presagios y ahuyentar la mala fortuna, se desprendiese de su objeto de valor más querido. Polícrates optó por una sortija de oro con una esmeralda; fue al puerto, ordenó a un pescador que lo llevara mar adentro y la arrojó a las olas. Días después, otro pescador atrapó un pez enorme de carne muy preciada y decidió obsequiarlo a Polícrates a cambio de una recompensa. Cuando los cocineros se dispusieron a guisar al pescado encontraron en su estómago el anillo arrojado al mar.

El domingo 26 de mayo de este año leí en Página 12 una nota publicada por Antonio Dal Masetto, “Lechón”, publicada el martes 4 de marzo de 1997, por similitudes caninas con nuestro presente. “Lechón” es el relato de una persona que cena cerdo asado a sabiendas que le puede provocar pesadillas. Cuando despierta tiene la barba hasta las rodillas y una pila de cuentas impagas bajo la puerta. Se afeita, sale a la calle y ve propagandas por todas partes “Con elquetedije repitiendo todo el tiempo: Síganme que no los voy a defraudar. Y abajo la leyenda: Presidente 2400”. Entra a un bar, pide un whisky y engrupe al mozo con la historia de que ha estado internado varios meses por un ataque de amnesia y si le puede explicar la propaganda. El mozo le cuenta que, hacia finales del siglo pasado se perfeccionó la técnica de clonado de animales y elquetedije, logró hacerse clonar.

En 1819 Washingon Irving publicó “Rip Van Winkle”, la historia de un hombre que se durmió en una cueva. Despierta con una barba de tres pies de largo, vuelve a su pueblo para encontrarse con su hijo ya crecido. Como en “O anel de Polícrates”, la historia retornó en “Lechón”.

Una frase de Washington Irving le ajustaría, como anillo, y no de Polícrates, al dedo del entrañable Antonio Dal Masetto y a sus inolvidables diálogos, “A sharp tongue is the only edged tool that grows keener with constant use”.

 

 





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El náufrago sin isla
El náufrago sin isla

El náufrago sin isla

 

En el canto XI de Odisea, Ulises y sus compañeros dejan la primera escala tras la caída de Troya en el regreso a la patria, la isla de la ninfa hechicera Circe. Tras zarpar, obedecen los designios de Circe, descienden al Hades reino de los muertos en el país de los Cimerios, y parten rumbo a Ítaca. Una serie de imprevistas desventuras los llevarán a nuevos destinos, donde Ulises perderá a  los camaradas antes de llegar a la isla de la ninfa Calipso. Luego de permanecer siete años allí, emprende el regreso en una balsa. Vuelve a zozobrar, ahora en la isla de los Feacios, quienes lo llevan a Ítaca.

Luego de abandonar Troya, Ulises, ha recalado en la isla de los Lotófagos, de ubicación imaginaria en algún lugar de Libia; isla de los Cíclopes, habitada por Polifemo, no identificada; la flotante Eolia, en el Mediterráneo, morada del dios de los vientos; isla de los Lestrigones, de dudosa ubicación en algún lugar del Mediterráneo, isla Eea, propiedad de Circe, al norte de Sicilia; país de los Cimerios, ubicación incierta o al oeste de Nápoles o península de Crimea; isla Ogigia, morada de Calipso, más allá de Gibraltar en el océano Atlántico; isla Esqueria donde habitan los feacios, también en el Atlántico.

Todas estas islas reciben al de multiforme ingenio, quien, como el protagonista de El náufrago sin isla (editorial Interzona) novela de Guillermo Piro, ganadora del Premio 2024 de la Feria Internacional del Libro, sólo desea llegar a su destino. Con desenvoltura de un aedo, narrando en primera persona una gesta, Piro trama su relato en un estilo discurrente como una corriente oceánica.

A principios del siglo XVII, el protagonista de El náufrago…, Salvador, primogénito de una familia noble napolitana, tiene una exitosa carrera como abogado, pero llamado por la fe y contrariando los designios de su padre, se ordena sacerdote. Resuelve ir a catequizar en Batavia. Junto con Eleodoro, otro clérigo, se embarcan en un navío holandés que los llevará a su destino en las Indias Occidentales Neerlandesas.

Antes de llegar a Sudáfrica, Eleodoro tiene accesos de insania que obligan a mantenerlo encerrado en su camarote. Las tripulaciones de antiguos veleros eran tan propensas a supersticiones como al escorbuto, así, pese a los intentos de Salvador, el capitán y pocos tripulantes fieles, Eleodoro es asesinado a golpes y arrojado al mar. Los temores de la marinería ahora se desplazan a Salvador, sospechado de causar los ataques de locura de Eledoro, y temen ser contagiados por sus poderes maléficos. No obstante las mediaciones del capitán y sus leales, hay un motín en ciernes. En el océano Índico, Salvador es abandonado en un bote con reservas de agua y provisiones.

Luego de días a la deriva, agotadas vituallas y agua, sobrevivirá pescando con un arpón improvisado. Las corrientes marinas lo llevan hasta un islote, un volcán emergente, donde atraca y bojea durante semanas esperando corrientes que lo alejen; sin parar de erupcionar, la diminuta ínsula desaparece en medio de explosiones y no deja rastros de su existencia.

Omne vivum ex ovo, por más que el autor lo soslaye, literatura y arte nacen de literatura y arte, presentes o latentes en su creación; en algún momento pueden emerger, al igual que una isla de origen volcánico o los sueños. Guillermo Piro, prolífico traductor del italiano, entre otros de Emilio Salgari, no puede evitar que su protagonista sea heredero del sino de Honorata de Van Guld ─coincidencia de su nacionalidad con la colonia del destino buscado por Salvador en su misión evangelizadora─. Ella es amante del Corsario Negro, hasta que éste se entera que es hija del asesino de sus hermanos, el flamenco gobernador de Maracaibo, y la abandona a en una chalupa.

Antes de Salgari, tras la huella de Homero, Luciano de Samosata en el siglo II de nuestra era, nos deja relatos que habrán de continuar con náufragos e islas imaginarias. Lo sigue El viaje de San Brandán, del siglo XII, el protagonista es un monje irlandés del siglo VI, de existencia real que, en un curragh, acompañado de otros tripulantes habría llegado en su misión evangelizadora hasta las islas Feroe, Islandia o Terranova. Antes recaló en una desconocida isla en la que se encuentra, deshabitado, el Paraíso. San Brandán fue desterrado del santoral hace siglos, por considerar que el relato es una fábula; los considerandos eclesiales pasan por alto que la mayoría de los casi 10.000 aceptados en el paraíso de los santos entran en la misma categoría; sólo sustentados por la fe de sus devotos.

La leyenda de san Brandán, continuó viva hasta el siglo XVII y su isla inexistente fue disputada por los reyes de Portugal y España; Magallanes y sus pilotos, al llegar a la actual bahía de Samborombón, convencidos de que su origen fue un desprendimiento de la isla inexistente del santo, bautizaron su hallazgo bahía de San Borondón, de allí su nombre evolucionado al actual.

Siguen los náufragos en islas imaginarias, entre otras, la de Robinson Crusoe, Isla del tesoro y tres novelas de Julio Verne. Todas con el tema de un abandonado en castigo, o el hundimiento de su navío. Solo recuerdo un antecedente del siglo XX, El señor de las moscas (Lord of the Flies, 1954), ahora un grupo de niños. En el cine, una, cuya historia se podría ver como precuela de la novela de Guillermo Piro: Náufrago (Cast Away, 2000); aquí Chuck ─Tom Hanks─es el alter ego avant la lettre de Salvador en El náufrago sin isla. Otra, previa a la aventura de Chuck, Infierno en el Pacífico (Hell in the Pacific, 1968) con dos protagonistas, los inmensos Toshiro Mifune y Lee Marvin. Ninguna, de estas historias aborda un naufragio en épocas pretéritas, tema dado por agotado a mediados del siglo XIX.

Omne vivum ex ovo, tras el hundimiento de su isla volcánica y semanas de navegación, Salvador recala en un lugar próximo a su destino original en las Indias Occidentales Neerlandesas, se reencuentra con su barco, ahora con nueva tripulación y con el capitán. De regreso a casa intentarán en vano ubicar algún rastro de la isla. ¿Sólo sobrevivirá en su relato?

Ovidio en Metamorfosis, ubica en Cimeria la morada de Hipnos, dios de los sueños que tuvo una muchedumbre de hijos, a los cuales recurren los dioses a la hora de enviar sus designios, de ellos se destacan: Morfeo, imitador de la figura humana, remeda el timbre de voz, manera de andar y vestimenta; Icelón que se convierte en todo lo animado no humano, reptil, fiera, insecto, pez o ave; y Fántaso, que con artimañas diferentes, asume la forma de todo lo carente de aliento vital, tierra, roca, agua, madera, fuego.

Dentro de la narrativa anacrónica y revitalizada de El náufrago sin isla, cabrá preguntarse si Salvador, en su viaje a Batavia, luego del asesinato de Eleodoro, temeroso, no cayó en las redes de Hipnos y su prole e imagina la historia que habrá de contar a su regreso. Los lectores, agradecidos.



 


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Shibboleth
Shibboleth

Pese a los premios cosechados, no he visto ─ni creo que lo haga─ la película Los cazafantasmas, mucho menos su remake. Pero me identifico con una idea: soy cazador de palabras.

Desde el origen, las palabras identifican y diferencian, amigan o enemistan a “civilizados” y “bárbaros”, las comillas no son fortuitas, depende de qué bando venga la discriminación y esta actitud viene desde las etimologías. Bárbaro deriva del griego antiguo barbarós, onomatopeya con la que los contemporáneos de Pericles diferenciaban a quienes no hablaban su idioma, o no lo hacían bien, incluidos a los que vivían en sus ciudades, los metecos. Que los griegos, con este gálibo fonético, estigmatizaran, entre otros: a egipcios, persas y fenicios muestra, desde el gregarismo, el valor de los vocablos; incluyen o excluyen.

Pero a su vez, las palabras combinadas en frases permiten otras maneras de identificar lo bueno de lo malo, o ignorado. Son aquellas cuyo mensaje oculto no entendemos, aunque entendamos lo que dicen, porque transmiten algo inextricable, imposible de descifrar. Este secreto es lo que, muchas veces, llamamos seña y contraseña; no es su único sentido. Seña y contraseña también pueden ser una clave; en teoría descifrable. Poe reflexionó sobre ellas en “El escarabajo de oro”, el protagonista se enfrenta a un criptograma y lo resuelve partiendo de una lógica: lo que una mente puede codificar otra lo puede decodificar. No es el caso de seña y contraseña o mensajes en código.

La película El día más largo del siglo (1962), cuenta los prolegómenos y primera jornada del desembarco aliado en Normandía, el 6 de junio de 1944. Los alemanes, que están esperando el desembarco, no saben lugar ni fecha e intentan descifrar sus mensajes en código; el más importante, transmitido por la BBC la noche del 4 de junio de 1944, fueron las primeras líneas de Chanson d'automne de Verlaine: “Les sanglots longs / Des violons de l'automne / Blessent mon coeur / D'une langueur / Monotone”. Los tres últimos versos de la estrofa: “Hieren mi corazón / Con una languidez / Monótona”, alertaban a los jefes de la resistencia que la invasión comenzaría en las próximas 24 horas y debían preparar a su gente para atacar a los alemanes de manera masiva. El próximo mensaje de la BBC en código llega poco más adelante en la película: Jean a un long moustache; el Día D ha comenzado; la resistencia sale a combatir.

No sólo la manera de hablar; ropa y modales pueden ser rasgos distintivos y discriminatorios. Estos conceptos son el argumento de Pygmalion, la comedia de Bernard Shaw; en ella, el profesor Higgins metamorfosea a la tosca florista Elisa Doolitle en una dama por el solo hecho de enseñarle a vestir y hablar correctamente como ─se supone─ debían hacerlo las damas de clase alta. Imposible olvidar la adaptación de la comedia musical llevada al cine con el título Mi bella dama (My Fair Lady, 1964), cuando Audrey Hepburn vestida como una lady, logra deshacerse de su pronunciación cockney, de los bajos fondos del East End londinense y canta, delante de Rex Harrison, aquellas palabras que son su shibbóleth: The rain in Spain stays mainly in the plain.

He vuelto a ver esa escena de Mi bella dama en Youtube, música y letra son bellísimas; otro lenguaje, el body talking: estética y coreografía son las que chirrían y ahora es una suerte de cockney visual. En otras palabras, vista a la distancia, en lo que hace a su lenguaje corporal, Mi bella dama, es una película meteca y su body talking es algo que los griegos llamaron de bárbaros.

De esta manera, seña y contraseña son llaves que nos abren el mundo a nuevas realidades, como el “Sésamo ábrete” que permitió el acceso a la cueva del tesoro a Alí Baba y, luego, a su hermano Kassim, quien, enterado de estas palabras secretas, logra entrar a la caverna. Pero, al momento de salir con sus burros cargados de riquezas, Kassim las olvidó ─además de codicioso era desmemoriado─, en realidad recordaba “ábrete”, pero no la primera, intentó en vano con todas las semillas que recordaba, menos “sésamo”, que es la clave, y quedó encerrado; para su mal, porque cuando llegaron los ladrones le cortaron la cabeza y perdió la memoria definitivamente. Quizás Kassim podría haber dicho otra palabra mágica, a la que acudía un héroe de historieta, el niño huérfano Billy Batson que se transformaba en el Capitán Marvel ─una especie de Superman─ cuando la pronunciaba: “Shazam”. El conjuro Shazam tenía su miga; otorgaba al canijo Billy ─además del porte de un físico culturista y un atuendo bastante huachafo─: la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hércules, la resistencia de Atlas, el poder de Zeus, el coraje de Aquiles y la velocidad de Mercurio. Podría haber ocurrido que Kassim, que además de codicioso era desmemoriado, pronunciara mal la palabra “Shazam” o la pronunciara al revés; los resultados también serían previsibles.

Leemos en el Libro de los jueces (12:5-6), el enfrentamiento y derrota de los miembros de la tribu de Efraim frente a los habitantes de Galaad. Los efraimitas volvieron sobre sus pasos y vadearon el Jordán, pero los galaaditas los estaban esperando y, para identificarlos, los sometieron a una sencilla prueba, les pidieron que dijeran la palabra shibbóleth (espiga), los de la tribu de Efraim la pronunciaban de otra manera, sibbóleth. Ese día, los cuarenta y dos mil que dijeron sibbóleth, al igual que Kassim, fueron degollados.

Shibbóleth ─con pronunciación galaadita─ pervive en inglés donde, además, tiene el valor de rasgo distintivo en la ropa, modales o lenguaje, que identifican a un grupo de personas.

Según el Merriam Webster Dictionary, el primer uso registrado del término shibboleth en inglés fue en 1638. No hay una adaptación de esa palabra en el de la RAE. Sería bueno que la hubiera.

 





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Plaza Italia, Barajas, Atocha
Plaza Italia, Barajas, Atocha

Mejor título sería “Plaza Italia, estrambótica; Atocha, traumática”; es largo.

El 21 por la tarde, Plaza Italia, remonto Thames camino a la sastrería de Elisabeth para retirar un pantalón; me llama la atención el clac clac de una señora que camina pasos más adelante. El doble repiqueteo era porque una de las chinelas de color rosado tenía parte de la suela despegada. Levanto la vista, pelo con los colores de la wiphala largo hasta la cintura, camiseta violeta fluo, pollera verde. En el semáforo de Thames y Paraguay, estudio su perfil, rostro tan maquillado como arrugado, uñas largas y multicolores con cadenitas pegadas a la altura de las medialunas ungulares se balancean como pequeños tentáculos. Me recuerda a Madam Mim, la bruja loca que disputa con el mago Merlín en La espada en la piedra de Walt Disney, se da cuenta que la observo con disimulo de voyeur, con la luz verde arranco y la dejo atrás. Mi última imagen de Plaza Italia estrambótica.

Durante el vuelo a Madrid, dormí mal y salteado; extraño, en esos casos lo hago como un oso hibernando. En Barajas tomamos el tren a Atocha, en el andén de la estación, a un piso más arriba y a once cuadras del hotel, la valija que llevaba delante mío se desplaza retrocedo un escalón para recuperar el equilibrio, pierdo el pie y me desplomo.

Terrible golpe del lado izquierdo de la coronilla, una luz blanca enceguecedora, Beatriz pide socorro sin poder bajar, me toco la cabeza la mano roja, un dolor muy fuerte en el riñón de babor y la valija que me aplasta. Alguien detiene la escalera y me deslizo hasta el primer peldaño. Atino a sacar un pañuelo y presionar la coronilla me asusta la cantidad de sangre. Pido que no me muevan hasta que venga un paramédico. Llegan dos, les pido que verifiquen si no me he roto la columna. José y Teresa, dicen que estoy entero, silla de ruedas. Me toman la presión casi 180, tengo tendencia a la baja. Poca ayuda para un hipocondríaco.

Ambulancia, camilla, José, Teresa, Beatriz, valijas. Hospital Gregorio Marañón, les digo a Beatriz y a mis enfermeros que es un buen augurio, médico y humanista. José me vuelve a ver la coronilla, “tienes para cuatro o cinco puntos”.

Guardia del hospital, control general de averías, camilla en la sala de guardia, biombo, pijama celeste, solo puedo quedarme con las medias. Una enfermera, presión de nuevo, alta pero bajando, pinchazo para extraer muestra de sangre y me dejan la aguja puesta “por las dudas que necesites suero o medicación intravenosa”. Otra médica, control de coordinación de movimientos oculares siguiendo su dedo sin mover la cabeza, tocarme la punta de la nariz con el índice y los ojos cerrados, abrir y cerrar muñecas, tobillos juntos mientras ella trata de impedirlo “vas muy bien, es que te has dado un feo golpe, ¿sabes?”. Revisa el machucón del riñón de babor, lo palpa, “no tienes nada pero prepárate, este va a doler muchos días” ─me preparo; ya tuve otro, una caída haciendo patines in line─; por último, advierte: no puedo beber, “si tienes sed, te damos suero intravenoso, y ni pensar en dormir, ya vendrán a ponerte las grapas, luego deberás esperar que te hagan una tomografía, pero eso llevará un tiempo”. Se despide.

Una muchacha y un muchacho, los supongo estudiantes de medicina; seis grapas. Le pido a Beatriz que me saque una foto, nunca he visto una de mi coronilla, menos con grapas. No se ve muy lindo ¿se vería así la coronilla de Frankestein? El sueño atrasado del vuelo acecha, trato de recordar relatos autobiográficos de accidentes que haya leído: la herida en la garganta de George Orwell durante la Guerra Civil Española en Homenaje Cataluña y una hecha para mi circunstancia, el golpe cortante en la frente y la septicemia de Borges que resultó en “El sur”, pas mal, Dhalman era bibliotecario; trato de fijar todos estos incidentes y escribirlos.

Mucho tiempo después, llega Silvina, otra enfermera prepara mi cama, “vamos a la tomografía” ─aunque acá le llaman “escáner”─. Salgo del túnel tomógrafo: “ahora debes esperar el informe”, de vuelta en la camilla a mi atracadero en la sala de guardia.

Una eternidad eterna después, llega María, otra médica, “la tomografía dio muy bien, puede irse, dentro de 10 días pase por una asistencia pública para que le quiten las grapas”.

Siete horas después de la escalera mecánica por fin en el apartamento, parece tarde para conseguir algo para la cena, por suerte encontramos un pequeño negocio de doner kebabs y durums, de unos muchachos de Bangla Desh que aprendieron a cocinar comida turca. Pena que no tienen raki.

Por la mañana siguiente, me levanto, un acceso de tos y siento como si me hubieran espoloneado por el costado de babor hacia popa. Cada vez que me toca toser, karma de los alérgicos, me debo aferrar de algo. Luego del desayuno Beatriz me comenta que, a raíz de mi caída y su imposibilidad de acercarse, soñó con la escena de las escalinatas de Odessa en El acorazado Potemkin. Recordamos la escena de la aspiradora en la película Brasil y, más acorde con la escalera mecánica de Atocha, a Kevin Kostner en Los intocables intentando en vano, en medio del tiroteo, detener el cochecito de bebé en las escalinatas de la estación de tren de Chicago, pero Andy García lo consigue a último momento. La vida imita al séptimo arte.

Termino estas líneas y recuerdo una superstición que Beatriz me vive reprochando, mi temor por los años bisiestos: en el ’76, con el golpe de Videla nos echaron de la universidad, en el 2020 nos sorprendió el brote de Covid en Sevilla y luego de una pequeña odisea tomamos un avión en Madrid vía Barcelona antes de volver.

Por último ¿la mujer que me crucé camino a la sastrería de Elisabeth, no habrá sido Madam Mim rediviva y mi caída en la escalera de Atocha su anatema me alcanzó a diez mil kilómetros de distancia?

Me toco las grapas en  la coronilla, siento como si pasara los dedos por un cierre de cremallera y no me quedan dudas; es Madam Mim rediviva.

 

 





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Rehabilitación vestibular
Rehabilitación vestibular

Derivas de la caminata matutina para realizar los ejercicios de rehabilitación vestibular. Antes de partir acomodé en mi escritorio el libro que había revisado antes de dormir y las notas en papel sobre la relación con esta nota.

El libro, Epístola a los Pisones de Horacio, edición bilingüe, texto, traducción y versión interlineal de Helena Valentí. Baedeker a la hora de transitar clásicos greco latinos y libros o ensayos sobre la relación palabra imagen. Lo he leído y vuelto a transitar en la universidad en Mendoza, durante el exilio en Brasil y, en Buenos Aires, en la Maestría en Historia del Arte Latinoamericano. Epístola … fue el primer encuentro con Rovetti, cuando, en Introducción a la Literatura, el profesor recomendó adquirirlo advirtiendo que sólo estaba en su librería.

En la puerta de calle, una desconocida pareja de jóvenes madrugadores me dio los buenos días, mientras ella acomodaba, sobre la vereda y al sol, las alfombras del auto que acababan de lavar. En la ochava de Güemes y Gurruchaga, al amparo del alero, refugio de sin techo, ahora sin los habituales colchones, dos pares de sandalias de taco chino cuasi nuevas, una se notaba de buena factura; tela estampada en tonos celestes y ocres. El otro par, un modelo semejante en plástico negro brillante. Parecía que sus dueñas se las acabaran de quitar y arrojar a un costado de la cama.

Remonto Gurruchaga, con la rutina de rehabilitación vestibular, cuatro pasos mirando a la izquierda, lo mismo a la derecha. Tres series de treinta pasos, cruzo Paraguay; la misma serie, mirando hacia el suelo luego hacia arriba.

Rehabilitación vestibular, ejercicios para retomar el equilibrio por disturbios de estabilidad motriz, consecuencia de mi alergia crónica, que el año pasado alcanzó su clímax hasta ser estabilizada; pero dejó como secuela, problemas con el oído interno izquierdo concretamente en ─palabras del especialista y perpetuadas en mi libreta─ “los conductos semicirculares, que contienen receptores para el equilibrio”. Dentro de las 10 sesiones semanales a realizar, una batería de ejercicios cotidianos, caminar mirando a los costados y hacia arriba y abajo; más ameno en la calle que en casa.

Google aclaró qué son los arcanos “conductos semicirculares”, tres ramificaciones como una letra ce imprensa mayúscula ─con un punto de partida común ─. En la “caminata vestibular”, relacioné las ce con las galerías de la Biblioteca de Babel borgeana.

Desando Gurruchaga, concentrado en esta nota; desentierro recuerdos sepultos en mi Epístola… La exquisita versión de editorial Bosch (Barcelona 1961); 74 páginas, una maravilla de traducción cuasi inhallable ─aparece en dos portales españoles a 30 euros─. La maravilla de la traducción es porque el texto tiene tres presentaciones: una, la versión de Horacio, latín virtuoso de complicados hiperbatons encadenados y entrelazados como las galerías hexagonales de “La biblioteca de Babel”; en nota al pie, la segunda, en latín ordenado de acuerdo a la sintaxis española. Enfrentada, tercera: la traducción. Cuando la adquirí a Rovetti, por sugerencia de mi padre, que tenía su librería en una galería cercana, solicité un descuento. En la esquina con Güemes solo quedan las sandalias de plástico, al lado, con su carro de manos, un recolector municipal de residuos hace una llamada por su celular.

Rovetti y mi padre cultivaron una cauta amistad basada en el respeto profesional, sorteando diálogos políticos. Mi padre seguía con las secuelas de estalinista de pata negra. Rovetti era un caballero de alguna ciudad medieval del norte de Italia, de cultura exquisita, que complementaba nuestras clases de la facultad y hacía del hecho de visitarlo una clase de literatura y pintura europea. Llevaba un modo de vida rumboso, un dandy salido del Jardín de los Finzi Contini, nos fiaba sin límites y no llevaba la cuenta de lo adeudado. Jamás dejamos de pagarle, si algún estudiante, por aquellos años donde no eran frecuentes tarjetas de crédito, al contar sus dineros veía que no le alcanzaba para una compra, seguía un: “¿cuánto tienes?... Está bien, llévalo”.

Con otros libros era una luz y cobraba con la contudencia de un folgore o rayo, cuando se anunció el estreno de la película El exorcista, previendo que el libro de Blatty se agotaría compró cien ejemplares y los retuvo hasta que no quedó un solo ejemplar en las librerías de la ciudad y los lectores estaban desesperados, en aquel momento los puso en venta al triple de su valor, los liquidó en pocos días. De esta maniobra me enteré cuando todavía los tenía escondidos y le pregunté si no tenía algún ejemplar, en mi carácter de cliente e hijo de un colega, me lo vendió al precio normal; conjurando complicidad me mostró los libros ocultos en su depósito y anotició de sus intenciones.

En tercer año de la facultad, Rodolfo Borello, profesor de Argentina I y II, sabedor de mi amistad con Rovetti e interés por las dos Guerras Mundiales, me contó la historia del guerrero, yo le comenté la anécdota de los El exorcista, nos reímos juntos y eduje que la habilidad del librero para golpear como un rayo, arma de los belicosos Thor y Zeus, debió venir de su pasado. El niño Rovetti tuvo una infancia de Balilla, luego activista del fascio, estudiante de abogacía para terminar oficial de paracaidistas de la división de elite Folgore, usado la camisa negra durante quince años participó en desfiles triunfales de la remake hollywoodense del imperio romano de Mussolini. En el norte de África, con uniforme color arena camuflada, amarillo verde y negra, combatió en Tobruk y El Alamein. De vuelta a Italia junto con su batallón debió defender una colina en algún lugar no precisado por Rodolfo Borello. Le pregunté a Rovetti por esta historia, la confirmó, pese a mi notoria falta de discreción, no me atreví a preguntarle donde fue su último combate. Murieron casi todos sus camaradas, él como oficial al mando, se encargó de guardar las placas de identificación de los caídos, se rindió y se enteró de que la rendición de Italia y de su unidad se había firmado hacía horas; él y sus camaradas lo ignoraban al defender la colina; muchos de los que estaban bajo su mando se podrían haber salvado.

Estuvo preso de los ingleses, “los de la Folgore nos dieron lo nuestro en África”, luego de los norteamericanos. Su primera decepción fue cuando vio los depósitos de los aliados; “en uno de ellos vi más neumáticos de los que había visto en mi vida; me di cuenta que Ciano, tuvo razón cuando los Estados Unidos entraron en la guerra y le dijo aquella recordada frase de advertencia a Mussolini: Duce ¿usted ha visto la guía telefónica de Nueva York?, es más grande que todas las de Italia juntas”.

Consecuencia del cautiverio, Rovetti se cayó del caballo como Saulo y se convirtió, se volvió pro británico, pro norteamericano y antifascista rabioso. Murió anticomunista, detalle sobreentendido y obviado a lo largo de años de amistad profesional con mi padre.

 

 





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